Los barcos se pierden en tierra

Posted on 5 julio, 2012

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Por Arturo Perez Reverte
Dio la espalda al puerto y caminó alejándose del mar, sin mirar atrás, consciente de que nunca volvería a pisar la orilla. Dejando atrás las grúas, los tinglados y los grandes buques amarrados en los muelles, le sorprendió no experimentar melancolía, ni nostalgia. Silbaba un aire de jazz improvisado, al ritmo de sus pasos sobre la gravilla del suelo. El camino le pareció insólitamente escarpado y firme, habituado como estaba a la superficie lisa, oscilante, de la cubierta de un barco. Asentaba suspicaz un pie ante el otro, con la cautela de quien considera engañosa la inmovilidad de la tierra firme. Iba en busca del hombre que guardaba puercos, y el pensamiento le hizo sonreír de un modo torcido y amargo, en sus adentros. Él, había dicho Atenea, tiene la clave de tu destino. La llave de tu regreso a casa.
-¿Y por qué debo regresar? -había preguntado él, vistiéndose junto a una ventana por la que veía el puerto, el barco amarrado y un faro erguido en la distancia.
-No sé -respondió la mujer de ojos verdes mientras se cubría el pecho desnudo con una sábana-. Lo que importa es que, tarde o temprano, todos lo hacen.
Recordó mientras caminaba aspirando el aroma de los pinos que ensombrecían la ladera. Tantos años transcurridos. Ese mismo sendero en dirección opuesta, hacia el mar. Hombres jóvenes de sueño inquieto, con gotas de lluvia en el corazón y aventura en los ojos, que bajaban la cuesta junto a él, alborotadores y ruidosos en grupo como muchachos que disimularan su incertidumbre, cada uno en pos de su singular ballena blanca. Mujeres inmóviles en lo alto de la última colina, viéndolos alejarse en el silencio, sentenciadas en adelante a la larga soledad, al tejer y destejer criando hijos que un día seguirían, también, el mismo camino de los que se fueron. Condenadas a marchitarse junto al fuego del hogar rumiando oscuros pensamientos mientras ellos tejerían, entre vino y canciones, destinos épicos cantados por poetas, novelistas y directores de películas en la parte visible y duradera, en el lado luminoso de la trama.
Perdió el hilo de la música improvisada de jazz y volvió a recobrarlo gracias al ritmo de sus pisadas en el suelo. Seguía recordando mientras se adentraba en el bosque por el sendero ascendente que serpenteaba entre las colinas. Noches negras guarnecido de bronce, temblando de frío en el vientre de caballos de madera, aguardando junto a los compañeros el momento de salir afuera y pelear. Temporales de increíble furia, blanca la mar de tanto viento y espuma. Atardeceres de calma absoluta, con la vela fláccida crujiendo en el mástil, bajo un sol que convertía en plomo fundido la superficie del agua quieta y plana. Cuevas de cíclopes, peligrosas guaridas de Circes, muros de Sarajevos bajo los que centenares de hombres caían muertos, rebozados de polvo. Misiles impactando en carros de combate, torres gemelas desmoronándose, incendios en la distancia, ojos de esclavas asustadas, pasillos de palacios resbaladizos de sangre donde, en el rojo de los incendios, se recortaban siluetas victoriosas cargadas de botín. Muslos de mujer entreabiertos en la penumbra. Islas lejanas donde nunca llegaban órdenes de captura. Y el silencio.
Se miró las manos. Arrugadas y llenas de marcas, con las primeras manchas de vejez insinuándose en el dorso. Manchas, arrugas y cicatrices semejantes a las que, sabía, mostraba su rostro entre el pelo gris y la barba encanecida. Otros no habían llegado a envejecer como él, recordó. Habían terminado su camino antes del tiempo de las preguntas con respuesta, cuando todo era virgen, simple y fácil, todavía. Navegar, sobrevivir, matar y morir. Él hacía ahora en solitario aquel camino de regreso porque se lo había dicho la mujer de ojos verdes y porque los demás habían ido desapareciendo uno tras otro, muchos en el vigor de la juventud, héroes de corazón ambicioso y puro al mismo tiempo, conscientes de que los engullía la gloria, la ventura, la propia reputación. De que serían celebrados de un modo u otro por los dioses, los poetas y los hombres. Vengados por sus amigos. Era fácil, así, perecer en el temporal o en la batalla, extinguirse entre la sangre derramada de los enemigos. Simple y directo, sin titubeos ni atajos. Hola y adiós. Mármol, fotos, posteridad. Cualquier imbécil podía aspirar todavía a eso, en aquel tiempo lejano. Llorados por los compañeros y por las mujeres. Por centenares de generaciones todavía por venir.
Seguía mirándose las manos y le pareció advertir restos de sangre bajo las uñas. Intentó situar aquella sangre en su memoria y al cabo desistió, desalentado. Demasiados mares, demasiados abordajes, demasiadas ciudades asediadas, demasiadas Troyas ardiendo a su espalda, demasiados mares navegados bajo un cielo desprovisto de dioses, desde el que éstos ya no incomodaban con sus odios ni con sus favores. Podía ser, en realidad, sangre de cualquiera. De un enemigo o de un camarada. De él mismo, tal vez.
Se frotó los dedos en las perneras del pantalón. Y qué pasa cuando uno no muere, se interrogó de pronto. Cuando sigue vivo, y camina lejos, y recuerda. Y encanece mientras recuerda. Qué pasa cuando Patroclo o Héctor sobreviven y acaban llamándose Ulises, y arriban a mares y tierras regidos por aduaneros, funcionarios, policías y ejemplares ciudadanos. Por cíclopes razonables. Cavernas donde, para sobrevivir, es preciso llamarse Nadie.
El mundo se divide, pensó melancólico, entre los hombres que tienen sangre en las uñas y los que no la tienen. O no la ven. Sangre de otros o de uno mismo. Sangre de lo que fuimos. De lo que somos.
Seguía caminando, absorto. Ya no silbaba música ninguna. El camino se hacía ahora más empinado y trabajoso de andar. Se detuvo a media cuesta, fatigado, sin ceder a la tentación de volverse a mirar atrás, hacia la lámina resplandeciente del mar que sabía a su espalda, visible entre las copas de los árboles. Siguió así un rato, inmóvil, mirando el sendero que culebreaba ante él, presa de una inmensa desgana de seguir adelante. Su desinterés por el camino que aún quedaba por recorrer hasta la choza del porquero -todo un símbolo de futuro inmediato- y el palacio de Ítaca y todo cuanto Atenea, la mujer de ojos verdes, había dispuesto para él, no era por lo que dejaba atrás. No era alejarse del puerto lo que le causaba aquella incómoda sensación, mezcla de pereza e incertidumbre, sino el hecho de adentrarse cada vez más en una tierra que, tantos años después, le resultaba por completo indiferente. El nostos de los héroes, se dijo sarcástico. El regreso. De pronto se le hacía insoportable la idea de caminar hacia un hogar cuyo calor había olvidado, tocar la piel envejecida de una mujer ya extraña, sentir los pasos de un hijo al que no había visto crecer. Un arco que tal vez ni él mismo sería capaz de tensar de nuevo.
Ninguno de los fantasmas que arrastraba consigo, concluyó, tenía ya nada que ver con aquello.
Indeciso, oyó ladrar perros a lo lejos. Ladridos de perros jóvenes, nacidos después de su marcha, ajenos al olor de su cuerpo, al tacto de sus caricias y a la disciplina de sus palabras. Los viejos perros como Argos estarían muertos, pensó, o demasiado ancianos para olfatear en él al amo joven y vigoroso que un día se fue lejos, en pos del sueño que, periódicamente, arrojaba cientos de naves al mar y miles de hombre a la aventura -la hermosa Helena, El Dorado, la caza de la ballena, no eran más que pretextos para el viejo ritual-. Me he convertido, se dijo, en aquel a quien sus perros no conocen.
Imaginó el futuro, de pronto. Días de lluvia interminable junto al fuego del hogar y a una mujer de pechos marchitos, ahora desconocida, tejiendo silenciosa mientras él, apoyado en la ventana, miraría el paisaje gris recordando otros lugares, mares azules, cielos luminosos, olor del viento a resina y a miel, doncellas jóvenes asombradas por su cuerpo desnudo en una playa, entre los restos del último naufragio. Fuego hecho con madera de deriva junto a las naves varadas en la arena, rostros rojizos a la luz de las llamas, recuerdos de camaradas vivos y muertos, relatos de hazañas, de batallas, de peligros, de diosas bellas que besaban en las batallas, de peligros, de diosas bellas que besaban en la frente a los que habían de morir, de dioses jóvenes que se interponían entre las flechas para proteger a sus elegidos. La irresponsabilidad del guerrero y del marino que todo dejan atrás, cruzando una tras otra las sucesivas líneas de sombra. Los barcos y los hombres, le había dicho una vez un viejo capitán, se pierden sobre todo en tierra. Se destrozan contra las rocas, o se pudren.
Miró unos instantes más el camino y sonrió, al cabo. Fue la suya una sonrisa esquinada, sin humor. Desesperada y dirigida a sí mismo. Entonces dejó de mirar el sendero ascendente y se volvió despacio para contemplar el mar que resplandecía abajo, junto al puerto. Estuvo así un momento y al cabo inclinó la cabeza y desanduvo el camino, bajando de nuevo hasta que el olor de la brisa salina se impuso al de los pinos, y dejó de escuchar el ladrido de los perros.
Permaneció toda la tarde en el puerto, y regresó al barco pasada la medianoche. Tenía el paso inseguro y canturreaba entre dientes una vieja canción de amor, de mar y de guerra, que le habían enseñado hombres muertos veinte años atrás, o treinta siglos, bajo las murallas de Troya.
-¿Bajaste a tierra por fin? -le preguntó un compañero.
-Bajé a tierra -respondió, encogiéndose de hombros-. Pero sólo llegué hasta el primer bar
LA NACION

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