José Bianco, un esteta de la prosa

Posted on 3 abril, 2012

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Por Silvia Hopenhayn
a ruptura no siempre implica creación. Es decir, no todo lo que rompe, crea algo nuevo. El arte se presta a esta dialéctica. En sus distintas formas. El estallido o la miniatura en la pintura; la mixtura en la lengua. Ultimamente las novelas vienen con salpicado de palabras de distintos estratos y géneros. En algún momento Alan Pauls habló de “ficción chabona” -un término que enojó mucho a los escritores más jóvenes-, como si bastara con la jerga para romper con el estatuto de la lengua.
Quizá la novedad pase más por lo que se escucha que por lo escrito. La oralidad siempre fue un punto de encuentro. Una de las novelas más aptas a esta efervescencia social de la lengua, y también más bellas y agudas, es La virgen cabeza (Eterna cadencia), de Gabriela Cabezón Cámara, donde la lírica nueva no pierde consistencia ni siquiera en el postulado de una ópera cumbia. Las frases parecen relamer los bordes de la cultura, los restos, las creencias más absurdas, el amor y su venganza. Así, en lo literario se puede revertir la idea del empobrecimiento de la lengua. La felicidad de las palabras pasa por otro lado. ¡Y es lo que escasea!, tanto en novelas que se ensalzan con amores históricos como en ficciones rupturistas, recias, que hacen de lo disfuncional (en las familias, entre los amigos) una supuesta estética acorde con nuestros tiempos.
No hay que olvidar lo bien escritos que pueden estar los libros. Lo nuevo no siempre se rige por lo último. Es el caso de las dos novelas breves de José Bianco (1908-1986), Las ratas y Sombras suele vestir , ahora publicadas por El cuenco de plata, con un ajustado prólogo del crítico y poeta cordobés Silvio Mattoni, titulado “La perfecta ironía”.
José Bianco fue secretario de redacción de la revista Sur de 1938 a 1961 y, de manera discreta y fecunda, marcó el espíritu cultural de una época. La belleza de sus frases no proviene sólo de su inmersión en la cultura (gran traductor de Henry James, Stendhal, Beckett y Eliot); son frases que enarbolan un secreto. El lector debe ser un creyente (de la ficción) para llegar a descubrirlo. Hay pues que creerle al narrador cuando escribe en el segundo capítulo de Las ratas : “Estas páginas serán siempre inéditas”. La lectura es el momento mismo de la aparición del texto, de su hacerse público.
Los temas son los de siempre: las intrigas familiares, el desdén, las despedidas, la música, la melancolía, lo insoportable. Todo en una casa, sopesando ratas blancas de cola rosa. La ironía a la que se refiere Mattoni está en la convivencia; y en el poder insinuante de la frase, cuya belleza se constituye en la captación de lo humano, de lo mísero y lo excelso. Como la observación del narrador en Sombras suele vestir : “El sufrimiento ajeno le inspiraba demasiado respeto como para intentar consolarlo; Bernardo Stocker no se atrevía a ponerse del lado de la víctima y sustraerla al dominio del dolor”.
LA NACION

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