Jobs, genio hasta el final

Posted on 31 marzo, 2012

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Por Jorge Oviedo
ay un aspecto extraordinario de la personalidad de Steve Jobs que parece haber sido pasado por alto, al menos en los muchos artículos sobre él que he leído entre los miles que seguramente se han escrito tras su muerte. Y es la increíble capacidad que tuvo para sobreponerse a la enfermedad y seguir trabajando de modo genial, “pensando diferente”.
Es lógico que no valoren esto en toda su magnitud quienes no han tenido ni tienen cáncer, ni necesitan un trasplante de hígado ni tienen un pariente cercano en tal condición.
Seguramente Jobs estaba inmunosuprimido, por ser un trasplantado, lo que quiere decir que estaba medicado de manera permanente. Y es muy probable que haya tomado otras medicaciones de modo también permanente. Las medicaciones oncológicas continuas acarrean riesgos y necesitan de controles permanentes, que pueden ser mensuales o más frecuentes. Algunos suelen ser largos y tediosos, y todo el tratamiento requiere de una disciplina y una preocupación constante, además de ser, en muchos casos, muy costosos.
Es cierto que Jobs contaba con todos los recursos para financiar sus terapias, pero ello no libera a nadie de la angustia y del sufrimiento que produce saber que se tiene un mal incurable, que la medicación tiene una rutina diaria que hay que cumplir, que los controles no pueden obviarse, que no se puede ir a ninguna parte si no se lleva la medicación suficiente y hasta la necesaria para algún imprevisto, porque ni siquiera para un millonario es fácil conseguirla.
Además hay que estar atento a los signos del cuerpo, a cualquier señal que avise que la enfermedad o los efectos de la medicación están haciendo algo que debe ser atendido pronto, porque de otro modo es posible morir rápidamente. El más equilibrado puede encontrar enloquecedora esta situación. Es difícil evitar que la mente piense todo el tiempo en la enfermedad.
Jobs fue genial antes de enfermarse, pero, admirablemente, pudo continuar así aún cuando tuvo que lidiar con tratamientos muy complejos y riesgosos y supo que, además, no le quedaba mucho.
Aunque se sabe poco de los detalles de su enfermedad, que fue manejada por obvias razones empresariales con mucho secreto, parece claro que, al menos después de una resistencia inicial, Jobs fue un enfermo disciplinado, que encontró algún mecanismo que le permitió seguir, probablemente de manera escrupulosa, los tediosos tratamientos y controles. Y aún así, pudo seguir dedicando su genial cabeza a pensar en otras cosas y a pensarlas de modo diferente. Pudo seguir innovando, cuando debió enfrentar no sólo a la competencia y la generalizada resistencia al cambio de los demás: también su propio cuerpo se empeñaba en matarlo.
Aparentemente, Jobs no fue al principio el más inteligente de los pacientes y, según personas que le fueron cercanas, habría perdido nueve valiosos meses haciendo terapias alternativas.
En todo caso, ese rasgo lo humaniza. Tenía la omnipotencia ante la muerte que tenemos todos. “La muerte es el otro”, decía genial y lacanianamente François Mitterrand. “Es increíble cómo no se cuida la gente”, decía la chica de la publicidad sentada en un restaurante mientras miraba a un comensal de otra mesa que ponía excesiva sal a su comida. “Es increíble cómo no se cuida la gente”, repetía el comensal observado, salero en mano, mientras veía que la chica del inicio esperaba su comida fumando. Nos resulta imposible pensar nuestra propia muerte.
“A Steve Jobs le ha matado su fe en las terapias alternativas”, ha escrito en su blog personal Luis Alfonso Gámez, periodista de temas de ciencia del diario español El Correo de Bilbao . Una polémica feroz estalló de inmediato en las redes sociales. No es demasiado injusto decir, como le han dicho a Gámez, que en base a unos pocos datos que se tienen ha sacado conclusiones un tanto aventuradas.
“De haberse sometido inmediatamente [en 2003] a una intervención quirúrgica, habría sobrevivido hasta quién sabe cuándo. Sin embargo, en vez de confiar en la medicina, lo hizo en la pseudomedicina y perdió un tiempo precioso”, dice Gámez, que se indigna y con muchísima razón con los criminales que venden ilusiones a quienes tal vez ni siquiera la verdadera ciencia puede ayudar.
Pero parece que, en el caso de Jobs, la conclusión periodística no es del todo fundada. No sólo por la escasa información disponible sobre el paciente. También las terapias oncológicas tienen sus riesgos cuando son prolongadas. Algunas incluso pueden generar nuevos tumores malignos. Y algunas fracasan en algunos pacientes.
No creo que sea totalmente improbable que Jobs siguiera vivo si se hubiera tratado antes, pero afirmarlo de modo terminante me parece un poco temerario.
¿Será Gámez un mal periodista? Tampoco. Es más probable que, como todos nosotros, haya revelado una pizca de la común omnipotencia ante la muerte. Todos sentimos que quien murió por algo que se puede prevenir, falleció, en parte, por su propia estupidez. Es nuestro modo de decir “a mí no me va a pasar”.
Es un modo de ignorar que todos moriremos. Todos, nuestros seres más queridos, los que más detestamos, a todos a quienes en este momento tenemos a la vista y quienes no se encontrarán con nosotros nunca jamás. Y finalmente, nosotros mismos. Es una realidad angustiante, devastadora. Finalmente, un día, no nos salvaremos. Mientras más hemos vivido, más cerca está.
Necesitamos ignorar esa realidad devastadora que la razón nos confirma. No es raro. Hasta el genio de Steve Jobs y el propio Mitterrand, que también murió de cáncer, necesitaron creer que “la muerte es el otro” para hacer que la vida tolerable.
Lo extraordinario en ellos fue lo geniales que siguieron siendo aun cuando supieron que la muerte, desde dentro de sus propios cuerpos, había lanzado la cuenta final y se los recordaba todos los días.
LA NACION