El día que la Argentina sufrió un paro cardíaco

Posted on 1 julio, 2012

0


Por Alberto Dearriba
El lunes 1 de julio a las 13:15, la Argentina sufrió un paro cardíaco: en la quinta presidencial de Olivos había muerto a los 79 años, el único hombre que, con su enorme autoridad política, podía intentar pacificar el enfrentamiento entre la izquierda y la derecha de su propio movimiento. Con voz temblorosa, su esposa, María Estela Martínez de Perón, formuló el aciago anuncio por cadena nacional. Una sensación de orfandad se extendió por el territorio nacional entremezclada con un presagio de hecatombe. Cuando Perón tuvo que elegir a su compañero de fórmula, pujaron por la vicepresidencia la derecha peronista que había desalojado a Héctor Cámpora, y la izquierda condenada por el propio líder tras la masacre de Ezeiza. Al regresar luego de 18 años de exilio, el General era un anciano enfermo que se negó a extender el mandato presidencial de cuatro a seis años: “Cuatro años creo que duro, seis no”, le dijo a su ministro de Justicia.

Perón se vio apretado a izquierda y derecha por la candidatura a vicepresidente. Los sectores más pluralistas del movimiento pensaron en una fórmula con el radical Ricardo Balbín. Pero tanto en el peronismo como en la UCR surgieron rechazos. El metalúrgico Lorenzo Miguel, expresó sus temores: “No sea cosa que se nos muera el viejo y nos tengamos que bancar a Balbín.” La derecha impuso el nombre de Isabel y pese a que Perón ensayó alguna duda porque la fórmula podía ser tachada de nepotismo, finalmente aceptó porque no lo obligaba a decidirse por ninguna facción. Pese a que detrás de Isabel estaban los sectores más reaccionarios del movimiento, la fórmula Perón-Perón era políticamente inatacable. La antigua secretaria del exilio panameño había conseguido el cargo que se le negó a Evita.

Cuando el General murió, un país ingobernable se desplomó sobre aquella mujer endeble, manejada por un ex cabo de la Policía Federal que cultivaba ideas esotéricas: José López Rega. Los argentinos lo identificaron como el poder detrás del trono y lo apodaron el Brujo. Aquella tarde del 1 de julio, después de que los médicos le realizaron a Perón masajes de reanimación cardíaca, el extravagante ex mayordomo tomó al Presidente por los tobillos y mientras lo zamarreaba rezaba: “Quiero retener al General en esta tierra… Faraón, siempre le di mis energías… Volvamos como antes.” Aunque siniestro, aquello no era lo más preocupante: para entonces, el Brujo comandaba la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), que se dedicaba a cazar izquierdistas de distinto pelaje, pero especialmente peronistas revolucionarios. En sus últimos días, Perón fue conciente de que le dejaba a Isabel un problema demasiado pesado. Primero le pidió al secretario Legal y Técnico, Gustavo Carballo, que imaginara una reforma a la Ley de Acefalía que permitiera transferirle el poder a Balbín. Pero el proyecto tenía demasiadas trabas institucionales. El 29 de junio, Perón le entregó el mando a Isabel no sin antes recomendarle que ante cualquier decisión complicada lo consultara a Balbín. El 1 de julio de 1974 amaneció nublado y estuvo muy lejos de ser “un día peronista”. A las 3:30, las pantallas de monitoreo cardíaco anunciaron el final. A las 10:25, las enfermeras pidieron ayuda y los médicos subieron corriendo al dormitorio del chalet presidencial. En su libro El último Perón, el doctor Jorge Alberto Taiana, cuenta que el Presidente estaba incorporado dificultosamente en su cama, respiraba trabajosamente y su rostro tenía un color violáceo. Con voz ronca, susurró sus últimas palabras: “Me voy de esta vida… Esto se acaba… Mi pueblo… Mi pueblo.” Poco después del mediodía, el agotado corazón de Perón se detuvo nuevamente y una hora después los doctores Taiana, Pedro Cossio, Domingo Liotta y Pedro Eladio Vázquez certificaron la defunción. Una broncopatía infecciosa había sido el golpe final sobre la cardiopatía isquémica crónica con insuficiencia cardíaca y renal que padecía el anciano presidente. Con el movimiento peronista enfrentado a balazos, la guerrilla funcionando, el Pacto Social en agonía, las conducciones sindicales burocráticas desbordadas por los sectores combativos, la economía con buenos registros macroeconómicos pero con los problemas de la crisis del petróleo, el país era inmanejable para una mujer endeble y sin muñeca política.

El ex represor de la Armada, Emilio Eduardo Massera y el general Rogelio Vilarreal, que encabezaría la detención de Isabel 20 meses después, le confiaron en el año 2000 a este redactor que fue tras la muerte de Perón que las tres armas comenzaron a pensar el golpe que asestaron el 24 de marzo de 1976.

Perón nació en el siglo XIX, gobernó en el XX y sigue dando batalla política en el XXI. Como el Cid Campeador, gana elecciones después de muerto. Si bien las diferencias internas del peronismo ya no se dirimen a balazos, no pocas veces las contradicciones desatan una competencia por ver quién es más peronista.

Sin ir más lejos, la semana pasada, el titular de la CGT, Hugo Moyano, sacó el peronómetro para medir a Cristina en la Plaza de Mayo. La situación se ha invertido porque hoy no gobiernan los ortodoxos. Pero periódicamente se advierten resabios de aquella vieja disputa entre la derecha y la izquierda. Si bien a su regreso el líder laudó por los sectores ortodoxos, antes de morir advirtió que “mi único heredero es el pueblo”. Treinta y ocho años después de aquella jornada trágica, la mayor parte de ese pueblo elige a quienes supieron aplicar un modelo que defiende el trabajo y el consumo al tiempo que procura establecer nuevos derechos. En suma, un modelo peronista.

TIEMPO ARGENTINO