El efecto Gadamer

Posted on 11 abril, 2012

0


Por Manuel Cruz
Se cumple el martes el décimo aniversario de la muerte de Hans-Georg Gadamer, una de las figuras más significativas no sólo de la filosofía del siglo XX, sino de la historia de la filosofía sin más. Para calibrar la importancia de la figura de Gadamer les propongo un pequeño ejercicio. Pongámonos en una situación imaginaria, pero perfectamente verosímil. Si por circunstancias de la vida fuera el caso que nos viéramos obligados a tener que explicarle a alguien, ajeno por completo al gremio filosófico, la importancia de este filósofo, los procedimientos a nuestro alcance serían ciertamente muchos y de muy diverso tipo. De entre tanta variedad acaso resulte pertinente en el presente contexto periodístico aludir a tres.
Un primer procedimiento, muy en el espíritu de los tiempos que nos ha tocado vivir, consistiría en escribir en un buscador cualquiera el nombre de Gadamer. Obtendríamos como resultado un sinfín de referencias, de muy desigual valor, que le proporcionarían a nuestro imaginario interlocutor una inicial indicación -muy al bulto, eso sí- del volumen de interés que este filósofo alemán ha podido suscitar. El inconveniente, ciertamente severo, de un procedimiento tal, es que deja la selección en manos de un buscador cuyos criterios de ordenación es el mero número de visitas y un misterioso algoritmo (según parece modificable de acuerdo a presiones e intereses: ¡como para fiarse de la máquina!).
Un segundo procedimiento, en el fondo en parecida línea al anterior, pasaría por intentar rastrear en los debates actuales no tanto la presencia explícita de la figura de Gadamer (quiero decir: la mención expresa a su nombre) como los asuntos y planteamientos que podríamos considerar característicamente gadamerianos: que si la interpretación de los textos, que si la importancia de la tradición, que si la función del prejuicio, que si la fusión de horizontes… Un procedimiento modelo “índices de impacto”, que a buen seguro haría las delicias de nuestras autoridades educativas, tan proclives de un tiempo a esta parte al lenguaje tecnocrático-publicístico, pero que no termina de proporcionar instrumentos suficientemente precisos como para calibrar de manera adecuada el valor de dicha presencia. (De hecho, no es raro que en una determinada época un autor, corriente o problemática se haga casi omnipresente en los debates teóricos, pero cumpliendo la función, exclusivamente polémica, de chivo expiatorio al que todos critican para, luego, definir la propia posición).
Pero cabría hablar, en fin, de un tercer procedimiento para mostrar la importancia de Gadamer, procedimiento sin duda heterogéneo respecto de los dos anteriores, que pasaría por introducir como elemento de valoración la influencia que nuestro autor ha tenido sobre otros. Y aunque a alguien a primera vista le pudiera parecer que el criterio resulta demasiado subjetivo y no admite ser utilizado como instrumento de precisión (¡como si los dos criterios anteriores sí lo permitieran!), cuando se aplica a casos concretos ofrece resultados de interés. Porque, ciertamente, de algo está informando que un filósofo X, de enorme notoriedad en un momento dado (y no pienso en nadie en particular, se lo aseguro), haya propiciado el surgimiento de una práctica teórica absoluta y exclusivamente exegética. Algo falla, ciertamente, en un planteamiento cuando quienes se reclaman de él se ven por sistema incapaces de alejarse en lo más mínimo tanto de su terminología como de sus argumentos.
No ha sido, ciertamente, ésta la calidad de la influencia gadameriana, y el mismo dato ya nos coloca sobre la pista de la especificidad de su propuesta. No digo, por supuesto, que no pueda hablarse de algo así como gadamerianos de estricta observancia, de estudiosos que se relacionan con los textos del autor de Verdad y método como los seguidores del misterioso filósofo X del párrafo anterior. Lo que digo es que, a diferencia de lo que ha ocurrido a este último, Gadamer -aunque no haya podido evitar la proliferación de exégetas desigualmente miopes, ¿cómo hacerlo?-ha sido capaz de propiciar a su alrededor el surgimiento de autores y propuestas que, bebiendo de las fuentes de su hermenéutica, han terminado por configurar diseños filosóficos específicos, que no entran en conflicto con las de su inspirador, pero son capaces de ir más allá.
De ser cierto lo anterior, habría alcanzado su cumplimiento un proceso que sólo se da entre los grandes. Porque grande es aquel pensador que termina por convertirse en su propio pensamiento, que se disuelve en sus propias ideas, que si se hace carne en algo no es en sí mismo sino en otros, a los que fecunda con sus preguntas, y que serán grandes a su vez si generan en sus lectores idéntica perplejidad que su raíz originaria.
De estos últimos autores, con el andar del tiempo podremos decir algo parecido, a saber, que no son grandes porque pensemos con ellos (como suelen creer tantos académicos de vuelo gallináceo), ni siquiera porque lo hagamos contra ellos (como acostumbran a repetir un número considerable de antiacadémicos de pacotilla): son grandes porque pensamos gracias a ellos.
He aquí, pues, la respuesta a la pregunta inicial: Gadamer es importante, mucho más que por el número de veces que aparece citado, o por las ocasiones en que aludimos a sus temas favoritos, porque la huella que dejó en quienes estuvieron cerca de él en su momento de máximo esplendor -pienso en figuras como las del español Emilio Lledó o el italiano Gianni Vattimo- muestra, con mayor nitidez que cualquier otro argumento, que lo que convierte en relevante a un filósofo es precisamente su sensibilidad para reparar en aquello ante lo cual la gran mayoría pasa de largo (casi siempre por considerarlo obvio o evidente), su capacidad para enseñarnos a mirar el mundo de otra forma, su energía y su coraje para ayudarnos a salir de ese magma de pensamientos únicos en el que vivimos sumergidos (por no decir asfixiados). Todo aquello, en definitiva, a lo que se aplicó Gadamer a lo largo de su dilatada existencia.
LA NACION

Anuncios