Bradbury, entre la infancia y las estrellas

Posted on 9 julio, 2012

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Por Hector M. Guyot
En la literatura hay veranos inolvidables. En los libros de Cesare Pavese, por ejemplo, el verano es vagabundeo y disponibilidad. Los personajes se abandonan al transcurrir perezoso de días que se abren cargados de promesas, en los que también late, sin embargo, el ominoso aliento de la fatalidad.
Cuando se conoció, el miércoles, la muerte de Ray Bradbury, no pensé en viajes a Marte ni en cohetes espaciales que surcan el cosmos. Pensé en el verano. Uno muy distinto del de Pavese. El verano de la infancia.
Leer el comienzo de El vino del estío , novela autobiográfica de Bradbury, es invocar el aroma perdido de la infancia y acercarse al prodigio de recuperarlo. Allí Douglas Spaulding, de 12 años, despierta una madrugada en su casa de Green Town, Illinois, y mientras el pueblo aún duerme inaugura el primer día del verano de 1928 al ir apagando, frente a la ventana y con apenas un soplido, las últimas estrellas, que se desvanecen en la primera luz del amanecer. El verano de la infancia es aquel en el que descubrimos el mundo y la vida. En ese día que nace, en el que sonarán “las trompas y trinos del universo”, el chico sentirá el murmullo de la hierba bajo su cuerpo, respirará el aire que huele a lluvia y hasta oirá la caída del polen de las flores en que se posan las abejas.
Douglas, en éxtasis, quiere vivirlo todo. Y quiere llevar cuenta de todo. En una libreta de tapas amarillas, abre tres listas: “Cosas que repetimos del verano anterior”, “Cosas que hacemos por primera vez” y “Descubrimientos”. En esta última, anota: “Estoy vivo”. Tom, su hermano menor, protesta: “¡Eh, eso es viejo!”. Y él responde: “Pensarlo, notarlo, es nuevo”. Ese hallazgo tiene, sin embargo, otra cara: supone también, como pronto lo experimentará el chico, la conciencia del tiempo -que es por añadidura la conciencia de la muerte- y el abandono del eterno presente en el que se debate la infancia. En Bradbury la novela de la inocencia resulta también, claro, la novela de la inocencia perdida.
El vino del estío es, no cabe duda, la novela de un poeta. Por eso siempre pensé que Bradbury estaba un poco al margen de los autores de ciencia ficción, género que consumí con avidez al dejar la adolescencia. Había allí muy buenos escritores, como Arthur C. Clarke, Cordwainer Smith o Robert Silverberg. Pero Bradbury, quizá junto a Theodore Sturgeon, era distinto. Aun en sus novelas futuristas, la medida de sus relatos es siempre el hombre, la condición dual del alma humana, que puede caer del lado de la luz o de la sombra. Tenía un fuerte sentido del mal, herencia puritana que marcó buena parte de la mejor literatura norteamericana del siglo pasado. Y formaba parte de esa tradición, junto con escritores como Hemingway o Faulkner. Como ellos, era un maestro del diálogo. En “La última noche del mundo”, cuento incluido en El hombre ilustrado , la charla entre un hombre y una mujer ante lo que parece la antesala del fin del mundo -que, creen, se apagará esa misma noche nadie sabe cómo- es por su extrañeza y concisión un anticipo del minimalismo. Una pregunta del hombre abre el relato: “¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?”.
Testigo de la devastación causada por la bomba atómica, Bradbury desconfiaba de las promesas de la ciencia y asistía con reticencia a los avances de la tecnología. Lo irritaba la proliferación de pantallas en la vida cotidiana de las gentes. “El mundo que pinté en Fahrenheit 451 allá por 1951 se acerca rápidamente”, escribió en 1999, ante el cambio de milenio. “Los realistas virtuales nos invaden, y si Bill Gates no es el Gran Hermano, es su distante primo subliminal.” Tenía un consejo drástico: “Apaguen todo. Patrullen su casa para desconectar los enchufes de la televisión, la radio, el fax, la computadora que transmite el correo electrónico y su estancada Internet. Vayan a sentarse al porche con un vaso de vodka con limón, una libreta y un lápiz, y piensen de verdad”.
El hombre que lanzó a muchos de sus personajes a viajar por el cosmos era un sedentario. Durante años se rehusó a subirse a un avión. Odiaba los autos y nunca aprendió a manejar. Prefería los trenes, y para distancias cortas se montaba en su bicicleta. Vivió durante más de 50 años en la misma casa de Los Angeles junto a su mujer y sus cuatro hijas, apegado a sus hábitos. “El momento más feliz del día es cuando me levanto por la mañana y me pongo a escribir”, contó. “Nunca he trabajado por dinero, tampoco buscaba una carrera. Empecé a escribir a los 12 años y he escrito desde entonces. Escribo por amor y ése es mi único consejo. Ama lo que escribes y escribe lo que amas.”
Su gran amor fueron los libros. Se autoeducó con volúmenes de Poe, Verne, H.G. Wells y Thomas Wolfe en bibliotecas públicas y evitó la universidad. Esa devoción quedó reflejada en su novela distópica Fahrenheit 451 , en la que un Estado totalitario prohíbe libros y ordena su quema, que escribió con una máquina de escribir alquilada en la biblioteca de la Universidad de California. Fahrenheit 451, se sabe, es la temperatura a la que arde el papel, material del que están hechos los libros. Todos ellos. Porque para Bradbury, el Kindle es otra cosa: “Los libros electrónicos no son libros. Los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor”.
Tenía razón. Para escribir esta nota, puse sobre la mesa mis libros de Bradbury, todos editados por la vieja colección Minotauro allá por la década del 50. Tomo El vino del estío y compruebo que la edición es de 1961. Lo abro en cualquier lugar. Hago correr sus páginas y lo huelo. Y ese olor dulzón, mezcla de tantas cosas que se vuelve indescriptible, me devuelve a la infancia de Douglas Spaulding. Y también, por un instante, a los días perdidos de mi propia infancia.

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