La CGT M versus la CGT K, el blues del sindicalismo dividido

Posted on 2 julio, 2012

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Por Fernando Gonzalez
Si algo dejó claro el toma y daca de los últimos días entre Hugo Moyano y Cristina Kirchner es que los gremios peronistas, lo cual es decir la mayoría de los gremios en la Argentina, se inclinan inevitablemente hacia una fractura. El moyanismo intentará que su jefe sea reelegido al frente de la CGT el 12 de julio próximo y el kirchnerismo hará todo para evitarlo. Pero las apuestas por el doble comando cegetista corren con la enorme chance de ser coronadas por el éxito. En pocos días, se va a estar hablando de una CGT M (la de Moyano, fervorosamente opositora) y de una CGT K (la kirchnerista, genuflexamente oficialista).
El metalúrgico Antonio Caló es hasta ahora la cara visible del sindicalismo K. Detrás suyo, siempre que se anime a confirmar su postulación, estarán los estatales de Andrés Rodríguez; algunos de los célebres y prósperos “Gordos”, como el lucifuercista Oscar Lezcano o el albañil Gerardo Martínez, y el jefe de la CTA oficialista, Hugo Yasky.
En cuanto a Moyano ya se sabe porque la mayoría de sus aliados estuvieron en el escenario de la Plaza de Mayo el último miércoles. El judicial Julio Piumato; el canillita Omar Plaini y el marítimo Juan Carlos Schmidt son sus mejores amigos. Y hay posturas ambivalentes como las del municipal porteño, Amadeo Genta, o el gastronómico menemista, Luis Barrionuevo. Es probable que unos cuántos de estos referentes jueguen a dos puntas para esperar cuál de las dos termina siendo la vereda del sol.
La circular historia del sindicalismo argentino indica que las épocas de divisiones en la CGT fueron más extensas que las de la mentada unidad del movimiento obrero. Los enfrentamientos más recordados son los del gráfico Raimundo Ongaro (que lideró la CGT de los Argentinos en la politizada década del ‘60) con Augusto Timoteo Vandor, aquel lobo metalúrgico que conspiró contra el radical Arturo Illia y terminó haciéndole el juego a la dictablanda de Juan Carlos Onganía hasta ganarse la desconfianza del mismísimo Juan Domingo Perón.
En los años negros de la última dictadura, Jorge Triaca y Armando Cavalieri lideraron la CGT Azopardo, de buen diálogo con los militares, mientras que Saúl Ubaldini creció al frente de la CGT Brasil, más combativa y que lo llevó a ser el adversario que le hizo 13 paros a Raúl Alfonsín. Los tiempos de Carlos Menem y Fernando De la Rúa encontraron a Rodolfo Daer como cabeza de la CGT oficialista mientras el Movimiento de Trabajadores Argentinos, de la mano de Hugo Moyano y Juan Manuel Palacios, comenzó a despuntar como la oposición a procesos económicos con final de ajustes y desocupación.
Cada vez que un gobierno no peronista intentó democratizar la vida gremial en la Argentina, desde los gremios se los acusó de promover la “atomización sindical” al grito tribunero de “borombombom, borombombom, los sindicatos son de Perón…”.
Pero una vez que pasa el susto y se acerca la transición del poder en el movimiento, los muchachos vuelven a las andadas y la CGT se divide hasta que un peronista retorna a la Casa Rosada.
EL CRONISTA

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