Razón histórica del peronismo

Posted on 4 enero, 2012

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Por Alejandro Poli Gonzalvo
El peronismo ha sido un movimiento político hegemónico desde 1945 y extenderá a 70 años su supremacía con la inminente reelección de Cristina Fernández de Kirchner. Su extraordinaria vitalidad le ha permitido sobrevivir a la muerte de su líder, ocurrida hace 37 años. La dictadura soviética se mantuvo en el poder 72 años (1917-1989) y el PRI mexicano 71 años (1929-2000). A diferencia de estos regímenes, el peronismo no tuvo el monopolio absoluto del poder, pero ha sido y es el eje medular sobre el que gira la vida argentina. Según José Ortega y Gasset y Julián Marías, la razón histórica es el saber que interpreta el pasado de un pueblo en tanto articulación entre su pretensión futura y la trayectoria real seguida entre las trayectorias posibles que se le ofrecían. En este sentido estricto, ¿cuál es la razón histórica del peronismo?
Para intentar una respuesta, analizaremos cuatro elementos que confluyen en la larga vigencia del peronismo: la circunstancia histórica de su nacimiento, la personalidad e ideología de Juan Domingo Perón, el monopolio sindical y uno bastante menos citado, el nivel de los términos del intercambio. A pesar de que numerosos autores argumentan sobre la incapacidad de opositores civiles y militares para hacer olvidar el peronismo, el movimiento ha tenido, como factor de poder mayoritario, la potencia suficiente para anular esos intentos y frustrar trayectorias alternativas. Debe afirmarse sin ambages que el peronismo ha configurado la historia argentina hasta nuestros días, se encontrara en el gobierno o en la oposición.
Perón gana las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946. Encuentra un país que ha acumulado ingentes riquezas debido al extraordinario progreso alcanzado desde las décadas finales del siglo XIX, y que ha superado la terrible crisis del 30 y el fin del modelo agroexportador clásico e iniciado, desde los años veinte, un vigoroso proceso de industrialización. Por la inmigración masiva que atrajo el éxito rotundo de la Argentina, la población ha crecido exponencialmente y es la mejor educada de Hispanoamérica; sin embargo, es marginada por el fraude electoral y tiene baja participación en los beneficios de la Argentina opulenta, según la exacta definición de Félix Luna.
Sobre ese trasfondo, entra en escena el segundo elemento: Perón. Hábilmente, se transforma en el intérprete de las necesidades de las grandes mayorías y construye el peronismo de “arriba hacia abajo”, desde el seno mismo del poder militar que ha dado el golpe de 1943, fundando un movimiento político que viene a reivindicar sus pretensiones de ascenso social. Sin embargo, Perón equivoca su diagnóstico sobre la posguerra e inspirado en el nacionalismo económico y en un vago antiimperialismo que ha ido cobrando fuerza desde la segunda presidencia de Yrigoyen (1928), cree que es el momento de estatizar la economía, forzar el crecimiento de la industria liviana y desarrollar el mercado interno por un acelerado proceso de redistribución del ingreso. Para ello, dispone de una cuantiosa acumulación de divisas. El experimento dura tres años, de 1946 a 1949, y es acompañado en la exaltación demagógica del líder por su esposa, Eva Perón. Obligado por su fracaso y por la mala asignación que ha hecho de los recursos, Perón modifica por completo el rumbo de su política económica al mismo tiempo que acentúa la persecución de sus adversarios, pero en la memoria del pueblo los años dorados de su primera presidencia nunca serán olvidados. Durante el trienio de euforia populista, Perón consolida la estructura de poder que será la columna vertebral de su movimiento: el sindicalismo. Habiendo cooptado las antiguas corrientes sindicales que existían en 1943, organiza una estructura sindical monopólica, donde sólo puede existir una única organización gremial por rama industrial o de servicios, según los dictados del corporativismo fascista.
Desde entonces, el sindicalismo ha sido el reaseguro permanente del poder peronista, el resguardo de su mitología y el mayor factor desestabilizador de los gobiernos no peronistas.
Nos resta analizar el cuarto elemento, que debemos cargar en la cuenta de la fortuna: los gobiernos peronistas, con la única excepción del menemismo -que no es aceptado como representante del movimiento-, siempre han contado con elevados términos de intercambio, es decir, con una ecuación muy favorable entre los precios internacionales de nuestros productos de exportación y los de los bienes importados.
Entre 1946 y 1949 se produce un pico histórico (superior incluso a los logrados en la época del granero del mundo, entre 1908 y 1914, cuando las inversiones superaron el 50% del PBI), que se derrumba a partir de 1955 y llega al punto más bajo de la serie histórica en 1957. El segundo hito más elevado se produce entre 1973 y 1975, para luego sufrir una abrupta caída en 1976. Se produce una recuperación menor entre 1979 y 1981, pero en 1987 vuelven a tocar su umbral mínimo; en el año 2000 sufren una nueva recaída. Finalmente, hace unas semanas se alcanzó el máximo nivel histórico, inserto en uno de los procesos más prolongados de términos de intercambio elevados de toda la historia argentina. La asociación entre peronismo y bonanza económica, nacida entre 1946 y 1949, es deudora en buena medida de este azar histórico.
La sumatoria de un líder demagógico y una doctrina nacionalista mal entendida; la disposición de enormes riquezas para llevar adelante una vertiginosa política de redistribución del ingreso, cuya aplicación dejó huellas indelebles en la memoria colectiva de los trabajadores; la organización de una estructura sindical monopólica para custodiar su mitología y hacer frente a los opositores, y el goce de términos de intercambio muy favorables en sus períodos de gobierno conforman la razón histórica de la vigencia omnipresente del peronismo.
La Argentina enfrentó la fase crucial de su proceso de modernización en la posguerra dominada por una visión del mundo profundamente errónea. Existía la posibilidad de una trayectoria histórica que fuera equilibrando el ascenso social de las mayorías con fundamentos más sólidos de economía política. La aparición de Perón significó abortar esa trayectoria posible y su reemplazo por una vía populista y cortoplacista, ejecutada con el fin de consolidar su poder, que produjo efectos de corto alcance en el bienestar de la población, pero sacrificó la consolidación de una trayectoria socioeconómica positiva a largo plazo.
Dar razón histórica del peronismo significa comenzar a desentrañar las causas que llevaron al país a desaprovechar el ciclo de mayor prosperidad de Occidente entre 1945 y 1973 (año en que estalló la crisis del petróleo) y comprender la prolongada decadencia que sufrimos a partir del Rodrigazo de 1975 y llega hasta nuestros días.
Una coda histórica: de acuerdo con este artículo, hoy existen todos los elementos que permiten explicar el triunfo del peronismo: el recuerdo de un líder fallecido (Kirchner) que favorece a la imagen de su esposa (una saga matrimonial que emula la del primer peronismo), la invariable presencia del poder sindical y términos de intercambio excepcionales.
Lo que también nos debería enseñar la historia es que esos elementos en manos del peronismo siempre terminan con la pérdida de oportunidades históricas únicas para consolidar un desarrollo duradero del país.
LA NACION

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