Nuevas vicisitudes del amor

Posted on 20 junio, 2012

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Por Juan María Brindisi
uando la célebre -y a estas alturas clásica- revista Granta publicó en 1983 una edición especial dedicada a los mejores novelistas jóvenes británicos del momento, pocos podían esperar que el alcance de sus predicciones llegase tan lejos. Mitad causa y mitad consecuencia, en parte trepándose a la ola de un fenómeno en germinación y en parte multiplicándolo, el impacto de las antologías de Granta ha sido siempre el de una tormenta, pero pasajera; poco más que un estado de situación. Y aunque el buen ojo de sus editores en ese tipo de selecciones resulte a través del tiempo innegable –Tibor Fischer, Will Self, Robert McLiam Wilson, Zadie Smith, parte del reciente sub-40 hispanoamericano-, lo cierto es que aquel número emblemático marcó un punto de inflexión cuyas resonancias difícilmente puedan repetirse. Casi podría decirse que creó un movimiento: la Nueva Narrativa Inglesa. Ese corpus heterogéneo y en buen modo casual incluía nada menos que a Martin Amis, Salman Rushdie, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro y, claro está, Julian Barnes (1946). Este último publicó un año más tarde la novela que, a sus treinta y ocho años, terminaría por consagrarlo (ganadora del premio Médicis en su amada Francia, entre otros): El loro de Flaubert . De allí en más, y a pesar de su falta de inventiva para los golpes de efecto en comparación con sus compañeros de viaje -las bravuconadas de Amis, el ímpetu desmoralizante de Mc Ewan, para no hablar de la fatalidad que inmortalizó en vida a Rushdie-, Barnes edificó sin descanso una obra poderosa y sutil a la vez, que lo convertiría en el mejor escritor de todos.
En rigor, y más allá de la escasa importancia que se le pueda dar a las etiquetas en sí, en el caso de Barnes quizá deba hacerse uso de aquella definición de casi tres décadas atrás y tildarlo efectivamente de novelista, porque es en ese terreno donde se encuentra más cómodo, donde mejor desarrolla su escritura. No se trata de preferir un género u otro, sino de una concepción de la literatura: escriba cuentos o novelas o lo que sea, para Barnes contar una historia significa enredarse en sus pliegues, redescubrir una y otra vez sus pequeños movimientos, buscar la precisión cuidándose de no apuntarle nunca al centro. El relato es, entonces, el arte de la digresión. Y cuando no, un trabajo de miniaturista, alejado de esa taquicardia muy de estos tiempos en que los escritores parecen tan preocupados porque sus lectores no se distraigan que a menudo no son capaces de ofrecerles más que una concatenación de verbos. Lo de Barnes es otra cosa: un trabajo de aproximación, en ocasiones más concentrado y en otras más expansivo, pero que siempre construye sentido en puntas de pie, como si fuera un susurro, una plegaria o un recuerdo.
El volumen de relatos que nos ocupa, Pulso , publicado en Inglaterra el año pasado (un año que para Barnes tiene un significado especial, dado que obtuvo el hasta ahora esquivo Booker Prize por su novela The Sense of an Ending , inédita aún en castellano), encuentra al autor en su mejor forma. La excepción resulta, notoriamente, esa suerte de saga en cuatro capítulos titulada En casa de Phil y Joanna , en la que Barnes demuestra entre otras cosas lo difícil que es escribir una secuencia creíble hecha casi exclusivamente de diálogos, y por otro lado que la ironía y la autocrítica -aquí en clave generacional- a veces no hacen más que poner en evidencia nuestras limitaciones, o mejor dicho: nos salvan de muy poco. Pero el resto del libro contiene una maravilla tras otra, y es admirable la manera en que Barnes hace su trabajo sin que se le note la transpiración, sin que sus trucos pierdan nobleza ni se vuelvan transparentes.
Tal vez a raíz de haber entrado ya en la edad madura, sin duda además influido por la todavía reciente muerte de su esposa (la agente literaria Pat Kavanagh, protagonista de la famosa pelea entre Barnes y Amis cuando éste la cambió por “El Chacal” Andrew Wylie), la mayoría de los textos aquí reunidos posee, si no un tema en común, sí una perspectiva: la de mirar hacia atrás. La incomunicación o la pérdida, es decir aquello que pudo haber sido y aquello que jamás regresará. En el relato que abre el libro (“Viento del Este”), un agente inmobiliario que hace tiempo ha estado al margen del juego amoroso busca una segunda oportunidad para descubrir, en el camino, que todo siempre es mucho más frágil de lo que parece. En “Invasión a la propiedad privada”, otro de los textos agrupados en la primera parte del volumen, un hombre aficionado al trekking conoce a una mujer con la que repite, de inmediato, los mismos errores. El universo del jardinero es la historia de una pareja que intenta retrasar su inevitable fin volcándose a un hobby supuestamente inofensivo; un fresco bastante patético, por cierto, parte de esa medianía biempensante de pasiones y preocupaciones moderadas que Barnes retrata con suma frecuencia y con brutal honestidad.
Salvo por un par de piezas de carácter “histórico-filosófico” (otra mirada hacia atrás, aunque de caracter diferente), entre las que habría que destacar el minimalismo conmovedor de “El retratista”, el rumbo que predomina en todo el libro es el del entrevero sentimental, suerte de punto ciego en las diversas relaciones que Barnes toma como base para este nuevo y agudo ensayo sobre el amor, sobre las visicitudes y los imposibles del amor. El tono de casi todos los relatos es profundamente nostálgico -lejos de los ardores del campo de batalla-, y es ése el rasgo que define sus mayores logros. Así, “En la cama con John Updike” es un cuento que carece de progresión dramática, y sin embargo no es sencillo despegarse de esas dos escritoras veteranas que, en el viaje en tren de regreso de su enésimo evento literario, repasan y se confiesan mezquindades, pequeñas mentiras, transgresiones de sabor agridulce. No ha ocurrido nada demasiado grave entre ellas, en verdad: sólo el tiempo.
“Las líneas del matrimonio” resulta ser otro hallazgo notable, en particular por la extrema sobriedad con que sobrevuela el sufrimiento interno de su protagonista, pero la obra maestra es el relato que cierra y da título al libro. En “Pulso”, en esa doble despedida de padre e hijo, Barnes despliega todo su arsenal poético, haciendo de la digresión y la lentitud una cuestión de principios. En definitiva: dándoles a sus personajes la posibilidad de que miren atrás con calma, sin estridencias.
LA NACION

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