La crisis del mundo árabe, el petróleo y la economía mundial

Publicado en 25 marzo, 2011

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Por Luis Palma Cané*
Es bien conocido el dramático proceso que está viviendo el mundo árabe en el norte de África (Magreb) y en el Oriente Próximo. Está compuesto por 22 naciones y una población del orden de los 360 millones de personas, en su inmensa mayoría de religión musulmana.
Desde el punto de vista político, este conjunto de naciones poseen una serie de características comunes; todas ellas deleznables para quienes creen que la libertad, la igualdad y la dignidad son derechos esenciales del hombre:
- Dictaduras longevas y cleptócratas, disfrazadas de repúblicas o monarquías constitucionales.
- Mecanismos de sucesión familiar para conservar el poder
- Inexistencia o fuerte limitación de libertades políticas y sociales
- Sistema de represión institucionalizado, con una fuerte presencia de servicios secretos
- Elevadísimos grados de corrupción
- Poderes judicial y legislativos férreamente dominados por los dictadores
Una pregunta surge de inmediato: ¿cómo es posible que Occidente haya tolerado este dramático escenario? La respuesta se halla en la aplicación por parte de las principales democracias del lamentable principio de la “real politik”; esto es: manejo de la política exterior de un país en función de los intereses políticos y económicos, más que en base a principios éticos y morales. Esta perversa estrategia ha sido la que empleó Occidente para “aceptar” la trágica situación del mundo árabe con el objetivo económico de asegurar su abastecimiento petrolero (la región genera el 35% de la producción mundial y dispone del 60% del total de reservas) y el político de lograr una supuesta “estabilidad” en el área. A estos afectos aceptó como verdadera -para el mundo musulmán en general y para el árabe en particular- la siguiente disyuntiva: o dictaduras aliadas o el caos de gobiernos teocráticos fundamentalistas, al estilo del régimen iraní. Más aún; se llegó a afirmar que ni la libertad ni el sistema republicano liberal eran valores compatibles con la cultura musulmana. Estas argumentaciones son falsas -Turquía es una buena prueba de ello- y sólo sirvieron de pretexto para dar alguna validez moral a la “real politik”.
En lo económico y social, la situación no es mejor:
- A pesar de un crecimiento -en la última década- de un 4% de promedio aproximado, las gerontocracias cleptócratas no han derramado dicho incremento de riqueza sobre la población: el desempleo (10/20%) y la pobreza (30/40%) aumentaron y la distribución de la riqueza es inaceptable; concentrándose en los corruptos elencos gobernantes
- La salud y la educación distan de ser razonables
- Alrededor del 60% del consumo de la población, se destina a alimentos básicos tales como pan y harina
- El salario mínimo oscila en los 100 euros
- Crecientes niveles de inflación, provocada por los aumentos mundiales de alimentos; los cuales, a su vez, retroalimentan el círculo de la pobreza
Ante esta dramática situación, era claro que- más tarde o más temprano- la sociedad oprimida buscaría su libertad. Como es sabido, este proceso comenzó hacia fines de enero en Túnez, a partir de la inmolación a lo “bonzo” de un joven profesional desempleado y fuertemente reprimido. Lo sucedido a partir de allí es conocido: se generó un movimiento social que se lanzó a las calles pidiendo el fin de la dictadura tunecina. A su vez, la ola de protestas -con distintos grados de intensidad-se expandió al resto de los países árabes. A la fecha ya han caído los regímenes de Túnez y de Egipto, mientras que el de Libia parece estar viviendo sus últimos estertores.
¿Cómo seguirá este proceso? En el mediano plazo, los escenarios posibles son dos. Que la ola de libertad se extienda gradualmente y con la menor violencia posible al resto del mundo árabe, transformando las actuales dictaduras en repúblicas democráticas y/o monarquías constitucionales y la segunda posibilidad, por cierto nefasta, que las reivindicaciones sociales fallaran y que todo volviera a la situación anterior.
El primer escenario es actualmente el más probable y, asimismo, el más “confortable”, tanto desde el punto de vista político como económico. Un proceso que terminara o al menos suavizara las actuales dictaduras, eliminaría la actual incertidumbre política, causa de las actuales alzas en el precio del petróleo (desde fines de enero valor del barril ha subido un 15%) . Dicho de otro modo, el precio actual de u$s 100 por barril no se compadece con los fundamentals de la oferta y demanda, ya que la eventual falta de petróleo libio representa menos del 2% del mercado mundial (1,6 billones de barriles/día versus 86 millones totales) y, además, Arabia Saudita tiene capacidad ociosa de 6 millones de barriles/día, lista para cubrir eventuales faltantes. En consecuencia, si la situación se fuera normalizando seguramente el precio se volvería a ubicar dentro de la banda de u$s 75/85, aceptada por la OPEP como de equilibrio entre oferta y demanda. En este escenario, la economía mundial podría consolidar su actual y evidente recuperación post crisis 2008/2009.
Si se diera, en cambio, el segundo escenario las consecuencias serían extremadamente negativas: dictaduras más severas, fuerte suba estructural del precio del petróleo, mayor inflación mundial, ajuste fiscal y monetario de las economías avanzadas y caídas en los niveles de actividad; sin descartar una nueva y más grave recesión.
Es tanto lo que está en juego que las principales economías de occidente debieran volcar sus máximos esfuerzos para evitar este último y nefasto escenario. Así, no sólo lograrían salvar su pecado original de la “real politik” restaurando las libertades democráticas, sino también contribuir a consolidar la actual recuperación económica mundial, liberándola de nuevas presiones inflacionarias.
*Economista
EL CRONISTA

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