Ostende: historias de arena

Posted on 15 marzo, 2012

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Por Santiago Igarzábal
En general, basta la decisión de veranear en la costa atlántica, buscar alojamiento en una de las localidades que se adapten mejor a los gustos personales o a los días planeados en familia, y luego disfrutar de la arena y el mar. Pero la quincena pasa rápido y suelen quedar atrás los detalles que permiten apreciar con cierta retrospectiva las características del lugar en el que se disfrutaron las vacaciones. En la localidad balnearia de Ostende, sin duda, más allá del recuerdo y las fotografías de los días de playa y los paseos realizados, y sobre todo para aquellos que vacacionan en marzo, valdrá la pena contar también con una mirada sobre su rica historia.
Para comenzar, el nombre de esta localidad remite a una ciudad homónima de Bélgica. Justamente de allí eran oriundos quienes fundaron la Ostende argentina, en un sitio a solo un par de kilómetros de la actual Pinamar, donde el entorno natural de dunas y playas les permitió imaginar una villa balnearia de características europeas.
Así, el entorno que a principios del siglo pasado sólo mostraba un paisaje de playas y dunas, poco a poco fue tomando forma con cierto aire europeo entre avenidas diagonales y una gran calle central. Hoy, además de reflejarse en el Viejo Hotel Ostende, la identidad de esta localidad bien puede buscarse recorriendo la Rambla de los belgas, o echando un vistazo a la Maisson Robette, que fue construida por uno de los acaudalados pioneros de la zona en 1908 y es uno de los edificios mejor preservados. A su vez, es posible visitar el Museo de Ostende, donde se conservan anécdotas y vestigios de la historia local entre fotos, cartografía, mobiliario y utensilios de las primeras familias que habitaron el lugar. Incluso llaman la atención algunos objetos de la primera capilla, construida en 1917, que fue abandonada y quedó sepultada en la arena.
Otro aspecto histórico es el dejado por el ex presidente Arturo Frondizi, quien en 1935 hizo construir una pequeña cabaña entre los médanos. Más allá de pequeños trabajos de restauración y mantenimiento, esta cabaña sencilla con un techo a dos aguas -a la que Frondizi bautizó como “La Elenita”- permanece intacta. Se conserva desde la vajilla y los sillones hasta los cuadros y, tras ser declarada sitio histórico nacional, hoy está abierta para quienes quieran visitarla.
Por supuesto, no todo es historia. En cuanto a actividades hoy no faltan opciones para paseos en bicicleta, cabalgatas, travesías en cuatriciclo y, especialmente, buenas alternativas para la pesca marítima. En la temporada de verano es frecuente obtener corvinas, melgachos y tiburones. Después, siempre está la opción de acercarse en unos minutos a Pinamar, tanto para alguna salida nocturna como para ir en busca de campos de golf.

Un edificio emblemático
Uno de los iconos arquitectónicos que daría estilo a esta localidad fue el hoy llamado Viejo Hotel Ostende. En 1913 -cuando se inauguró-, la revista Fray Mocho lo describía con lujo de detalles, elogiando sus espacios interiores amplios, luminosos y elegantes, en medio de un paisaje abierto al mar. Aquella edición vaticinaba el mejor balneario del país, pero el proyecto urbano que los fundadores habían imaginado alrededor del hotel fue aplazado por la Primera Guerra Mundial. El abandono implicó que no se llegaran a fijar los médanos. Carlos Gesell contó alguna vez que en una visita a Ostende tuvo que ingresar al edificio por una pasarela sobre tablones que conducían directamente al primer piso, ya que la arena tapaba completamente la planta baja.
Actualmente, erigido como un punto clave de una zona balnearia tranquila, el Viejo Hotel Ostende conserva todo el encanto que le ha dado su historia. Eso puede verse en el mobiliario de principios de siglo, en aberturas con vitreaux originales o en la antigua panadería con horno a leña. Incluso hay algo de tradición en la atención personalizada heredada del estilo de los establecimientos europeos, sin que falten la comida casera y los buenos vinos.
Más allá de esos aires pintorescos legados por el pasado, el hotel suma nuevos servicios con un ala reciclada que conserva los rasgos arquitectónicos originales, proponiendo un apart hotel con departamentos completamente equipados. También tiene piscina, actividades recreativas, exposiciones de arte, salón de juegos, videoteca y una interesante biblioteca. Pero lo más importante: está cerca del mar, a unos 100 metros, y cuenta con balneario propio, con servicio de carpas y vestuarios (incluidos en el costo del alojamiento) y un restó-bar especializado en comidas de mar.
EL CRONISTA