En la mejor compañía

Posted on 5 julio, 2012

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Conocí a Carlos Fuentes en abril del 98, cuando fue a presentar su libro Retratos en el tiempo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Nos llevó su amigo Tomás Eloy Martínez, autor del prólogo de ese tomo de memorias de Fuentes basadas en una recopilación de fotos tomadas por su hijo menor, Carlos Fuentes Lemus, a personalidades célebres como Jackie Kennedy, Norman Mailer, Muhammad Ali o Gregory Peck. “He aquí el viaje íntimo de dos seres humanos que no podrían ser más distintos”, dijo Tomás Eloy. “El padre tiene la ventaja de haber vivido la historia antes de que el hijo pudiera conocerla; pero es el hijo quien fija esa historia, quien la detiene, quien establece la imagen a través de la cual será recordada.”
Viéndolos a padre e hijo en el podio de esa sala colmada de lectores que vinieron a prestigiarlos, no quedaba duda: no podrían ser más distintos. El brillante escritor Carlos Fuentes hablaba con la misma elocuencia con que escribía, pero además era imposible no fijarse en su look y desenvoltura de galán de cine. El joven artista Carlos Fuentes era muy reservado, y traía la misma mirada que expresaba en su poesía: profunda, con la carga pesada de alguien que ha vivido demasiado para su corta edad. Fallecería un año más tarde, a los 25 años, de un infarto pulmonar a raíz de su padecimiento, la hemofilia.
En ese entonces, a mediados del 99, yo tenía casi la misma edad que Carlitos cuando fui invitada a dirigir la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar en Guadalajara, México, por Raúl Padilla López, presidente de la prestigiosa Feria Internacional del Libro de esa ciudad. Raúl fue rector de la Universidad de Guadalajara a finales de los años 80, y hasta hoy sigue siendo el Mahoma de esa meca cultural: además de haber creado la FIL, el Festival de Cine Mexicano y el premio de literatura latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, dotado de 150.000 dólares, tiene a su cargo el fideicomiso de la Cátedra Córtazar. Fuentes era su íntimo amigo. Visitaba la FIL casi todos los años, llenando auditorios y creando colas kilométricas cuando firmaba autógrafos. En 2008, le organizaron una charla con motivo de sus 80 años, en la que mil jóvenes hablaban con él sobre Aura , su novela. “Cuando los chicos le cantaron ?Las Mañanitas’ en el Auditorio Juan Rulfo -recuerda Nubia Macías, directora de la FIL-, Fuentes no pudo contener las lágrimas. Fue siempre cálido y generoso con su público.”
Fue gracias a esa relación con Guadalajara, y con Raúl Padilla específicamente, que nació la Cátedra Cortázar. Resulta que para quedar bien con el celebérrimo grupo de intelectuales mexicanos veteranos e influyentes – Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, entre otros cuarenta- el gobierno de Carlos Salinas de Gortari estableció un programa de becas vitalicias en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Conaculta). Como “creadores eméritos”, los becarios recibirían una suma generosa de dinero porhasta el resto de sus vidas. Fue entonces cuando Fuentes lo llamó a Padilla, en diciembre del 93, después de una seria reflexión con su amigo Gabriel García Márquez, colombiano residente en México que también había sido galardonado.
“Raúl, queremos hacer algo con la Universidad el Gabo y yo”, le dijo. “El gobierno mexicano nos está dando un reconocimiento con esto, y, la verdad, ni queremos recibirlo ni queremos rechazarlo.” Surgió así la solución salomónica: la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, presidida por Fuentes y García Márquez y bautizada con el nombre de “el Bolívar de la novela latinoamericana”, como Fuentes lo llamó un día. “Nos liberó liberándose -escribió Fuentes-, con un lenguaje nuevo, airoso, capaz de todas las aventuras: Rayuela es uno de los grandes manifiestos de la modernidad latinoamericana, en ella vemos todas nuestras grandezas y todas nuestras miserias, nuestras deudas y nuestras oportunidades, a través de una construcción verbal libre, inacabada, que no cesa de convocar a los lectores que necesita para seguir viviendo y no terminar jamás.”
Y es que la Cátedra, hasta el día de hoy, evoca el espíritu cortazariano: es un espacio para que fluyan las ideas, un foro de discusión elevadísimo donde dialogan las mentes más brillantes -novelistas, jefes de Estado, músicos, académicos, poetas- a petición de Fuentes y Gabo. Se trata también de “un diálogo de humores -añadiría Fuentes-, pues sin el sentido del humor no es posible entender a Julio Cortázar: con él soportamos al mundo hasta que lo veamos mejor, pero el mundo también debe soportarnos hasta que nosotros nos hagamos mejores.”
Conocí la Cátedra la primera vez que estuve en Guadalajara, en noviembre de 1998, cuando ayudé a organizar un taller de crónica dictado por la brillantísima periodista mexicana Alma Guillermoprieto en el marco de la FIL. Trabajaba en ese entonces como coordinadora de programas de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside García Márquez. Tenía mucha curiosidad por ver cómo eran sus actividades universitarias, porque en sus talleres no se esforzaba por disfrazar cierto desprecio por la mentalidad académica.
Fuimos todos invitados al hermoso Paraninfo Enrique Díaz de León, el aula magna de la Universidad de Guadalajara y joya arquitectónica mexicana que alberga los murales El hombre creador y rebelde y El pueblo y los falsos líderes de José Clemente Orozco, que son de sacar el aliento. En el presidium estaban Fuentes, García Márquez, el ex presidente colombiano Belisario Bentacur, y el futuro presidente de Chile, Ricardo Lagos, dictando su conferencia magistral. En las primeras filas del auditorio se encontraba la crema y nata de la literatura, las artes y la política: Felipe González, Juan Goytisolo, José Saramago y Pilar del Río, Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastretta, entre otros.
Seguía una cena de protocolo en la Casa Cortázar -sede de la Cátedra y donde se hospedan los catedráticos- a la que no tenía muchas ganas de ir. Era un viernes por la noche y prefería salir a tomar unas micheladas con los colegas periodistas del taller. Por suerte decidí cumplir con mi obligación laboral. Me tocó ir en el vehículo con los catedráticos Betancur y Lagos, que iban atrás, al lado de Fuentes y su elegantísima esposa, Silvia Lemus, en el asiento del medio. Fuentes les hablaba de una novela de Kenzaburo Oe que había acabado de leer con la precisión de un ingeniero desarmando y exponiendo un mecanismo. Lo describía con la fascinación de un niño que ve el mar por primera vez. La pasión y el intelecto de Fuentes eran casi palpables: dictaba una clase de literatura japonesa como si estuviera hablando del tiempo.
Raúl Padilla me propuso dirigir la Cátedra esa misma noche. Quería darle una verdadera dimensión latinoamericana y había que incluir un poco más a mi país, Brasil, que suele quedarse afuera por la barrera del idioma. Acepté de inmediato, y empecé mi labor -como he dicho- a mediados del 99.
Conocí a muchísimos intelectuales que compartían entusiasmados sus anécdotas sobre Fuentes: los argentinos Noé Jitrik y Rodolfo Terragno, las brasileñas Nélida Piñón y Bella Jozef, el peruano Alfredo Bryce Echenique, y el santaluciano Derek Walcott, quien me contó la más divertida de todas. Resulta que cuando se encontraron en el pasillo de un hotel en Miami, donde coincidieron por alguna ocasión literaria, Walcott se inclinó ante Fuentes a modo de broma. Y Fuentes, en reverencia al Premio Nobel de Literatura, se tiró al piso. Ahí estaba el espíritu cortazariano, el “diálogo de humores” del que hablaba Fuentes: entre risas, el poeta caribeño calificó a su anfitrión mexicano como un magnífico escritor con gran sentido del humor.
Dejé la Cátedra cuando regresé a Montreal, Canadá, en 2001, para seguir con mi carrera académica. Supe que jamás podría dejar de promover las letras latinoamericanas, y por eso me vinculé al comité de programación de Blue Metropolis, el festival literario internacional de esta ciudad. Es un festival políglota -único en el mundo- que trae eventos literarios en diversos idiomas, desde el chino hasta el farsi, gracias a la población multicultural de aquí, que va mucho más allá de eterna disputa entre inglés o francés. Fuentes fue el invitado de honor en 2005, año que Montreal fue elegida Capital Mundial del Libro por la Unesco. Las actividades arrancaron con el festival, que a la vez comenzó con la ceremonia de honor al escritor mexicano. En esa ocasión, en un auditorio que era standing room only , Fuentes hizo una lectura reluciente de Terra nostra : primero en un perfecto francés, luego en un perfecto inglés, y finalmente -no creo que tenga que decirlo- en un perfecto español. Acababa de publicar Contra Bush , y a los canadienses les dejó la variante de un dicho: “A los amigos se los elige, a los vecinos, no”.
No es de extrañar que hubiera muchísimos mexicanos en el público. Lo lindo era ver el orgullo que sentían por estar ante su ídolo, la antítesis del estereotipo mexicano propagado por las películas gringas: un hombre que siempre lleva bigote revolucionario y sombrero, bebe tequila y toma una siesta junto a un cactus. Algunos de ellos eran empleados del Hyatt, donde se realizaba el festival, que llevaban semanas esperando ver a Fuentes de cerca. Fueron también a su charla sobre el Quijote , su libro preferido que aquel año cumplía 400.
A Fuentes se lo veía muy feliz en esa ocasión, muy enamorado de Silvia, que lo acompañaba casi todo el tiempo. Ella también aprovechó al festival para trabajar, haciéndole una entrevista a su amigo Alberto Manguel para su programa Tratos y Retratos del Canal 22 de la ciudad de México.
Fuentes fue muy cumplido con sus anfitriones y con su público, y de una caballerosidad indescriptible. En el último día de su estada en Montreal, la directora artística del festival, Linda Leith, se acercó a los Fuentes para despedirse. A ella le tocaba la dura tarea de conseguir fondos para poner a los mejores escritores del mundo al alcance de su público. Le pidió a Fuentes que la ayudara a conseguir apoyo para traer a autores latinos. ” I will be your soldier “, le dijo Fuentes, el gentleman . “Voy a ser tu soldado.” A Linda le temblaron las rodillas.
En un momento, lo vi a Fuentes en el bar del hotel, disfrutando de un whisky en un momento de puro relax. Para él, claro, porque yo -acostumbrada a tener que ahuyentar a las multitudes que acorralan a los escritores en eventos literarios- ya estaba en pánico. “Maestro Fuentes -le pregunté-, ¿cómo es que lo han dejado aquí solo?”
“Yo me acompaño a mí mismo”, fue su pronta respuesta. Y es que no podría estar en mejor compañía
LA NACION