Un héroe argentino a bordo del Titanic

Posted on 15 abril, 2012

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Por Pablo Mendelevich
Hubo al menos un pasajero que se subió en Southampton al barco más grande del mundo sin desearlo: el argentino Edgardo Andrew, de 17 años. Hasta dejó su desgano por escrito. ¿Mala espina? La fría noche del 14 al 15 de abril de 1912 Andrew integró la lista de 1522 víctimas del naufragio más impactante -y metafórico- de la historia.
Según se supo después, el único argentino del Titanic, pasajero de segunda clase, tuvo una muerte heroica. Le cedió su salvavidas a una maestra inglesa, que no sólo consiguió salvarse, sino que vivió hasta los 100 años.
Pero acaso más singular fue la forma en la que este riocuartense se refirió a su destino apenas dos días antes de embarcarse, en una carta que le escribió desde Bournemouth a su amiga porteña Josefina Cowan. “Josey”, como le decían en el ámbito de los inmigrantes ingleses al que también pertenecía la familia Andrew, vivía en el barrio de Belgrano y se aprestaba a visitarlo en Inglaterra. Edgardo (Edgar), que llevaba un año allí, lamentaba el desencuentro:
Ya me imagino cuánto sentirá usted que yo no me encuentre en ésta cuando usted venga, pero no por esto se desanime Josey, pues sirve para pasar lo mejor que pueda el tiempo. No puede imaginarse cuánto siento el irme sin verla y tengo que marchar y no hay más remedio.” Dos líneas después le dice: “Figúrese Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos decearía (sic) que el «Titanic» estuviera sumerjido (sic) en el fondo del océano”.
¿Historia de amor trunco, presentimiento y tragedia? Edgardo se llevó las aclaraciones al fondo del mar. En la carta, que Josey leería bastante más tarde, fue categórico y a la vez sugerente: “Muy bien sé que la noticia de mi partida será muy dura, pero paciencia, así es el mundo”. Antes le cuenta que cuando supo que ella iría a visitarlo “estaba tan contento con la noticia que no podía pensar en otra cosa, y hacía cada programa, para cuando usted llegara a ésta, pero desgraciadamente mis anticipados programas no llegarán a realizarse”.
Edgardo tenía arreglado partir en el Oceanic el 17 de abril, pero una huelga de carboneros lo obligó a pagar una diferencia por el boleto en el Titanic, el único barco que zarparía (una semana antes), gracias a que la White Star Line garantizó ese esperado viaje inaugural mediante acopio de carbón. El boleto le costó en total 12 libras, entonces unos 60 dólares. Hijo menor del administrador inglés de la estancia El Durazno, en San Ambrosio, al sur de Córdoba, Edgardo había sido enviado a estudiar ingeniería naval a Inglaterra, pero desde Estados Unidos su hermano mayor, Silvano Alfredo (quien prefería ser llamado Alfredo), que le llevaba doce años y estaba por casarse con una viuda muy adinerada, lo tentó para que fuera a trabajar con él en Trenton, Nueva Jersey. Alfredo Andrew, ingeniero naval de la Armada Argentina, había sido enviado a Estados Unidos a pedido del almirante Manuel Domecq para inspeccionar la construcción de dos barcos de guerra, el Rivadavia y el acorazado Moreno. En definitiva, una combinación de episodios provocó la presencia argentina en el Titanic.
LA NACION

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