Los chicos necesitan que vuelva el Estado benefactor

Posted on 28 octubre, 2010

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Por Silvina Gvirtz
DIRECTORA DE LA ESCUELA DE EDUCACION DE LA UNIVERSIDAD DE SAN ANDRES

Desde fines del siglo XIX y hasta la década de los setenta del siglo XX el sistema educativo y el sistema de salud trabajaron aunados para cumplir con los derechos a la salud de la población escolar de seis a doce años. Un cuerpo de médicos/as, odontólogos/as y enfermeros/as monitoreaban el bienestar de los infantes desde la escuela pública, acompañados por el cuerpo docente.

Se trabajaba en tres dimensiones: promoción de la salud, prevención de la enfermedad y detección de problemas de salud frente a los que se realizaba la derivación correspondiente.

En concreto, los planes de estudio contemplaban temas curriculares vinculados a la higiene y prevención de enfermedades, se completaban anualmente libretas sanitarias y odontológicas y se derivaba a los niños que necesitaban tratamiento. Incluso se realizaron campañas de vacunación en la propia escuela.

Con los inicios de la última dictadura militar, estas políticas de seguimiento de la salud infantil fueron desapareciendo. El Estado dejó de ser un actor principal en la detección de necesidades de los niños de seis a doce años, y pasó a considerarse un actor subsidiario en caso de que las familias no puedan cumplir con la función. Estas últimas estrategias para lidiar con la salud son un botón de muestra de lo que fue el tan mentado retiro del Estado en políticas sociales. Las consecuencias de estos cambios no resultaron alentadoras:

La salud de los niños en edad escolar pasó a depender de la capacidad de demanda de las familias. Esto generó injusticias. La capacidad de demandar está desigualmente distribuida. Hay familias que no tienen dinero para acercarse a los centros de salud, hay familias que no saben detectar síntomas que ameritan atención. Hay familias ausentes. Los centros de atención primaria y los hospitales no reciben a todos los niños que necesitan cuidado sino sólo a aquellos que se acercan.

Las maestras y directoras de las escuelas más carenciadas comenzaron a tomar a su cargo los casos más complejos en los que los niños requerían de atención pero no podían (por diversos motivos) convertir su necesidad en demanda. La escuela, en algunas localidades, sumó a la función pedagógica una función asistencial con los costos pedagógicos que esto significa.

Las políticas comenzaron a sectorializarse y desarticularse. No es infrectuente encontrar jurisdicciones en las que los ministerios de Salud y Educación tienen mínimos o ningún contacto.

En síntesis, dejar de focalizar las políticas en las necesidades y pasar a operar en función de la capacidad de demanda generó mayor desigualdad en el acceso a la salud. Hoy tenemos niños en edad escolar, especialmente entre los sectores más pobres, con problemas odontológicos, desnutrición, obesidad, falta de vacunación completa, entre otros.

Sería injusto decir que en estos años no se hizo nada. Lo cierto es que hubo políticas muy activas (desde el Gobierno nacional y desde algunos Gobiernos provinciales) y con buenos resultados en relación a la mejora de la salud de los infantes en sus primeros años de vida. Aplaudimos la reducción de la mortalidad infantil en el país y confiamos en que las buenas noticias seguirán llegando.

En estas edades tan tempranas no queda más alternativa que mejorar la capacidad de la demanda. Por ello resulta tan apropiado el trabajo con las madres de los niños. Al mismo tiempo creemos que las políticas para el cuidado de la salud de niños de 5 a 12 años (incluso puede ampliarse hasta los 17) pueden mejorarse y activarse.

Pueden diferenciarse de las antes mencionadas para los primeros años de vida y tienen en el sistema educativo un aliado tan útil como poco reconocido.

Sería ideal recuperar lo mejor de la tradición argentina en la materia. Esto es:

Diseñar políticas que trabajen en función de las necesidades de los niños y no de la capacidad de demanda de sus familias. Para ello es necesario recuperar la universalidad y periodicidad de las libretas sanitarias y odontológicas. Como consecuencia de la detección de estas nuevas necesidades es posible que resulte necesario ampliar la cantidad trabajadores sociales y médicos pediatras, y crear más centros odontológicos.

Considerar que la escuela puede ser un centro de articulación de políticas sociales pero no un centro asistencial. Por ello, debería contar con personal especializado para el cumplimiento de esas tareas. Los maestros y directores tienen que poder dedicar su tiempo a la función principalísima que los ocupa: la educación.

Diseñar estrategias de política articuladas entre educación, salud y bienestar social que hagan foco en el cumplimiento integral de los derechos del niño.

Salud y educación se ligan esencialmente en la experiencia vital de todos los niños y jóvenes. Sería un verdadero paso adelante si estas ramas de la administración pública se dieran la mano y potenciaran el resurgimiento de aquel Estado benefactor que tanto benefició a la infancia.
http://edant.clarin.com/diario/2008/02/05/opinion/o-02301.htm

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