Palabras

Posted on 21 julio, 2012

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Fragmento del libro A la luz de la meditación de Mike George, profesor en la Universidad Espiritual Mundial Brahma Kumaris.
La afirmación de que nuestra verdadera identidad es la de almas eternas e imperecederas es fácil de comprender en la esfera de lo intelectual. Muchas personas manifiestan no ignorar que son seres espirituales que están teniendo una experiencia física y no seres físicos en una experiencia espiritual esporádica. Hasta emplean el término alma para describirse a sí mismas. Sin embargo, nuestro hábito más profundo ha sido el de identificarnos con todo lo que no somos, comenzando con nuestro propio cuerpo, y a cualquier cosa con que nos identifiquemos nos apegamos. Si creemos que somos nuestra nacionalidad, nos apegamos a nuestra identidad nacional y a todo lo vinculado con ella. Como consecuencia, si alguien insulta a nuestra nación, de inmediato sentimos irritación o incluso cólera. En la siguiente ocasión en que vemos a esa persona, quizás experimentemos temor, animosidad en su presencia porque recordamos lo que dijo y nos preocupa que pueda repetirlo. En realidad, cuando nos identificamos erróneamente con algo, nos transformamos en esclavos emocionales de personas y acontecimientos.
Evidentemente no es la forma más efectiva y cálida de vivir, pero es así como casi todo el mundo ha aprendido a hacerlo, y de algún modo nos explica por qué los servicios de salud de todo el mundo están extendidos hasta el límite. La enfermedad en el interior de nuestra conciencia, tarde o temprano, debe expresarse a través de alguna forma de mal en nuestro cuerpo.
Llegar al estado en que somos conscientes de nosotros como almas requiere, por lo tanto, que nos desapeguemos y nos desidentifiquemos. Pero el desapego no es una idea que encuentre fácil aceptación en nuestra moderna cultura de adquisición y acumulación.
Desde un punto de vista espiritual cuando apegamos nuestra conciencia a cualquier cosa es como si el objeto de ese apego nos quitara nuestra libertad. Si contempláramos a nuestro yo en el instante del apego, veríamos que lo perdemos en el objeto de ese apego.
LA NACION

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