Marcando la diferencia

Posted on 26 mayo, 2012

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Se acaba de presentar el libro No tan distintos. Historias de gente con discapacidad mental de José Esses, un conjunto de ocho crónicas que se explayan sobre lo completas que pueden ser algunas faltas.

Por María Moreno
Ana tenía un gran interés por los atributos sexuales; lo que ocultaban las braguetas y el contenido de los corpiños que se transparentaban bajo sueters y camisas. Solía desvestirse con una velocidad y eficacia que parecían fruto de un acuerdo entre los imperativos pacientes de la educación especial y la impaciencia personal. Pero casi siempre comenzaba a hacerlo en público, acción que era impedida con dulzura por su madre o su hermana. Usaba ropa cómoda. El pantalón elástico le permitía, las manos aferradas al cinturón, bajarlo hasta las rodillas. Desde allí la ley de gravedad y un metódico pataleo la encontraban, al final, triunfante sobre la prenda abollada. Con los sueters el sistema era más caótico. Escondía la cabeza en el interior y, desde allí, iniciaba una estrategia de resistencia que a veces adoptaba la forma de los movimientos del boxeo, otras de la natación. Para las camisas se dirigía a la madre. Se le paraba delante sin una palabra y ella le iba desprendiendo los botones lentamente mientras le decía algo adulador acerca de lo bonita que había estado con esa camisa y que por eso había que cuidarla. Era como una princesa loca, necesitaba cumplidos y zalamerías y, de haber podido, habría organizado certámenes de elegías y madrigales en su honor ya que le gustaba la rima y la entonación declamatoria, seguramente otra secuela que las estrategias de civilización le habían dejado”. Hoy el subrayado es mío en doble sentido: es mío y de algo que escribí. Sin vergüenza, preferí que fuera largo. Es la descripción de una joven retrasada mental cuya libertad me sorprendió en Marruecos. Fue la primera vez que me pregunté si un menos podía generar un más y hacer que un mundo considerado falto, estuviera completo. Luego seguí preguntándome. ¿Existe la imaginación síndrome de down? ¿La estrategia para imponer los deseos de quien ha quedado por debajo de 80 en el test ante el que todo jefe de personal hace la venia? ¿Mentes que, a partir de la merma y el deterioro, brillan desarrollando un estilo en donde los llamados normales suelen ser uniformes como ganado de la misma marca? ¿Bolsones familiares e institucionales más inventores que Leonardo de lo que todavía no tiene patrón ni modelo? Acaba de aparecer No tan distintos. Historias de gente con discapacidad mental de José Esses, que retrata esas constelaciones en donde la repulsa a la palabra discapacidad es unánime. Y con razón. Poner el acento en la capacidad es obedecer el axioma capitalista que no cuestiona el modelo sino que da acceso a él midiendo la velocidad de adaptación en palabras toscamente resultadistas como “eficacia” -lo que se llama tener cintura-, “receptibilidad” -lo que se llama tener reflejos- “rendimiento” y… capacidad -lo que podría llamarse tener culo en la lotería genética o neurológica. Me consta lo que le costó a José Esses encontrar el título del libro -lo de capacidades especiales suena a vaselina ideológica, a las buenas maneras del lenguaje que muy a menudo van adelantadísimas al reconocimiento de derechos. El título No tan distintos, además de ser un homenaje a Sumo, apuesta por lo común entre todos, le quita el menos a la sílaba dis. Haberle puesto No tan diferentes hubiera sido meterse con los militantes por la diversidad de género que han secuestrado la palabra “diferencia” y le han sacado el jugo. Hablando de militantes me gustaría señalar el vigor político de este libro, la visibilidad que da a una comunidad, discriminada aun entre los discriminados. Porque en el imperio de los derechos han levantado sus banderas mujeres, gays, lesbianas, transexuales, intersexuales, ninininini, pobladores originarios, privados de libertad, inmigrantes, niños, negros, musulmanes, indignados, personas con VIH, familiares de presos políticos, de desaparecidos, piqueteros, sin techo -me creo progre y me banco el juicio de la comunidad que quedó no nominada, el inconsciente no es inimputable. La palabra “elección” suele retumbar entre estos insurrectos y detrás de esa palabra suele sonar como en sordina otra palabra “razón”. ¿Qué hay de los no tan distintos (en adelante NTD)? ¿Existe una suerte de ratiocentrismo aun entre los discriminados? ¿Un popurrí de derechos adquiribles con la condición de no ser tan distinto?
Cuando el Estado argentino ratificó en mayo de 2008 la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad que las Naciones Unidas había aprobado a fines de 2006 sancionando la ley 26.378 que incluye para los NTD el derecho a casarse, procrear, tener la custodia, tutela, guardia y adopción de niños, manejar bienes, trabajar sin ser discriminado por su factor no tan distinto, no hubo ninguna plaza del orgullo o, si la hubo, careció de mística política. No tan distintos (el libro) es un Stonwell sin policía pero de idéntica calidad fundadora, un Ocho de marzo sin obreras incendiadas, el libro rojo de los NTD. Son ocho historias o retratos -crónica que lejos de exigir lectores involucrados o especializados pueden leerse como cuentos con personajes que han hecho del estilo un imperdible, y son los héroes más difíciles -es, fácil subir con elegancia a la horca, resistir durante un Tsunami, hacerse kamikaze, basta con perder un poco la conciencia. Pero los NTD y sus familias, maestros y amigos son héroes de la vida cotidiana en donde más allá de la infancia suele señorear la autonomía y la trepada. O cuentos de viajes como el de Bruno desde Auschwitz a un escenario en donde exhibe una muestra de tai chi o cuentos eróticos porque No tan distintos tiene sexo, olvídense del NTD imaginado como un angelito o un niño prefreudiano que usa el pezón sólo para alimentarse y sin ningún placer extra bajo el pañal.
Todo empezó cuando José dio un taller de periodismo para NTD en la asociación AKIM. No tan distintos no sólo es el retrato-crónica de ellos, es también el de él. Para jugar su papel fue sometido a un test de empatía. Las autoridades querían a alguien que tratara a los NTD como a cualquiera: lo aprobó.
El neurólogo y escritor Oliver Sacks, que es el Balzac de ciertos NTD, mostró la existencia del inconsciente al observar en los accidentados neurológicos una imaginación que excedía las estrategias de la enfermedad al servicio del impulso reparador y, por supuesto, al soporte material del cerebro humano. En El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Un antropólogo en Marte y Oigo una voz, Sacks registra unos “despertares” que son de gran prodigalidad creativa: un músico que no puede diferenciar entre su esposa y una gorra pero que es genial, una escultora que no percibe sus manos y es un éxito, un sordomudo orador y lingüista. Lo que Sacks estudia es un exceso que puede desencadenarse a partir de una merma y que sería precario nombrar con el cobarde nombre de “reparación”.
En uno de sus relatos cuenta sobre la vez en que escuchó unas carcajadas convulsivas que provenían de la sala de afásicos del hospital donde trabajaba. Al entrar descubrió que la reacción se estaba produciendo ante el discurso del presidente -Sacks no dice cuál, aunque se puede sospechar que se trata de Ronald Reagan. Según el diagnóstico de Sacks los afásicos no pueden comprender el significado de las palabras y sí, con una peculiar precisión, la expresión que las acompaña, es decir la teatralidad. Su conclusión es que a un afásico no se le puede mentir.
Una mujer, Emily D., ocupante también del pabellón de afasia, sufría una enfermedad diferente, la agnosia, que la hacía comprender el sentido de las palabras pero, no sus cualidades expresivas. Esta mujer determinó que el discurso del presidente no era buena prosa, es decir desaprobó su retórica. Es evidente que los supuestos discapacitados del Pabellón de Afasia están especialmente capacitados para desenmascarar el discurso político.
No hay que llegar a casos tan subrayados. En No tan distintos son todos campeones de hacer de la merma, una invención. Escribe José Esses: “Eduardo Capricho Hasbani. Sin saber leer ni escribir, con una dicción poco clara y un nivel de comprensión bajo, Edu siempre hace lo que quiere. ¿Cómo lo logra? Manipulando. Hasta Néstor Kirchner, en la Casa Rosada, cayó rendido a su encanto”. Según Esses el señor Hasbani es capaz de hacer lo que pocos se atreverían, sentarse en un sillón de la rosada, fingir contestar el teléfono y decir. -Sí, soy Kirchner -claro que él no dice “Kirchner” sino “Kinder”, será un chiste casual pero no deja de ser insidioso, Kinder como Kinder Garden, como los huevos con sorpresa, como un lapsus gorila. A ese Kirchner, Eduardo Capricho Hasbani lo abrazó y se atrevió a arreglarle la corbata.
Elvis, otro personaje, cuyo nick de chateador es El más romántico, y sus dotes le alcanzan para repartir aceite de oliva a domicilio pero también para conducir un programa de radio, Gente joven hoy, puede darle a una mujer lo que ningún tipo hasta entonces: amor, fidelidad, atención, poesía.
Gabriel que se presentó en el taller de AKIM como psicótico y a quien José describió como más judío que el pastrón, se hizo religioso de kipá vitalicio y espía cibernético por el Estado de Israel. Lorena reconvirtió su infatigable locuacidad en el discurso de una guía turística de su región: Río Colorado.
-Me padeze que entó un lodito a la clase- le hace decir José a Edu en su libro.
El uso de la fonética puede parecer una burla. Es lo contrario. Los escritores gentleman de la generación del ochenta escribían en cocoliche, desfigurando el habla de los inmigrantes, los cronistas populares usaban la fonética como un límite a esa desfiguración despreciadora.
¿Cuándo entró como profesor de periodismo a AKIM disponía José Esses de una técnica? Cuando se niega a tirar el papel del alfajor que Edu pretende tire por él a la basura y lo llama vago y describe que abrazarlo es como chocar contra un colectivo lleno, cuando bautiza a Lorenzo, que está un poco excitado, Lo denso o cuando cacha a Lucho diciéndole que si molesta a un granadero le van a dar cadena perpetua está haciendo algo mucho más complejo: no eximir a los NTD del titeo entre varones, sal de la tierra patotera. Se diría que José Esses es un talento transferencial, alguien que no esconde su humana malicia con paternalista dulzura ni niega como un alma bella las impresiones físicas que le provoca un cuerpo mal lavado o el olor a pis de gato de un cuarto, su mayor don al otro es no sacrificar jamás su propia identidad pero jugándola con la salida siempre liberadora del humor, de un humor en hospitalidad que acoge al otro sin reservas. Eso lo hace un maestro.
REVISTA DEBATE

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