Desde arriba

Posted on 13 junio, 2012

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Por Alejandro Schang Viton
Los gigantes, colosos hijos de Urano y Titea, a los que la mitología griega les atribuye torso humano, cola de serpiente y cuerpo de gran talla recubierto de escamas e indomable fuerza, habitaron entre nosotros a través de leyendas y despertaron el interés de científicos que trataron de probar su convivencia con los hombres.
En el libro del Génesis está una de sus primeras menciones: “Existían entonces los gigantes en la Tierra, y también después, cuando los hijos deDios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos son los héroes famosos muy de antaño”. Más adelante se los sitúa en tiempos del diluvio universal y en la época de Moisés. También aparecen con frecuencia en el Deuteronomio, los Números y en el libro de Josué como una raza que los israelitas debían vencer y exterminar. También fueron considerados hombres de la raza de Enac, célebre gigante de Palestina. Sin embargo, es probable que el más conocido de los gigantes de la Biblia sea Goliat que, según el Libro de los Reyes, medía 6 codos y un palmo de altura. Algunos estudiosos sostienen, en cambio, que su medida era de 7 codos. Como referencia, un codo equivale a poco menos de medio metro, con lo que se estaría hablando de un hombre de unos tres metros y algo más. Al que se atribuye una altura superior es a Og, rey de Basán, grandote legendario con una medida de 9 codos. Hércules y Sansón tampoco escapan a estos registros.

De anillo, un brazalete
Los galos, por su parte, contaban también con su réplica hercúlea, Pantófago, siempre hambriento.Algunos cronistas de la Edad Media registraron entre los gigantes históricos a Enother, que aseguraban que había formado parte del ejército de Carlomagno. El francés Guy Tarade afirma en su libro Tras las huellas del saber perdido que este soldado gigantesco “abatía a los hombres como si segara heno y a veces tomaba a un buen número de ellos clavados en un asta, que se echaba al hombro de la misma forma que hubiera llevado pajaritos enfilados en el extremo de un alambre”.
En el siglo XVI, Louis Bouffers, apodado el Robusto, demostró con su fuerza que podía romper una herradura con una sola mano, desplazó a un toro por su rabo, levantó con sus brazos un caballo y lo cargó sobre sus hombros.
Dos siglos después, en 1718, el académico francés Henrión publicó una especie de escala cronológica donde señalaba que Adán debió tener una estatura de 123 pies y 9 pulgadas (unos 40, 20 metros); Noé, 103 pies; Abraham, 28 pies; Moisés, 13 pies; Hércules, 10 pies, y Alejandro Magno, apenas 6, más o menos 1,80 metros.
Los biógrafos del emperador de Alemania Maximiliano I escribieron que “era tan desmesuradamente alto que rebasaba la altura de 8 pies”. Su pulgar era de tal grosor que se podía hacer un anillo con el brazalete de su mujer. Otros estudiosos de improbables teorías comentan que los tan mentados patagones, reconocidos por su fuerza y su altura, no medían más que 1,80 metros, mientras que los Cayugas alcanzaban una estatura media de 1, 85 metros.
Por su parte, se estima que el emperador Maximino alcanzaba los 2,5 metros y el suevo Aoller lo superaba en 25 centímetros. En el siglo pasado se comparaba a los famosos Gargantúa y Amapolas con un español llamado Ernaulton, “grande, largo, fuerte, con miembros gruesos sin ser demasiado cargado de carne”, que alzó un asno al hombro y un grupo de troncos sobre el otro, subió una escalera de 24 peldaños y descendió al asno y a los troncos en medio de un hogar que pronto encendió”.

Desarmado por el amor
Entre los grandotes reconocidos en el siglo XIX cabe mencionar al irlandés Patricio Cotter O’Brien, cuya humanidad medía 8 pies y 3 pulgadas, y el español Joaquín Eleiceigui, tambor mayor del ejército de 2,30 metros que llamó la atención del público al exhibirse en el salón Montesquieu de París en 1845. Otro fue Arturo Galley, de 2, 22 metros, que en 1880 representó en el teatro parisiense del Ambigú una pieza teatral llamada El gigante desarmado por el amor . En la misma época, la británica Miss Marian, conocida como la Reina de las Amazonas, medía a los 18 años casi 2,5 metros, y en 1882 se exhibió más de doscientas veces en el Teatro de la Alhambra de Londres.

Hombres récord
Buscador de datos insólitos como pocos, el francés Robert Tocquet, en su libro Hombres fenómenos y personajes de excepción , menciona entre los más altos del mundo al austríaco Winkel Maier, de 2,73 metros; al alsaciano Jen Kraw, de 2, 80 metros; al chino Chang Yu Ling y al turco Enzkan, los dos de 2,83 metros, junto al ruso Machou, de 2,87 metros, y al francés Fernand Bachelard (Atlas), de 2,35 metros de sólida musculatura. Pero el que se lleva los honores extra large es -según Tocquet- el iraní Sia Jad, de 3,27 metros.
En el tomo X del Diccionario Enciclopédico Hispano Americano de 1912, sus autores Montaner y Simón refieren que las Memorias de la Academia de Ciencias de París mencionan el caso de un chico de 6 años que tenía 2 metros y barba igual a la de un hombre de 30.
Pero la prueba formal de que vivieron gigantes en nuestro planeta fue confirmada por algunas investigaciones arqueológicas realizadas hace unas décadas en Gargayan, al norte de Filipinas, por el doctor chino Pei Wen Chung, que encontró un esqueleto de un hombre de 5,18 metros. El paleontólogo también descubrió objetos en el nordeste de su país que datan de 300 mil años y concluyó que los seres de esa época medían más de 3 metros.
Cuando estaba muy cansado, Don Quijote decía que había dado muerte a cuatro gigantes como cuatro torres. Miguel de Cervantes refiere además: “Decía mucho bien del Gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado”. Nada que ver con el Gargantúa de Rabelais ni con la conducta de los que aprisionaron a Gulliver en sus viajes fantásticos. El folklore universal destaca a los gigantes y los agrupa con los ogros, cíclopes y titanes. Ulises el viajero enfrentó al cíclope Polifemo, al que logró engañar y vencer.
El folklore local también les dedica un lugar. Entre sus imaginarias páginas habla de una altísima mujer morena, de ojos y pelo negros y voluminosos pechos que al andar produce el sonido onomatopéyico del que deriva su nombre: Zapam-Zucum. Se trata de un genio de la zona riojana de Vichigasta, también conocida como Capasucana. En Seres mitológicos argentinos , Adolfo Colombres, cita el testimonio de Berta Vidal de Bettini, fechado en 1950: “Es una mujer muy grande y fea, de pechos colgantes que sorprende a los algarroberos en medio de las fiestas creando pavor”. Una cuestión de tamaño..
LA NACION

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