La perros, compañía de gauchos e indios

Posted on 25 mayo, 2012

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Por Oche Califa
Si bien existieron en América algunos tipos de canes, la primera introducción del perro en los campos rioplatenses fue obra de los conquistadores españoles, para que colaborasen en la guerra y la caza. Aquí se multiplicaron con tanta facilidad como las vacas y los caballos.
Con el tiempo, muchos perros adquirieron carácter cimarrón y se agruparon en jaurías tan abundantes como peligrosas. En las orillas de Buenos Aires se les tenía temor y nadie circulaba a pie sin estar prevenido de un posible ataque.
En las tolderías del indio y en el rancho del gaucho siempre estuvieron presentes. Según el segundo hijo de Fierro, Vizcacha, “Andaba rodiao de perros que eran todo su placer; / jamás dejó de tener / menos de media docena; / mataba vacas ajenas / para darles de comer”. El viejo dormía entre ellos (cosa que hacían muchos para apaciguar el rigor de los inviernos) y entre ellos murió. Los mencionó en dos de sus consejos, cuando dijo que no había que detenerse donde se vieran perros flacos, y que no debía creerse “en lágrimas de mujer ni en la renguera del perro”.
En 1845, el médico y naturalista Francisco Javier Muñiz redactó sus Voces usadas en las Repúblicas del Plata, la Argentina y la Oriental del Uruguay, y dedicó varias líneas al can.
Dijo: “Nuestros campesinos miran en el perro un compañero útil para la caza de los avestruces. A más del servicio importante que les prestan, defendiéndolos del tigre, les proporcionan, sin costo, abundante cosecha de mulitas, peludos, perdices, etc. Por eso dicen que el perro es el mejor compañero del pobre. Donde dentra el cristiano, dentra el perro. Cuando no fuesen mis bolas, mis perros me darán de comer, porque sin ellos no somos nadie en el campo”.
Muñiz también reseñó al perro ovejero, “que cuida la majada y que hace con ella las veces de pastor”.
No es posible saber si se refería al collie escocés, aunque es factible que los británicos, promotores de la ganadería lanar, ya hubiesen introducido algunos.
De todos modos, el cuidado de las razas no parece haber sido importante en esos años, y en la tarea de arrear vacas y ovejas también figuran perros criollos.
Los ejemplares que muestran pintores como Mauricio Rugendas o León Pallière son de diversos aspectos. En “Un alto en el campo”, obra del primero, aparece uno lanudo y un tanto rechoncho y otro flaco, con pinta de galgo.

Los gozques
La mixtura libre fue dando, sin embargo, cierto aspecto preponderante en algunas zonas. Así, en la Banda Oriental, nació una raza que tras ser criada y estandarizada derivó en el calificado cimarrón uruguayo o gozque. A este tipo de can se refirió José Gervasio de Artigas al contestar una propuesta que le hizo llegar, a través de un emisario, el general portugués Lecor: “Dígale a su amo que cuando me falten hombres para combatir a sus secuaces, los he de pelear con perros cimarrones”.
Guillermo H. Hudson recordó en “Allá lejos y hace tiempo” al líder de los perros de la estancia paterna, llamado César, que “era superior a todos los demás perros de la casa (doce o catorce), tanto en inteligencia y en valor como en tamaño”, aunque se trataba de un perro común. Colaboraba en la guardia nocturna y la junta del ganado.
Murió de viejo y nadie se animó a cortarle la agonía final, “porque no se acostumbraba en el país matar a un perro porque llegase a viejo”. Sí tuvo que sacrificarlo el paisano Rosendo, del popular poema nativista El Malevo, de Osiris Rodríguez Castillos. Es que el fiel compañero había adquirido rabia.
LA NACION

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