Rossana Reguillo: “Hay un retorno de lo político en la conformación de colectivos juveniles”

Posted on 20 abril, 2012

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Por Manuel Barrientos
Doctora en Ciencias Sociales especializada en antropología social, Rossana Reguillo es una de las principales referentes del campo de los estudios socioculturales en América Latina. En marzo último, Siglo Veintiuno lanzó una nueva edición de Culturas juveniles. Formas políticas del desencanto, que actualiza y amplía los textos ya clásicos que Reguillo había publicado originalmente en el año 2000.
“Vender riesgo es la única opción que tienen muchos jóvenes latinoamericanos”, dispara en diálogo con Debate. Titular de la Cátedra Unesco de Comunicación de la Universitat Autónoma de Barcelona, Reguillo describe las dificultades que enfrenta la juventud en el continente y advierte sobre la ausencia de macropolíticas, en buena parte de los países latinoamericanos, que permitan avanzar en la resolución de estas problemáticas. Pero también destaca la creatividad de los jóvenes para ensayar nuevas formas de gestionar sus propias vidas y el surgimiento de prácticas políticas que saben combinar lo digital con lo presencial.
¿Qué características particulares adquieren las nuevas culturas u organizaciones juveniles en América Latina?
Se hallan diferencias muy grandes entre los colectivos juveniles en la Argentina, en Colombia, en México o en el propio Chile, pese a que parecería que América Latina es un continuo homogéneo. Aunque haya que mantener estas necesarias distinciones, hay tres elementos que podríamos colocar como un piso común para los jóvenes en América Latina. El primero está ligado a las difíciles condiciones que están experimentando para incorporarse a la sociedad, tanto a través del estudio como del trabajo. Esa situación representa un desafío muy grande para ellos, y tiene formas de respuestas distintas. En lo que respecta a la formación de colectivos, se puede encontrar una enorme capacidad de autogestión. Es decir, en la manera en que cotidianamente están reinventado el trabajo, a veces en condiciones muy desventajosas.
¿Por qué se genera esa capacidad de autogestión?
Estamos frente a una generación que no está esperando que se le resuelvan las cosas desde arriba. En ese sentido, un segundo aspecto muy interesante es que, en los últimos años, estamos presenciando el retorno de lo político en la conformación de colectivos juveniles. Si bien durante la última década del siglo XX y buena parte de los primeros años del siglo XXI, los jóvenes estaban muy separados de estos temas, hoy vemos que regresan con fuerza al escenario político, aunque no en las formas tradicionales como los partidos, sino planteando debates e involucrándose en distintas causas, más que en organizaciones.
¿Y el tercer aspecto común?
Aunque sea necesario guardar un prudente optimismo dada la exclusión de muchos jóvenes de la tecnología digital, es una generación que sabe utilizar la tecnología a su favor, para pronunciarse, producir, crear arte o mantenerse en contacto con lo que está pasando en el mundo. Pero fuera de este piso común, es muy diferente la situación que están viviendo, por ejemplo, los jóvenes en la Argentina, donde me sorprendió su reencantamiento con la política formal; comparada a la de México, donde mantienen una actitud de total rechazo y de total desconfianza frente a la política y a los políticos.
¿Cómo viven los jóvenes esa paradoja entre los “cierres” que imponen las instituciones y la supuesta “apertura” que reciben por parte de las industrias culturales?
Los cambios más recientes apuntan a una generación que no pide ni perdón ni permiso, y que logra, frente a eso que con buen sentido llamas los cierres institucionales, reinventarse y generar estrategias, no sólo de supervivencia, sino también de participación. Si uno revisa la cantidad de blogs que pueblan el espacio digital, puede darse cuenta, sin mayores dosis de aparato teórico o metodológico, que muchos de ellos son jóvenes que ponen en aprietos a las instituciones, incluso de las industrias culturales. Hay fenómenos fascinantes, que todavía no alcanzamos a calibrar en lo que tiene que ver con los cambios que van a traer aparejados. Por ejemplo, los grandes medios se ven desafiados por un nuevo periodismo juvenil o ciudadano que no espera que la verdad le sea revelada. También existen procesos de intercambio musical que son inéditos en la historia reciente, porque dan la espalda a consorcios y monopolios discográficos y, sin embargo, circulan por el espacio no sólo digital.

DESEMPLEO Y ESTIGMATIZACIÓN
¿Por qué los medios y buena parte de la clase política estigmatiza a los jóvenes como agentes de la inseguridad?
Indudablemente no es un problema que empezó ayer, pero esta estigmatización sobre los jóvenes comenzó a subir de tono en la medida en que se hizo más evidente la crisis estructural en nuestros países. Es decir, hacia finales de los años ochenta, cuando comenzó a evidenciarse el fracaso del modelo económico -y, en buena medida, político- por el que se había optado. En ese momento, muchos de estos jóvenes, que además han sido mayoría demográfica en el continente, se volvieron visibles como problema. Esta tendencia se observó de forma temprana en Colombia y en México, y más tardíamente en la Argentina, también por su propia composición demográfica. Pero fue una especie de reacción social, en la que parecía que la propia sociedad le decretaba la guerra a sus jóvenes y los volvía responsables de una crisis que nadie parecía entender muy bien de dónde provenía.
¿Cuál es la actualidad de estos discursos?
No sólo está muy expandido entre las grandes corporaciones, los grandes medios y los políticos más conservadores, sino que se encuentra también como discurso cotidiano entre la gente, que ha desarrollado una especie de miedo atávico a los jóvenes de los sectores más empobrecidos y populares de la sociedad. Esto se ha ido agravando, y en la medida en que la pirámide juvenil empieza a presionar más, como ya se ha planteado en muchas investigaciones elaboradas por la Cepal, mi diagnóstico es que tenderá a agravarse aún más. Por tanto, hay una enorme responsabilidad en producir un contrarrelato. Hay que advertir: cuidado que muchos de estos jóvenes, aunque uno no pueda aplaudir muchas de sus conductas, no son los victimarios. No me gusta esta oposición dicotómica entre víctimas y victimarios, pero es útil para efectos de claridad. Entonces, en todo caso son las víctimas de un modelo económico que no previó el momento económico que íbamos a vivir.
En ese sentido, se observa que los índices de desempleo en los jóvenes -y, especialmente, en las mujeres jóvenes- son mucho más altos que los de la población general.Así es. Y cuando se agudiza la crisis, son los primeros en ser expulsados del mercado laboral. Además, son los jóvenes quienes están aceptando los trabajos con peores condiciones del mercado. Muchas veces no reciben más que contratos temporarios, sin seguridad social, y muchos de ellos están dispuestos a trabajar por la mitad del salario por el que trabajaría un adulto. Se trata de una situación sumamente difícil y compleja. En condiciones y en contextos de pobreza, la única oportunidad que tienen muchos jóvenes es la de vender riesgo. Es decir, su fuerza de trabajo es el riesgo que están dispuestos a vender. Y hay muchos actores y muchas fuerzas muy interesadas en comprar ese riesgo.
En muchos casos, ese discurso se transforma en profecía autocumplida. ¿Qué políticas detecta en los gobiernos de la región que intentan romper con ese círculo?
En términos de macropolíticas, lamentablemente los gobiernos en la región, aun los de avanzada o aquéllos con los mejores proyectos de seguridad social, no tienen todavía una estrategia para enfrentar este problema. Hay preocupaciones, hay políticas públicas más atinadas que otras, y hay lugares en los que ni siquiera les da para pensar en esto como un problema serio, como es el caso de Centroamérica. Pero, en términos de estrategias macropolíticas y macroeconómicas, todavía no se calibra y no se dimensiona el tamaño del problema. Un caso paradigmático es el de México, con sus miles y miles y miles de jóvenes dispuestos a enrolarse en las filas del narcotráfico. En algunos casos, parece que se quiere combatir con aspirinas una metástasis cancerígena.
¿En qué sentido?
Es una problemática que no se puede combatir más que con una inversión macroestructural en términos económicos y con una política que sea acorde en toda la región. Con sus diferencias políticas, ideológicas, de sesgos, cuando sale el problema de los jóvenes en las cumbres regionales observo que no atinan a dar cuenta de la verdadera escala del problema. Se les ocurre hacer más escuelas. Y sí, es evidente, pero el problema no pasa por el número de escuelas que se construyen, sino por las condiciones estructurales que se proveen para que esos jóvenes puedan quedarse en esas escuelas.
¿Qué variables debería tener en cuenta una política macro de inclusión de los jóvenes?
En primer lugar, hay que dejar de pensar a los jóvenes como sujetos “tutelados”, “incompletos” y pensar en ellos como sujetos de derecho. Ese cambio de paradigma es fundamental y no está suficientemente instalado en los discursos políticos de la región, más que con algunos rasgos o atisbos. Partiendo de eso, lo que se requiere de fondo, lo voy a decir un poco en broma, es una especie de gran Plan Marshall. Es decir, una inversión multitudinaria en la generación de estructuras capaces de atender lo que sigue, porque estamos con tantos déficits encima que resolver los rezagos ya resulta prácticamente imposible, a menos que se dedique todo el Producto Bruto Interno a esa problemática. Deben generarse fuentes de trabajo y tomarse muy en serio la legislación en torno al primer empleo, que no se discute suficientemente en la región. Una segunda cuestión está vinculada al aparato educativo, porque tenemos problemas estructurales, pero al mismo tiempo tenemos un problema simbólico de proporciones apocalípticas.
¿Cuál es ese problema?
Debemos pensar qué escuela necesitamos para los desafíos que están enfrentando los jóvenes en este momento, porque no se van a resolver con esas recetas de capacitación para el mal empleo. Con esos programas que dicen: “acércate y te hacemos carpintero o plomero en tres días”. Creo que el asunto requiere transformaciones de fondo. Y hay un desafío muy grande que pueden cumplir los medios de comunicación, que deben hacer mejor su trabajo en vez de criminalizar a los jóvenes. Hace falta un periodismo de investigación que devele las terribles condiciones en las que estos jóvenes están desarrollando sus biografías.
POLÍTICA DIGITAL Y ANALÓGICA
¿Cómo analiza las protestas estudiantiles que se dieron en los últimos años, principalmente en Chile, pero también en otros países de la región?
Las protestas en Chile, Colombia, más recientemente en México, colocan en el centro al estudiante. Lo paradójico es que cuando el mundo parecía haber decretado, en este momento tardío industrial, que las aspiraciones de las generaciones más jóvenes debían ser de otra índole, vemos otra vez reivindicaciones totalmente estructurales en el espacio público: por el derecho a una educación de calidad, por el trabajo, por condiciones de salud y de seguridad social. Entonces, es una situación muy difícil de pensar.
¿Cuáles serían esas dificultades?
Tienes estos sujetos híbridos que se manejan en Twitter, Facebook, que son capaces de tender vínculos entre Chile y los Occupy Wall Street. Pero, al mismo tiempo, ponen en el centro de la mesa el fracaso del modelo económico de aspiración planetaria. Se observan transformaciones en los modos de luchas, porque se trata de una generación que aprendió de las anteriores, pero al mismo tiempo esa nueva imaginación en la capacidad de plantarle el cuerpo y las ideas al sistema no tiene fin. Se les ocurren cosas como el Besatón en Chile, y salen a besarse a la calle al frente del Ministerio de Educación Pública. Entonces, la seriedad de los movimientos de los ochenta, que no se permitían ninguna sonrisa, se estrella contra esta nueva perspectiva, en la que la pasan muy bien mientras hacen la revolución.
¿Cómo pensar las conexiones de estas nuevas prácticas con la política partidaria o electoral, incluso más allá de las estructuras tradicionales?
Es un debate muy interesante que ha surgido en los últimos meses, especialmente a partir de la emergencia de Occupy Wall Street. Zygmunt Bauman negó cualquier tipo de capacidad de transformación a los indignados españoles, acusándolos de ser pura emoción. Poco después, Slavoj Zizek los regañó diciéndoles que no estaban en un Carnaval y que debían tomarse en serio la revolución. Y Edgar Morin dijo que los indignados eran capaces de denunciar pero no de enunciar. Creo que son críticas infundadas, y ciegas o miopes a las transformaciones que se han operado en los movimientos sociales. Estamos frente a procesos de insurgencia que trabajan por fuera de cualquier tipo de noción programática. Son insurgencias, están operando como un síntoma de los múltiples fracasos de los modelos asumidos, pero nadie está en condiciones de exigirles un programa de gobierno. Son movimientos que nacen con una voluntad de ser ellos mismos el plan. Como diría el politólogo Benjamín Arditi, la insurgencia es el propio plan. Entonces, las instituciones no están en condiciones de abrazar lo que estos movimientos juveniles están significando, porque  no tienen las categorías construidas para eso, debido a su fundación decimonónica.
¿Qué rol cumple la tecnología en estos procesos?
Las tecnologías digitales y las redes sociales los vuelven muy rápidos, les permiten ser muy creativos, estar en interacción permanente con movimientos afines. Pero no agotan la explicación posible. El año pasado estuve cuatro meses en Nueva York, siguiendo al movimiento Ocuppy Wall Street. Y el gran desafío para el uso de estas tecnologías es cómo combinar la política caliente -el cuerpo en la calle y en la plaza, la articulación con aquéllos que no frecuentan las redes sociales- con el uso de estos dispositivos. Pero, contrariamente a lo que se puede sospechar, estos movimientos saben que la revolución no se hace en Twitter y van encontrando la temperatura para hacer estas combinaciones entre lo digital y lo presencial. En síntesis, podría decir que son anfibios, que tienen una tercera branquia que todavía no les vemos. Pero también que ellos pueden navegar con absoluta comodidad y continuidad, en medio de los dos mundos, algo que a los adultos nos cuesta un enorme trabajo.
EL DEBATE

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