Por varias cabezas

Posted on 9 abril, 2012

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Por Moira Soto
Hay un momento supremo en el primer capítulo de Luck, la serie que hace tres semanas estrenó HBO: aquel en que el caballo que está montando el joven jockey Leon, luego de sortear la encerrona de un compañero, logra adelantarse, su cuello se estira, la imagen se congela durante fracciones de segundo que parecen eternas… Como si el director –también productor ejecutivo– Michael Mann hubiese querido homenajear al fotógrafo inglés Edweard Muybridge, tan ligado a los prolegómenos del cine puesto que con sus trabajos entre 1878 y 1881 logró la descomposición del galope de un caballo (con un jinete encima) en 24 fotografías.
Muybridge había sido contratado por un millonario estadounidense que había apostado que un caballo al galope podía estar, al menos un instante, con un solo casco apoyado en el suelo. Disponiendo de tiempo y dinero, el fotógrafo instaló a lo largo de una pista de carreras californiana 24 cámaras, con 24 hilos a lo ancho que conectó a respectivos disparadores. Al llegar a esos hilos, el caballo disparaba sucesivamente las cámaras y se conseguía la impresión de cada fase del movimiento. Imágenes previas a la síntesis que luego figurarían en todos los libros ilustrados de historia del cine. Siglo y pico después, contando con una sofisticada tecnología que habría pasmado a Muybridge, el gran cineasta Michael Mann, también en un escenario de California –el hipódromo de Santa Rita– hace una operación semejante a la de los pininos del cine: captura la imagen fija del caballo en pleno galope. En el mismo capítulo, unos minutos antes, Mann filma a la entrenadora Rosie haciendo prácticas con otro hermoso caballo, al que su dueño le ha permitido que desbocara un poco. Luego del precalentamiento, ella, acuclillada en el aire, como flotando encima de la montura, le afloja las riendas y el animal parece emprender vuelo: con la extrema velocidad, las patas se disuelven, esta vez en una operación inversa a la de Muybridge. En las gradas, el señor Walter, propietario enamorado de su caballo, se emociona: “Todavía sé reconocer a uno bueno”. Sólo le falta añadir: “En la cancha se ven los pingos”…
Luck –una creación de David Milch– se mete de lleno en el universo del hipódromo, sus mafias, los cuidadores y entrenadores, los jockeys y los apostadores. Un mundo aparte, mayoritariamente masculino, en el que tratan de abrirse paso contadas mujeres y al que regresa después de comerse tres años de cárcel por no delatar, Ice Bernstein, dispuesto a recuperar territorios y también a vengarse. Enigmático, calculador, Ice sólo confía en su guardaespaldas y testaferro, el griego Gus. Más cortito que nunca al lado del corpulento Dennis Farina, Dustin Hoffman compone a un mafioso temible detrás de su aire reservado, dejando adivinar que su revancha se va a cocinar a fuego lento. En otro plano y en otro registro, el señor Walter, encarnado con esa hondura que alcanzó con los años Nick Nolte, conmueve por el cariño que demuestra hacia su caballo, a través del cual intenta reparar un daño por omisión del pasado. Hoffman, Farina y Nolte conforman una trinidad de grandes viejos en cuyos rostros sin retocar se puede leer una historia de vida. Sin embargo, no podría decirse que son los protagonistas absolutos, ya que hasta el momento hay una decena de personajes de peso parejo dentro de la compleja trama. Ente los cuales, el tenebroso entrenador Escalante, a cargo del excelente John Ortiz.
Antiguo entretenimiento relacionado con las apuestas, las carreras de caballos han tenido siempre su escenario propio, suerte de teatro griego oval donde, según el tango, parten los tungos como saetas al viento veloz… Y a menudo, por una cabeza de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar, se pierden pequeñas y grandes fortunas. De los apostadores, claro, porque los que manejan ese negocio –y otros juegos de azar incorporados ahora a los hipódromos– no arriesgan sus dineros en la timba. En todo caso los multiplican a través de los jugadores que pierden, es decir, la mayor parte.
Lo fascinante de esta serie es que te lleva de las pestañas al mundo del turf aunque nunca hayas estado en una carrera y creas que no te interesa el tema. Luck va abriendo sus historias con sutil destreza, evitando todo didactismo. Y si bien Mann sólo filmó el primer cap, los que siguen tienen su sello en la belleza formal, en sabia la orquestación de los distintos planos, en el deleite con que son filmados los esbeltos pura sangre.
Luck, los domingos a las 21 por HBO, repite los jueves a las 22.
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