Retrato familiar tragicómico

Posted on 5 mayo, 2012

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Por Hilda Cabrera
No existe en esta obra el bosque de Sueño de una noche de verano, donde se conjugan el hechizo y la fábula y la reina de las hadas toma como amante a un artesano tejedor que luce una cabeza de asno para recitar un drama en una boda de palacio. En la historia creada por el estadounidense Edward Albee, la excitación se produce en un campo sin sortilegios, y en esta época. Hasta ese campo viajó Charlie, el arquitecto premiado por un proyecto de ciudad del futuro en busca de una vivienda que le permita disfrutar, junto a su mujer, de la naturaleza. No encuentra casa, pero descubre en la mirada de una cabra la razón de ser sexualmente feliz. Las transformaciones son recursos estimados en las artes y también en la realidad despojada de literatura. Sugiriendo un encantamiento, o cierta confusión del pensamiento, al Charlie de esta versión (Martín en el texto original) le pasan cosas raras: recibe distinciones por su trabajo, pero en lugar de festejar el reconocimiento se muestra ajeno. El hombre es ocurrente en su aturdimiento y en ese mismo tono desliza en la charla con su mujer la frase que lo compromete. Esa primera escena tiene la temperatura de un cruce de monólogos, de modo que la esposa no registra el impacto, ocupada, como está, en la rutina de curiosear en los estantes de la biblioteca de la casa familiar, donde transcurre la acción.
La secuencia prologa la revelación que el arquitecto hará a su amigo Axel, periodista que llega al hogar para reportearlo por su triunfo. Sostener el clima jocoso es básico en esta puesta, aun cuando lo que se diga no sea gracioso. Uno y otro mantienen una actitud expectante y risueña. El amigo suspende la entrevista para ponerle oídos al relato del encendido Charlie. Espera la confesión de una aventura extramatrimonial hasta que el arquitecto, sin coraje para dar detalles, le entrega una foto de su amada Sylvia, la cabra por la que siente una atracción sexual no reprimida.
El peligro de que la conversación intrascendente derive en estupor o irritación se evita a través del humor. Estrategia que no se agota en esta pieza, originalmente estrenada en 2002 y ahora en Buenos Aires. Charlie ventila su deseo sin clichés melodramáticos y sin abandonar la impresión de padecer un trastorno, acaso una forma de encubrir su responsabilidad de apropiador sexual y justificar la violencia verbal en contra de su hijo adolescente, al que trata de putito buscón en los baños.
Los dardos que se disparaban George y Martha en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, de 1962, la celebrada pieza de Albee, renovó, según los estudiosos, el impulso sádico en el teatro estadounidense, incluido el de Broadway. Impulso que subyace en esta obra, a pesar de la insistencia, al menos en esta traducción y en esta puesta, de edulcorar el amor que el arquitecto dice profesar a su familia. Sus olvidos sobre asuntos mínimos, su desatención respecto de las reglas sociales evidencian una dualidad que tornan natural su práctica sexual con la cabra. Lo dice el mismo Charlie al comentar una sesión de terapia a la que asistió y en la que otros confesaban sus predilecciones. ¡Pobre ganso!, exclama al referirse al ave convertida en juguete sexual por uno de los asistentes, sorprendiéndose al mismo tiempo de que se sientan infelices, cuando él es graciosamente feliz con su cabra. Ese nivel de provocación en Albee no es novedad para quienes entienden que en sus obras las violencias física y verbal derivan del convencimiento de que éstas son endémicas de la condición humana.
En esta historia de subordinados, la mujer es la que, a su manera, impone la ley sobre aquello que la sociedad considera tabú y la que se siente lastimada: “Es la única cosa que no pensé. Hacé que no lo crea, voy a vomitar. Quiero que el día vaya para atrás”, le grita al varón que ha puesto en práctica su deseo en el momento más inoportuno, tal vez para que su vida no pase en vano. La autodestrucción –siempre según los cánones sociales– está en marcha, y lo que resta es lo que quizás el autor quiso expresar en el subtítulo de esta obra: “Ensayo para la redefinición de la tragedia”.
Permeable a la dualidad humano-animal, Charlie ha perturbado a su imperfecta familia y esto se traduce en cuadros de desconcierto y furia, y reiterados destrozos en la antes prolija biblioteca familiar. Así como la abundancia de “cadáveres de palabras”, en el teatro y en la vida, se olvidan pronto, los flashes tipo vodevil, festejados por el público, desdibujan las asperezas de una obra que –se supone– intenta explorar una situación más allá de lo razonable y que por eso mismo debiera resultar perturbadora. En todo caso, las interpretaciones, destacables, se ajustan a un retrato tragicómico de ese universo familiar en danza entre lo permitido y el tabú. La consecuencia –o virtud, según se mire– es no alentar el maniqueísmo. Una forma más de impedir que el espectador adhiera a la convencional fórmula de situarse del lado de los buenos.
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