Un retrato para Dickens

Posted on 19 junio, 2012

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Por Armonía Somers
Aquello había empezado a parecerme algo peor que mi caída al mar, que hallarme tiritando bajo la ordinaria manta gris, y tironeada hacia adentro por causa de lo que sólo yo conocía en su exacta y salvaje medida.
-¡Déjenla tranquila ahora y a ocupar sus puestos! -gritó de pronto el Comisario, tras arrojar un nuevo resto de cigarrillo en dirección a cierto recipiente colocado demasiado lejos para sus fines.
Yo no sabía qué mirar primero, si la serpiente de humo que empezó a enroscarse en las patas de una silla, cuando todavía el perchero de pie estaba recibiendo una anterior, o la retirada en masa de los individuos en actitud sumisa de perros. Por primera vez, además, había aspirado algo que se llama olor a calabozo, capaz de llegar reptando hasta donde circulaba el aire limpio a corromperlo. Y eso me tenía aterrorizada.
-Bueno, ahora que estamos solos -dijo al fin el hombre comenzando a fumar de nuevo como si su propia vida dependiera de hacerlo- vas a ayudarme a aclarar algunas cosas para el parte al Asilo.
Y leyó lo que tenía anotado: “Edad, diez años. Hoy enterraron a su madre, que no era su madre…”.
Sentí la absoluta necesidad de volver a explicar, de quedarme sin sangre, si era menester, a fin de que el equívoco se resolviera a favor de una verdad que estaba más allá de los hechos comunes. Pero logré darme cuenta a tiempo de cuán alto era el muro del desentendimiento para treparlo con mis propias uñas. “… Un hermano que no era su hermano…”, continuó él sin advertir mi forcejeo interior. Aquí me miró con lástima. Yo configuraba para entonces la cosa miserable y sin apelación que habían pescado en el muelle. “… Y otro hermano, negro, que tampoco podía ser ni suyo ni del anterior, pero que salió en busca de éste para matarlo, y así lo hizo arrojándolo escaleras abajo de un altillo”… Vi como entre relámpagos la ira de Joaquín salvando finalmente la última valla de su cobardía y madurar al noble fuego del primer crimen. “… Y la susodicha (horror, yo no tenía ese extraño nombre, pero todo me era igual) se tiró al agua, sin pensar en lo que hacía, según declaró, más bien porque fuera caminando hacia adelante hasta donde no hay ya tierra firme…”
Yo temblaba cada vez con mayor intensidad bajo la frazada cuartelera, y sintiendo lo duro del asiento en mis escombros interiores.
-¡Puerta! -oí gritar de pronto-. Leche caliente y alguna cosa de la panadería… Va a desmayarse de hambre aquí mismo…
La rareza de una puerta recibiendo órdenes se desvaneció cuando vi que lo invocado era un hombre que había permanecido en el despacho general como si fuese una parte del todo. En medio del cambio introducido por aquellas palabras, empecé a recordar que hacía lo menos dos días largos no me llevaba nada a la boca. Al parecer mamá, y últimamente el desconocido que me estaba vaciando el alma con preguntas, habían sido los únicos en darse cuenta de que yo era un pobre estómago rodeado de órganos, incapaz de aguantar más tiempo sobre las débiles patas que lo sostenían.
Esto que sigue fue lo que le dije esa tarde y su correspondiente noche, con otra sintaxis y en base a elementos más simples, es claro, no bien la leche y un dulce acompañamiento amarillo que vine a sospechar era el famoso bizcochuelo, se me empezaron a disolver por dentro. Muchas cosas sabidas a través de mi madre y otras a sangre y fuego, tal corresponde. Él lo anotaba todo al principio con una rapidez que me tenía en vilo, y de tanto en tanto levantaba la vista hacia mí sin dejar de escribir, aumentando mi asombro. Luego ya no hizo nada más, ni siquiera fumar, sino escucharme. Arrojaba cuanta cosa encontrara a mano al que se nos acercase. Menos a los que no cesaron de llamar al teléfono, a causa de su posición estratégica invisible, y al Puerta que los atendía recogiendo sus vibraciones como una araña en la tela.
Sólo que alguien viniera hoy a demostrarlo con una de las tantas estadísticas falsas que se respetan como evangelios, yo creo que el asesinato, el robo, los partos callejeros, las grescas de prostitutas y borrachos, y hasta las mil formas de suicidio ocurridas en aquella noche llena de chispas diabólicas, debieron llegar al frenesí por algo que yo creía mi culpa.
Fue entonces cuando la mujer que había decidido ser mi madre sin haberme parido, liberada al fin de toda complicación terrena, me empezó a levantar con las palmas de las manos bajo mis pies para que yo escalase la muralla divisoria y pudiera hablar de semilla humana a hombre. Es decir, quitó el rebozo de cierto lugar como aquella lejana vez, miró con la misma desconfianza. ¿Sería nuevamente posible? Para ella, que deseaba fuera hembra lo que le habían entregado sin decirle qué, mi pequeño sexo femenino de pocas horas debió tener tal fuerza de comunicación con sus entrañas que echó a correr hacia la casa olvidando la tarjeta de identificación, para tener que ir a buscarla al día siguiente. Y entonces ya no hubo más remedio que vivir, con todo lo que eso se esconde adherido al verbo.
La familia casual, de la que trascendía un olor particular que luego supe era a pescado, componía una célula completa: abuelos, padre, madre, cinco hermanos de verdad y nosotros dos, uno fastuosamente negro.
Aquella masa indivisa de los primeros tiempos, en la que un día se individualizó mi madre para que yo me le aferrase, continuó fraccionándose. Y el gran pedazo siguiente que vi aparecer fue la abuela. Pero su enorme gravitación en el sistema no duró mucho. Unos días antes de algo que no pude interpretar en su verdadero sentido, llamó a los hijos, los despidió sin emoción aparente, les explicó que se había confeccionado ella misma cierta ropa nombrada algo así como mortaja, pagó con las monedas de un bolso viejo algunas deudas y se enfrentó a la aventura.
Durante todo el tiempo que la seguí esperando me dediqué al abuelo, al parecer tan poca cosa que no era capaz ni de morirse. Lo llegué a tener de tal manera loco con el asunto que hasta le arranqué la promesa de hacerlo, desde luego que pidiéndome permiso todos los días para quedarse un poco más, estirando una esperanza que nunca supe qué se traería. Una tarde se me cayó desde la silla baja donde se sentaba, con la boca y los ojos abiertos. Yo pensé que aquella mueca estaba de más, que podía habérsela ahorrado conmigo por hallarnos ambos en el juego. Y así fue como vi salir al segundo desertor embalado en un cajón sin pintar con manijas de cuerda y que, para mejor, tenía cierto aspecto de bote.
Ocurrió entonces que se me aparecieran los demás de la familia, hostiles y sospechosos como salvajes surgiendo desde atrás de las malezas en que habrían vivido. Y también que, con mis cuatro años, y según algo que parecía ser fatal dentro de las reglas, yo debiera volver al Asilo.
-Y a ésta no la traeremos más -dijo aquel día un hombrecito sin importancia, el verdadero portador del olor a pescado, quien me pareció salir del vientre de mi madre para cumplir esa misión siniestra.
Ella dejó caer la alpargata que estaba cosiendo, algo que hacia a toda hora y en cantidades que me tenían absorta.
-Preferible deshacerse del negro -se atrevió a insinuar, iniciando una defensa indirecta cuyos riesgos conocería.
-O el muchacho también o ninguno de los dos -apuntó él sabiendo lo que eso arrastraba.
En medio de la escasez en que se sobrevivía, aquel negro sin ton ni son, dos años mayor que yo y siempre ejercitando su hambre a nivel de unos dientes devastadores, era la forma más refinada de condicionar el precio. Pero mi madre me miró de un modo especial, y yo supe que volveríamos las dos del Asilo, aunque con el de color oscuro a la rastra.
Esa fue la primera vez que sucedió aquello. Veníamos andando cada uno a la mano de la enorme mujer como colgados de las asas de un cacharro gigante. No era, pues, necesario usar mucho los pies ni siquiera los ojos. Y al doblar una esquina empezó el fenómeno: sentir que ya no se estaba en el suelo, sino que se iba planeando a corta distancia de la tierra, es cierto, pero sin apoyo. Lo practiqué primeramente a ojos cerrados, luego haciendo intervenir las cosas. Era simplemente cuestión de intentar un pequeño esfuerzo y desprenderse. Al fin se manejará quién sabe qué dispositivo interno de dirección, y ya no más problemas con el cruce de calles, con subir aceras y umbrales. Y lo mejor de todo será que eso nadie lo advierta, sino y únicamente quien lo está viviendo.
Al llegar de nuevo al patio del inquilinato en aquella mañana histórica, uno de los verdaderos hijos, el nervioso y mayor de todos, tenía de boca abierta a los demás con algo que había logrado, según estaba diciendo, a fuerza de mucho trabajo: el Curita.
El negro y yo nos acercamos también al grupo, arrodillándonos.Cierta cantidad de palillos clavados sobre una madera tenían cada uno un fósforo de cera encendido en su punta.
-Es el altar mayor -dijo mi hermano- y éste es el Cura, y ésta es la mesa con las dos velas.
Me doblé cuanto pude, y allí, a ras de suelo, había un ratón parado de manos, con una especie de chalcito verde en el lomo. Le salía por debajo un trapo blanco. No supe si mi hermano tiraba de un hilo o el ratón producía de por sí los movimientos con la cabeza y las patas delanteras que habían quedado como brazos. Pero aquello era, en verdad, la miniatura de algo que yo había visto en la iglesia, una serie de cosas raras que los demás llamaban la misa.
-Y esto -dijo después de una cantidad de sobresaltos que le recorrían la cara- es la predicación. Y esto otro es lo que sigue. Todavía no aprendió a sostener la vinajera con el platito de la hostia encima, lo ayudo yo. Pero ya verán que un día lo hará solo.
-Eso es un dedal -dijo uno con voz ronca- y lo de arriba un pedazo de cáscara de huevo.
Ya iban los feligreses a echarse a reír, cuando una mirada de fuego del instructor casi les fundió el cuerpo.
-Y ahora va a tomar la hostia, que se la hice de queso, porque es lo que a él le gusta, y el vino, que es de verdad.
El bicho empezó a roer como un desesperado. En ese momento me pareció que se le marcaba un pedazo de tabla junto al lomo, por debajo de los vestidos.
-Y ahora les va a dar la comunión.
El grupo entero, siempre de rodillas, y viendo al ratón aproximarse en dos patas, empezó a recular.
-Maricones mugrientos -dijo mi hermano-; y eso que no pasé el cepillo, con todo lo que hay que gastar en una misa. Voy a mandarlos al infierno aquí mismo -continuó con el ratón en alto, empequeñecido de golpe entre su mano.
-Me trajeron de nuevo -susurré para suavizarlo-. Y también sé caminar sin tocar el suelo…
Viendo que había víctima a la vista, los demás decidieron acercarse a ver. Cuando volví a la vida, luego de quedar pisoteada por el cabecilla y los suyos, como una uva caída del racimo, supe que mi madre había decidido dispersarlos a todos fuera de la casa, cada cual con una ocupación diferente. Menos al loco, que ganó el refugio de arriba y estuvo encerrado bajo llave durante el tiempo permitido por sus reservas físicas.
LA NACION