Fantasmas de existencia incierta

Posted on 23 julio, 2012

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Por Nora Bär
El catálogo de temores que inspiran los avances tecnológicos es florido y con frecuencia supera la lógica prudencia para convertirse en terror irracional. Entre ellos, el fantasma de las “radiaciones” de las antenas de telefonía y telecomunicación es uno de los más persistentes, y se difunde en las comunidades a la velocidad del rayo… aunque es un tema que se estudia desde hace 60 o 70 años y hasta ahora no fue posible encontrar evidencias de que produjeran efectos en los seres vivos, siempre y cuando no superen los niveles permitidos.
Tal vez, una de las cualidades que las vuelven más temibles es que no se ven, no se huelen ni se oyen. Son inasibles. A diferencia de las ondas de sonido, como el bramido de los motores durante el despegue de un avión, que son materiales, las ondas o radiaciones electromagnéticas (como la luz o las señales de radio y TV) pueden desplazarse en el vacío. Estas, llamadas “no ionizantes” (es decir, que no son capaces de arrancar electrones de la materia), son las que están dentro del espectro de frecuencias que se usa para las comunicaciones o “espectro radioeléctrico”.
Según el ingeniero Valentín Trainotti, ex docente de la Facultad de Ingeniería de la UBA e integrante vitalicio del Instituto de Ingenieros Electrónicos, que reúne a 400.000 miembros de 150 países, “esa parte del espectro tiene intensidades sumamente bajas como para destruir los átomos y moléculas. Para eso se necesita una energía muchísimo más grande, que sólo se logra con frecuencias sumamente elevadas que están por encima del espectro visible. El nivel de energía que hay en el espacio cerca de una antena de cualquier tipo es muy pequeño”, subraya.
Es diferente el caso de los rayos ultravioletas (como los provenientes del Sol), que sí pueden ionizar los átomos y alterar la materia. El hecho de que en los tejidos vivos su exceso puede alterar el ADN y producir tumores es lo que inspira las advertencias veraniegas de los dermatólogos.
“Pero ésta es cien o mil veces más grande que la que producen las antenas -explica Trainotti-. Por suerte, la Tierra tiene una atmósfera que ofrece un blindaje espectacular.”
Lo curioso es que estos peligros sobre los cuales, por lo menos hasta el momento, no hay evidencias objetivas nos aterran, mientras otros (como los daños del tabaquismo, de la contaminación urbana o de la vida sedentaria) sobre los que sí hay certezas demoledoras, ni nos mueven un pelo.
LA NACION

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