Entre el sueño y la memoria

Posted on 29 abril, 2012

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Por Susana Artal

Hace algunos días, la Asociación Internacional de Hispanistas comunicó su pesar ante el deceso de la Dra. Ana María Barrenechea, presidenta de esa asociación entre 1977 y 1980, miembro correspondiente en el extranjero de la Real Academia Española y Profesora Emérita de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ni la edad avanzada de Anita (como confesó Enrique Pezzoni en 1984, en el acto de entrega del Premio “Amado Alonso”, para quienes la tratamos es casi imposible llamarla por otro nombre), ni su retiro en 2002 de la dirección del Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas, que de algún modo nos habituaron a su ausencia de las tareas cotidianas, logran aminorar el impacto de la noticia de su muerte. Porque en ella confluyeron la singularidad de una inteligencia, un talento y una sensibilidad excepcionales y la riqueza de un período muy particular en la historia cultural y educativa de nuestro país.

Dotada de la elegancia más difícil, esa que es por completo ajena al artificio, Anita era, como la retrató Pezzoni, “capaz hasta de resbalar graciosamente sobre la acera cubierta de hielo […] sin abandonar su sonrisa como de danseuse étoile “, la misma sonrisa que exhibía cuando en medio de una conferencia, entre sus dedos brotaba un torbellino de fichas y papeles que parecían multiplicarse y desordenarse, o quizá más bien, sumergirse por un minuto en el caos para revelar un insospechado orden propio, como las estrellas danzantes de Nietzsche.

La formación de una formadora

Hija de emigrantes españoles (sus padres provenían de Logroño), Anita se formó en las generosas aulas de una exigente educación pública y allí abrevó en las mejores tradiciones del magisterio, en la Escuela Normal N° 4 primero y más tarde, en el Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González”, de donde egresó en 1937. De allí no sólo la extensa trayectoria en la enseñanza, que ejerció en todos sus niveles, sino también, como señalan Lía Schwartz Lerner e Isaías Lerner en el prólogo al volumen de homenaje que editaron en 1984, su voluntad de “llevar a la práctica sus proyectos de cambios metodológicos que perfeccionaran la tarea docente”, “su activa participación en Comisiones de Educación y de estudios de curriculum en la Argentina y su constante preocupación por problemas didácticos”. No porque sí Enrique Pezzoni eligió iniciar las palabras que le dedicó evocando una reunión de la cátedra de Gramática, un sábado de 1958, en el cuarto de “muebles unidos entre sí como en la complicidad que traman los objetos en los cuentos de Felisberto Hernández”:

Anita habla sin exponer: exponiéndose al espacio de la no fijeza, del entrecruzamiento. Inicia así el rumbo de la palabra inestable y plural. Propone, espera respuestas. Desoye el mandato que parece regir buena parte de la doxa universitaria: la urgencia de reemplazar una verdad o un método por otros que seduzcan precisamente por ser adquisiciones recientes (y muchas veces residuales de los almacenes del saber que ya gozan de prestigio). Nada más ajeno a Anita que esa suerte de gimnasia en que la versatilidad confabula con la necesidad de acatamiento.

En esta clara actitud de asumir sin cortapisas el compromiso social de transferir lo aprendido, aunando investigación y docencia, Anita se revelaba fiel discípula de Amado Alonso, quien lejos de contentarse con haber reunido un grupo excepcional de colaboradores que asimilaron y discutieron los aportes de las corrientes más innovadoras del momento (entre ellos, Pedro Henríquez Ureña, María Rosa y Raimundo Lida, Ángel Rosenblat, Marcos Morínigo), se ocupó intensamente de proyectarlas más allá de las paredes del instituto que hoy lleva su nombre, interviniendo en la redacción de programas y textos para la enseñanza de la lengua en la escuela media, escribiendo no sólo para publicaciones especializadas sino también para diarios y revistas culturales, traduciendo obras fundamentales como el Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure. En esa atmósfera propicia, que duró hasta que en 1946, valiéndose de una excusa administrativa mezquina, Alonso fue declarado cesante y emigró a Estados Unidos, Anita dijo haber aprendido “a no poder concebir los problemas literarios separados de los problemas del lenguaje”, lo cual, más allá de la adhesión a un marco teórico, coincidía en ella con la amplitud de una curiosidad intelectual en las antípodas de la estrechez de miras que a menudo se esconde bajo el ropaje presuntuoso de la ultraespecialización.

Entre dos orillas
Becada en 1953 por el Colegio de México, Anita se doctoró en Bryn MawrCollege (Pennsylvania) en 1956 con una tesis, La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges (El Colegio de México, 1957), que pronto se convirtió en referencia insoslayable, como demuestran las sucesivas reediciones, que ella siguió enriqueciendo con nuevos artículos hasta la última versión (Ediciones del Cifrado, 2000). De vuelta en Buenos Aires, en 1958 asumió las cátedras de Gramática Castellana e Introducción a la Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y la dirección del Instituto de Filología, cargos que desempeñó hasta 1966, cuando la Noche de los Bastones Largos la llevó a sumarse al grupo de docentes que renunciaron como repudio a la violenta intromisión policial en la universidad.
Su labor continuó de allí en más entre dos mundos: en los claustros de Harvard (1968), Ohio State University (1971-1972) y Columbia (1973-1984), por un lado; en el Centro de Investigaciones en Ciencias de la Educación del Instituto Di Tella, por otro, ya que organizó su actividad de modo tal de pasar seis meses en Estados Unidos y seis en Buenos Aires, donde dirigió un proyecto de estudio de la norma lingüística culta, auspiciado por el PILEI (Programa Interamericano de Lingüística y Enseñanza de Idiomas), para el cual recibió en 1969 una becaGuggenheim, e intervino en la comisión redactora del currículo de lengua para el ciclo primario. Muchos de sus trabajos sobre temas lingüísticos fueron incluidos en dos libros que publicó en coautoría: Estudios de gramática estructural (con Mabel Manacorda de Rosetti, Paidós, 1969) y Estudios lingüísticos y dialectológicos. Temas hispánicos (Hachette, 1979).
Pero la búsqueda de Anita cada vez se inclinaba más de los problemas estrictamente lingüísticos a los literarios. En 1978 reunió en Textos hispanoamericanos. De Sarmiento a Sarduy (Monte Ávila) artículos sobre Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Borges, Cortázar, Arreola, Bioy Casares, Portocarrero, Mariátegui, Arguedas, Sarduy y Sarmiento, autor que no dejaría de atraerla: uno de los últimos trabajos colectivos que dirigió fue la edición de Sarmiento-Frías. Epistolario inédito (1997). A ese conjunto se suma un “Ensayo de una tipología de la literatura fantástica”, donde reelabora el modelo sobre el género propuesto por TzvetanTodorov (1970) y da continuidad a otro de los temas que la apasionaron desde siempre (en 1957 había publicado en México, en colaboración con Emma Speratti Piñero, La literatura fantástica en Argentina ).

De vuelta en casa
La restauración de la democracia marcó el regreso de Anita a la UBA y su afincamiento permanente en Buenos Aires. Con una energía que desmentía cualquier calendario (había nacido el 6 de marzo de 1913), participó en diversas comisiones asesoras (en la Facultad de Filosofía y Letras, en el Conicet, en el II Congreso Nacional de Educación) y reasumió la dirección del Instituto de Filología, donde impulsó numerosos proyectos y apoyó, incluso con su aporte material, el relanzamiento de las publicaciones.
Decidida a “devolver al país lo que había recibido”, como afirmó muchas veces, desplegó toda esa actividad ad honorem , aunque los honores, por supuesto, no faltaban en su carrera: a los ya mencionados y el doctorado honoris causa otorgado por el Smith College en 1967 se sumaron la Presidencia de Honor de la Asociación Internacional de Hispanistas (1980), los premios “Amado Alonso” (1984) y Konex de Platino en Lingüística y Filología (1986), el Patronato del Instituto Cervantes (1992-1993).
Pero la enumeración de tantos títulos y distinciones podría crear una imagen distorsionada si no se agrega que ninguno de ellos impidió ver a Anita sentada en su escritorio corrigiendo pruebas de imprenta de la revista del instituto, atendiendo a becarios y tesistas, riéndose de anécdotas galantes de Sarmiento desde el asiento del Citroën un tanto destartalado de una colega, o empuñando un secador de cabello para salvar los libros de la biblioteca, anegados cuando una lluvia inundó el edificio de la calle 25 de Mayo.
La actividad institucional tampoco le impidió encarar nuevas vías de investigación. En 1963 Julio Cortázar, a quien había conocido a través de Daniel Devoto, primer editor de Los reyes , le envió por medio de otro amigo común emigrado a París, el pintor y poeta Eduardo Jonquières, un “cuadernito rojo” con notas, dibujos, esquemas, etcétera que mostraban lo que ella llamó “el proceso subterráneo de creación de Rayuela “. Anita, que había reseñado la novela para Sur y había vuelto a ella en artículos académicos, retomó el material en 1976, para examinarlo con los enfoques de la crítica genética. El resultado fue Cuaderno de bitácora de Rayuela (1983), que incluye su estudio y la reproducción facsimilar del cuaderno y otros pre-textos aportados por Cortázar. Desde esa misma perspectiva analizó poemas de su amiga Susana Thénon, cuya obra editó en colaboración con María Negroni ( La morada imposible , Corregidor, 2 ts., 2001 y 2004).
En ese interés por explorar la obra artística como proceso y no como producto, el cúmulo de fichas de Anita (no las de una charla sino las de toda una vida) estaba encontrando una nueva configuración totalizadora. Indagar los mecanismos por los cuales, a partir del acervo común de la lengua y el diálogo con una tradición literaria y extraliteraria, un escritor produce esa síntesis única que es la obra de arte la condujo a reflexionar sobre la memoria, tema del último proyecto que dirigió y que se concretó en el volumen colectivo Archivos de la memoria (Beatriz Viterbo, 2003), en el que una vez más se dio cita con Borges, esta vez en la huidiza y fascinante tierra de los sueños, donde quizás aún sigue conversando con él