Un paseo por el Quinde

Posted on 15 abril, 2012

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Por Fernando Bello
Quito, esa ciudad que besa el cielo desde sus 2850 metros sobre el nivel del mar, es sin dudas un sitio fascinante. No solo por su arquitectura soberbia, plena de notables ejemplos del estilo barroco colonial, sino también por particular ubicación, que le provee un menú de opciones para viajeros en busca de naturaleza que difícilmente pueda encontrarse en otros sitios.
Ecuador es un país con una diversidad biológica que sorprende. Basta con una visita al Jardín Botánico de la ciudad para descubrir que existen muchas más variedades de orquídeas que las que pueden imaginarse. Los números de la riqueza verde ecuatoriana abruman: unas 4500 especies de mariposas, 345 de reptiles, 358 de anfibios y “apenas” 258 de mamíferos. También es este pequeño país el que se ufana de ser el mejor destino para el avistaje de aves, merced a sus más de 1600 especies identificadas al día de hoy. Y no es necesario internarse en los rincones más alejados de la Amazonia para descubrir tanta belleza, sino que los bosques húmedos del corredor biológico Chocó-Andino están a solo una hora de Quito y el camino para llegar hasta ellos está pavimentado.
Tan accesibles son algunas de estas bellezas que se han convertido en productos turísticos listos para consumir con avidez. Tal es el caso del Paseo del Quinde, una ruta inaugurada en 2005 gracias al trabajo de organismos no gubernamentales y del propio estado ecuatoriano. Este paseo, conformado como una ruta de casi 80 kilómetros, se ubica en un área administrada por la Mindo Cloudforest Foundation (MCF), que abarca tres ecosistemas diferentes. Apenas se parte de Quito, el viajero sigue la antigua ruta de la Costa y se interna en el páramo, zona yerma por encima de los 3500 metros de altura del Volcán de Pichincha, uno de los cuatro custodios quiteños; luego comienza un descenso en dirección al Pacífico para atravesar la Ceja del bosque, una zona de ecotono en la que comienzan a aparecer las marcas de lo que vendrá. Ese plato fuerte no es otra cosa que el bosque húmedo propiamente dicho. La combinación entre altitudes variables y la intrincada topografía montañosa le otorgan a la región su gran riqueza biológica.
A lo largo de todo el paseo aparecen paradores para descansar y recuperar el aliento, un bien escaso cuando se camina en estas alturas. Junto a los refugios hay puestos para comprar artesanías y puntos panorámicos. Aquí y allá, los carteles indicadores hacen que cualquiera pueda descubrir los verdaderos tesoros del corredor: cataratas, manchones de bosque virgen y haciendas donde hospedarse o almorzar. Y en medio de todo esto, las áreas protegidas de Mindo-Nambillo y Pululahua. Es aquí donde se observa la mayor cantidad y variedad de aves, al punto que las hosterías y posadas de Tandayapa, Mindo y Nambillo ofrecen este servicio con tanta naturalidad como si se tratara del de-sayuno o la cena. Los últimos alimentan el cuerpo, lo demás es en beneficio del espíritu.
EL CRONISTA