Corriendo por Olimpia

Posted on 22 abril, 2012

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Por Luciano Wernicke
na carrera de sólo 192,28 metros de extensión. Así de humilde, así de simple, así de breve fue el inicio de los Juegos Olímpicos. Una prueba modesta que tuvo un ganador modesto: un cocinero de la región de Élide llamado Coroebo (o Koroibos o Choroebus, según las diferentes traducciones).
En el año 776 antes de Cristo, corrió más rápido que ninguno la distancia de “un estadio” y volvió a su ciudad coronado de olivo. ¿Fue el cocinero el primer campeón en la primera olimpíada? Muchos historiadores sostienen que Coroebo no se consagró como el vencedor inaugural, sino que su nombre fue el primero en quedar grabado en la piedra a la cabeza de una larga serie de héroes, también registrada en poemas de autores como Homero o Píndaro. La carrera a pie formaba parte de una variedad de ritos religiosos y culturales que se desarrollaba cada cuatro años, a lo largo de seis días, en una planicie situada junto al santuario de la ciudad de Olimpia, famosa por su templo dedicado a Zeus, una de las siete maravillas de la Antigüedad. Se estima que la prueba pedestre habría comenzado a disputarse al menos 150 años antes de Coroebo, aunque sólo son conjeturas. Una leyenda asegura que la primera competencia fue organizada por Atleo, rey de Élide -la región donde se encontraba Olimpia-, entre sus hijos, para determinar a su sucesor.
La palabra “atleta” deriva, justamente, de Atleo.
Más allá de su origen, después de la victoria del cocinero, los Juegos se consolidaron y, a través de sus sucesivas ediciones, crecieron en cantidad de participantes, que llegaban primero desde todos los rincones del mundo heleno y, más tarde, desde las distintas provincias del Imperio Romano. Asimismo, a la sencilla carrera de 192,28 metros se agregaron otras pruebas: dos estadios (llamada diaulio , de 385 metros), cuatro estadios (769 metros), ocho (1538 metros) y hasta 24 estadios (conocida como dólico , de 4614 metros). Luego, aparecieron el pentatlón (una competencia que combinaba cinco disciplinas: carrera, lanzamiento de disco y jabalina, salto en longitud y lucha), la hoplitodromía (carrera vistiendo armadura y cargando lanza y escudo), el pugilato y las cuadrigas tiradas por caballos. El boxeo comenzó sin diferencia de categorías por peso ni protección de ningún tipo en manos ni cabeza. Los duelos no tenían límite de asaltos y terminaban por nocaut o abandono de uno de los combatientes. Con los años, se incorporaron tiras de cuero para proteger las manos y hacer más contundentes los golpes. Algunos púgiles agregaban a las correas pequeñas piedras, fragmentos de plomo o astillas de madera para causar más daño a sus rivales. Las peleas generaron tanta pasión entre el público que se agregó un nuevo tipo de contienda, diseñada especialmente para los que disfrutaban con la sangre: el pancracio, una suerte de vale todo, incluidos mordiscos, asfixia, patadas en los testículos y hasta hundir los dedos en los ojos del rival. El agregado de nuevas disciplinas deportivas extendió, al mismo tiempo, el calendario olímpico, que llegó a los siete días.
Desde su inicio, los Juegos fueron concebidos como un período de recogimiento espiritual y religioso. Poco después, se los invistió con un halo nacionalista. En el siglo IX a. C., los reyes Ifitos de Élide, Cleóstenes de Pisa y Licurgo de Esparta instituyeron lo que se conoce como “tregua olímpica”, que suspendía todo tipo de acciones bélicas entre las ciudades-estado griegas durante la semana de los Juegos. Asimismo, establecieron la prohibición de ingresar armado a Olimpia, un lugar sagrado. “Quien ose penetrar en él con armas será considerado sacrílego.”
¿Quiénes podían intervenir como competidores? En una primera etapa, sólo los varones griegos considerados “hombres libres”, hijos legítimos con plena posesión de todos los derechos civiles, que no hubieran cometido sacrilegios ni crímenes. Después, por razones políticas, fueron aceptados concursantes de otras naciones, en algún caso por imposición, como sucedió con el emperador romano Nerón. Las reglas y códigos de competencia estaban grabadas en tablas de bronce que se encontraban en uno de los templos de Olimpia. Los concursantes debían arribar a la ciudad al menos cuatro semanas antes del inicio de los Juegos, para someterse a una especie de “concentración” que alternaba entrenamientos con el estudio de las reglas de la competición y un juramento de respeto sobre las decisiones de los jueces y “la lucha leal”. En el siglo V, durante la final del torneo de boxeo, un participante llamado Cleómedes mató a su oponente. Fue descalificado por considerarse que había actuado con alevosía y se consagró campeón “post mórtem” a su rival.
Los vencedores sólo recibían como premio una corona confeccionada con hojas y ramitas de olivo. No obstante, sus hazañas adquirían tanta importancia entre sus compatriotas de las distintas ciudades estado, que los campeones obtenían beneficios que poco distaban del actual profesionalismo: exenciones impositivas, pensiones vitalicias, viviendas, alimentos y otros bienes permitían a los héroes disfrutar de una vida distendida y lujosa.
¿Cuál era el papel de la mujer en los Juegos? En primer lugar, no había en el calendario olímpico competencias reservadas para ellas. Sólo actuaban en un festival deportivo y artístico en honor a la diosa Hera, que se realizaba en otra época del año. Además, sólo se permitía concurrir a Olimpia como espectadoras a las solteras y a las niñas, y se amenazaba con la condena a muerte a las casadas que se atrevieran a presenciar las distintas pruebas.
El único caso conocido de violación de estas normas correspondió a Callipatria, una mujer que se disfrazó de hombre para ver a su hijo Pisidoro en la competencia de pugilato.
Cuando el joven se impuso en el último combate, Callipatria se olvidó de las duras reglas y, obnubilada por la emoción, se abalanzó sobre Pisidoro para abrazarlo, sin advertir que se le caía un lienzo que le había permitido ocultar su rostro y sus cabellos. Los jueces y espectadores descubrieron el engaño, pero la mujer fue perdonada por ser hija, hermana y madre de campeones.
Los Juegos de la Antigüedad se extendieron hasta el año 394 d. C, cuando fueron abolidos por el emperador romano Teodosio El Grande a pedido de san Ambrosio, obispo de Milán, que los consideraba inmorales y promotores del ateísmo. El decreto no sólo prohibía las competencias, sino que establecía la pena de muerte para quienes intentaran reeditarlas. Medio siglo más tarde, otro monarca, Teodosio II, ordenó la destrucción de todos los templos de Olimpia. A la brutal disposición romana se sumó una serie de terremotos que terminó por sepultar los restos, que permanecieron ocultos por doce siglos. A mediados del siglo XIX, un grupo de arqueólogos europeos descubrió las viejas ruinas y la luz volvió a iluminar la gloria olímpica. Unas décadas más tarde, a un noble francés, Pierre de Frédy, barón de Coubertin, se le ocurrió la loca idea de devolverles la vida y su grandeza a los majestuosos Juegos Olímpicos. Bueno, no tan loca. Ya no estaban los “Teodosios” para hacer cumplir sus absurdos mandatos.

Nerón, el campeón
Muchos monarcas y emperadores de pueblos antiguos decidieron participar en los Juegos para demostrar sus aptitudes en el deporte. Filipo II, rey de Macedonia y padre de Alejandro Magno, ganó en carreras de caballo y cuadrigas en el año 356 a. C. Otro concursante fue el romano Nerón. Los libros de historia y la película Quo Vadis exponen al emperador como un psicópata vanidoso y asesino.
Además de ordenar sanguinarias campañas, matar a sus rivales y hasta a su madre, un hermano y a sus dos primeras esposas (a la segunda, Popea, la liquidó de una salvaje patada en el estómago que le provocó un aborto y la muerte por desangrado), el déspota impulsó el desarrollo de las artes y mandó a construir numerosos teatros y escuelas. Nerón se creía descendiente de Apolo y dueño de un talento sin igual para la música y la poesía. Sin embargo, los únicos que aplaudían y vivaban sus obras e interpretaciones eran los miembros de una ridícula claque que cobraba generosos salarios para halagar los oídos del monarca.
En el año 67, el emperador se encaprichó con los Juegos Olímpicos y se propuso ganar una corona de olivo. A cualquier costo. El tirano se inscribió en la carrera de cuadrigas y sobornó a sus rivales para que, a medida que se extendiera la competencia, fueran desertando. Nerón terminó la prueba corriendo solo, y ganó a pesar de haberse caído torpemente en una curva. Los griegos miraron al cielo para cuestionar a sus dioses. Poco les hubiera costado romperle el cuello al dictador..
LA NACION

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