Una noche de “parranda” con el Gabo que todos creen enfermo

Posted on 16 julio, 2012

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Por Antonio José Caballero
Este artículo fue publicado por el diario El País, de Cali. Su autor compartió con García Márquez la noche de las elecciones mexicanas, el 1° de julio, en la residencia del embajador colombiano
No es que conozca a muchos. He entrevistado algunos y, casi todos, bien de la Paz o de la Literatura, corresponden a ese premio que les da la humanidad por sus bondades con el entendimiento de los conflictos del mundo o por la magia con las letras que han llenado de historias y de crónicas momentos importantes de nuestras vidas.
Tal vez por eso, por lo que le conozco y por lo que vi y sentí hace una semana en la Ciudad de México, digo que Gabriel García Márquez es, sin duda, el Nobel más noble del mundo.
Lo encontré en casa del embajador colombiano en ese país, José Gabriel Ortiz, y llegó acompañado de su inseparable Mercedes y de Katya González Ripoll, amiga de la familia.
Una vez sentado en la poltrona mayor, fue saludando uno a uno a los invitados al almuerzo preelectoral en la casa diplomática. No fuimos más de diez los comensales, entre mexicanos y colombianos, los que desfilamos al lado de García Márquez, y con cada uno tuvo su charla rápida de diferentes temas.
De cine con Jorge Sánchez, productor de Perro come perro y otros éxitos del cine azteca; de amigos comunes en Cartagena; de anécdotas recientes con ellos; de la política mexicana que el domingo elegía presidente, y, en fin, de todo lo humano y lo divino para lo que estuvo siempre atento, y lo que más me gusta de la compañía de ese colombiano grande: el apunte sabio y preciso que siempre ha tenido para calificar o para rematar cualquiera de los comentarios.
Hablamos incluso de muchas frases de él sobre su vida. En una de ésas alguien comentó que una vez dijo el escritor: “Mercedes maneja los odios y yo escribo para que me quieran más”, y el Nobel corrigió: “Yo no dije que ella manejaba los odios. Maneja los rencores, que no es lo mismo”.
Carcajada va y carcajada viene fuimos terminando con las viandas acompañadas de buen vino, que García Márquez prefirió blanco, y cuando salimos acompañándolo los del último grupo y todo parecía haber acabado, se acercó como en secreto para invitarnos a tomar un caldo mexicano de tortilla en uno de los buenos hoteles del Distrito Federal, y a esa hora de la madrugada emprendimos camino hacia el Marriot.
Allí, más cerca en mesa pequeña, hablamos rápidamente de Colombia. Me preguntó sobre la situación del país, de la cual vive más enterado que nadie, y comentó: “No sé cuándo vamos a entender que ya no hay más tiempo de estar gritando de una orilla a la otra. Es tiempo de que los de allá vengan acá y viceversa, y sin tanto grito que es el que aturde, hablar las cosas y definir qué es lo que quieren”.
Algunos recuerdos surgieron después de tomar el “caldo madrugao ” y me dijo que tenía ganas de tomar algo con alcohol.
Me levanté de la silla a pedirle al maître que hiciera algo para complacerlo, pero la misión resultó imposible, “porque como están con la ley seca, el Gabo se va y a mí me dan en la madre”, explicó el mexicano.
Entonces salimos hacia su auto y en esas se atravesaron cuatro músicos. Para no perder el remate de esa noche especial les pregunté si sabían quién era el personaje que iba con nosotros: “Pues es don García Márquez”, respondieron, y sin ninguna otra orden desenfundaron violines, guitarras y trompetas, y todos comenzamos a cantar “Las mañanitas”. Más adelante, y ya con la voz del Gabo integrada al coro, entonamos “México lindo y querido”.
De esa manera, terminamos con música lo que comenzó como un delicioso almuerzo-parranda, que nos dejó ver de nuevo y de cerca al más universal de los colombianos.
Esto lo cuento porque lo vi y lo viví, y me da tristeza que a este hombre que nos ha hecho llegar en todos los idiomas a todas partes del mundo con su literatura se le trate tan mal provocando comentarios sensacionalistas que no corresponden, ni mucho menos, con lo que ha sido él con Colombia: el abuelo Nobel más noble del mundo, que ahora vive sus tiempos como quiere y con los que quiere..
LA NACION