Descubrir Catamarca

Posted on 12 mayo, 2012

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Por Tomás Natiello
Hay momentos en el año que son ideales para encontrarse con destinos poco frecuentados. Quizás uno piense dos veces antes de elegir Catamarca para sus vacaciones de verano, porque aparecen otras opciones más rápidamente, como Brasil o Bariloche, por citar dos clásicos. Pero los fines de semana largos del otoño y las escapadas de primavera se prestan más a lo nuevo. Y sobre todo cuando se trata de esos rincones en los que el viajero teme por los climas que supuestamente son difíciles.
Por eso, los días templados y secos del otoño son aptos para recorrer desde las estribaciones occidentales del Nevado de Aconquija hasta las alturas desmesuradas de la Cordillera de los Andes en su tramo más desafiante. Ambas cosas, por supuesto, se encuentran en el territorio catamarqueño. Paradójicamente, la mejor manera de iniciar el viaje es volando a San Miguel de Tucumán, debido a que cuenta con mejores precios y más cantidad de frecuencias aéreas que San Fernando de Valle de Catamarca. Y además, porque se encuentra a muy poca distancia de las montañas que dan inicio al recorrido.
Tomando el rumbo sur oeste por la ruta 38, luego de 70 kilómetros se llega a Concepción, y desde allí se recorren 134 kilómetros hacia el oeste hasta llegar a Andalgalá, ya en la provincia de Catamarca. La mayor parte del camino es de ripio y va salvando las alturas del Nevado de Aconquija, uno de los cordones montañosos más bellos de la Argentina. Este poblado catamarqueño es el portal para entrar a una zona de enorme riqueza arqueológica, pero antes de recorrerla bien vale la pena detenerse en hosterías como Condado de Huasán y dedicar tiempo a safaris fotográficos, cabalgatas y caminatas por las laderas oeste del Aconquija, o bien a pescar truchas en el río Andalgalá.
Lo siguiente es explorar El Shincal. En la localidad de Londres, la segunda población colonial más antigua del país, se encuentran las ruinas del Shincal de Quimivil, un parque arqueológico construido y habitado por los Incas entre 1470 y 1536. Enmarcado por un extraordinario paisaje, comprende más de un centenar de recintos agrupados en edificios monumentales.
Desde allí, el siguiente paso de este periplo, para el que es indispensable alquilar un vehículo, es Belén. En sus valles fértiles se cultiva la nuez, el comino y el anís, mientras su fauna se constituye preponderantemente por vicuñas y llamas. No obstante, si es necesario destacar un atractivo, debe reconocerse la importancia de las artesanías, principalmente del tejido que le concede a todo el departamento la categoría de “Cuna del Poncho”.
Al norte, la Ruta 40 lleva hasta la sierra de Hualfin, donde se encuentra el pueblo de Villa Vil, ya en la ruta 43. Terrenos visitados por el Dakar en los últimos años, son la sede de actividades ancestrales como el chaku, la esquila tradicional de la vicuña. Desde 2003 en la zona de Laguna Blanca se ha recuperado esta costumbre que consiste en el arreo y encierro de los animales para la esquila y posterior liberación. En Laguna Blanca, pero también en los otros destinos donde se practica este arte, se cierra la jornada con cantos, comidas y exposiciones artesanales.

Tierra de gigantes
Además de la riqueza cultural, Catamarca es un paraíso para montañistas. Si Mendoza puede jactarse del Aconcagua, no es menos lo que puede decir esta provincia norteña con sus 14 cerros por encima de los 6000 metros de altura, entre los que sobresalen el Pissis y el Ojos del Salado, los volcanes (extinto y activo, respectivamente) más altos del mundo.
En noviembre de 2006 se realizó en esta región el Primer Congreso internacional de Montañismo, en el que un grupo de más de 20 personas emprendió el ascenso al Pissis. Este evento puso de relieve la riqueza y atractivo de este rincón cordillerano.
Claro que no solo los montañistas avezados pueden disfrutarlos. Hay opciones intermedias, que siempre requieren de amor por la aventura.
En el noroeste de la provincia, sobre la Ruta 60, se encuentra el Paso de San Francisco, parte de un corredor internacional de integración e intercambio económico con el Pacífico. Claro que este ida y vuelta se ve restringido por la audacia que conlleva circular nada menos que a 4700 m.s.n.m. Desde Belén hay que “bajar” 85 kilómetros al sur por la Ruta 40 hasta llegar al cruce con la 66. Luego se continúa hacia el oeste otros 66 kilómetros hasta arribar a Tinogasta, puerta de entrada a la región de los Seismiles. Desde allí se abre un espacio casi despoblado.
Una posibilidad para aventurarse en estos parajes desolados es hacerlo a bordo de camionetas 4×4. Como las que ofrece Andes Off Road, que propone partir de la provincia de Salta hasta la zona de la ruta 43. El Salar del Hombre Muerto, el gigantesco cráter del volcán Galán y el campo de Piedra Pómez son aperitivos increíbles para desembarcar luego en Fiambalá, ya sobre la Ruta 60. Desde allí, los últimos días de travesía recorren las lagunas de los Aparejos, Azul, Negra y Verde. En esta última, a 4200 metros de altura, se realiza un campamento y al día siguiente se parte hasta la cresta del cráter del volcán Corona del Inca (5530 m.s.n.m.). En todo momento, la figura del Pissis es la que domina y no hay quien no sueñe con llegar a la cumbre. Aunque la gesta es solo para elegidos.
EL CRONISTA

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