Irvin Yalom: Secretos de un best seller raro

Posted on 2 agosto, 2012

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Entre la filosofía y la terapia, el escritor norteamericano encontró un nicho de mercado para hablar del alma sin falsas esperanzas. Por qué es un bestseller raro.
Hay días en los que el psiquiatra estadounidense Irvin D. Yalom, autor de libros tan exitosos como “El día que Nietzsche lloró” (1992) o el reciente “El enigma Spinoza”, se pregunta qué hubiera sido de su vida si en vez de pasar tanto tiempo oyendo los dramas de sus pacientes, se hubiera dedicado de lleno a su carrera literaria. La mejor respuesta que ha encontrado hasta ahora es la que le dio su esposa, Marilyn. “Irvin, querido, sin tus pacientes no hubieras tenido sobre qué escribir”.
Yalom acaba de cumplir 81 años y heredó su nombre “de un abuelo que se murió en Rusia”, según le cuenta a NOTICIAS. Hace dos décadas, este desconocido en el mundo literario pegó un pleno con su primera novela, el bestseller “El día que Nietzsche lloró”. La trama giraba en torno a un imaginario encuentro entre el filósofo alemán Friedrich Nietzsche y el médico vienés Josef Breuer, uno de los mentores de Sigmund Freud, condimentado con algo de romance.
Yalom volvió a apostar por el cruce entre psico-logía y filosofía en su novela “Un año con Schopen-hauer” (2005) y ahora repite receta en “El enigma Spinoza” (Emecé), inspirada en las teorías y la filósofo holandés del siglo XVII. “Nunca me he esforzado por lograr un best-seller. Sencillamente, he escrito sobre estos filósofos porque son relevantes para mi trabajo. Como los terapeutas de hoy, se preocuparon por los factores que nos conducen a la desesperación y sobre cómo combatirla”, explica Yalom.
ÉXITO. La vida de este hombre es una de las versiones de ese relato conocido como “el sueño americano”, con la particularidad de que el éxito internacional no le llegó hasta pasados los sesenta años.
En su página de internet, cuenta que es el hijo de una pareja de almaceneros judíos que aban¬donaron Rusia y se instalaron en Washington después de la Primera Guerra. Irvin nació el 13 de junio de 1931 y todas sus fotos muestran a un hombre de mirada intensa. La frente es alta y despejada, un rasgo que los informes zodiacales identifican como típico de los nacidos en géminis; un dato que él descartaría por descabellado. ‘Tengo una formación como científico y muy poco interés por creencias superficiales como el zodíaco, sin ningún dato empírico que las sostenga”, explica Yalom, que estudió medicina y fue profesor de psiquiatría en la prestigiosa universidad de Stanford.
Hace algunos años, este escritor recordó en una larga entrevista con su colega Rulheellen Josselson cómo encontró el estilo que lo convirtió en uno de los psiquiatras más famosos de los Estados Unidos.
Irvin había pasado por la universidad sin pena ni gloria. Tenía algunos pacientes en el consul¬torio que había abierto y era un desconocido en el ambiente hasta que decidió ir a un congreso donde decenas de psiquiatras conlaban sus casos y se criticaban mutuamente. “Eran conferencias terribles, cada analista trataba de superar al anterior con teorías cada vez más intrincadas y pomposas”, contó.
Cuando le llegó el turno, Yalom hizo lo que hace desde en¬tonces: simplificó la sesión de terapia hasta convertirla en un cuento en el que hay dos personajes que poco a poco revelan sus secretos.
La protagonista era una paciente de unos treinta años, pecosa y con pelo rojo, que en la primera sesión le dijo “soy lesbiana”. La contraparte era él, un terapeuta ingenuo e inexperto, que ni si¬quiera sabía lo que significaba esa palabra y le preguntó: “¿qué le duele?”.
Yalom recuerda que cuando terminó el relato, media hora más tarde, el auditorio estaba en silencio y él sentía que había dado con algo nuevo. ‘Todo lo que tuve que hacer fue contar una historia, algo que para mí era natural y me salía sin esfuerzo”, contó en esa entrevista.
Uno de los grandes hallazgos de libros como “Verdugo del amor”, una recopilación de casos que publicó en 1989 y fue un gran éxito en los Estados Unidos, era presentar al terapeuta como un personaje más de esas historias. Hay pasajes de sus libros donde Yalom reconoce que luchó contra la repulsión que le producía una paciente obesa o habla de la frustración de estar frente a un sociópata al que no afectaba nada de lo que le dijera.
El problema es que sus libros posteriores pueden dar la sensación de que para Yalom, el mundo entero es un gigantesco consultorio en el que los personajes alternan rachas como pacientes y momentos en los que se elevan a terapeutas. “He pasado buena parte de mi vida conversando con pacientes y cuando escribo trato de quedarme den¬tro de lo que conozco”, le explica a NOTICIAS.
DOCENTE. “Creo que las críticas a mis libros basadas en sus méritos literarios tienen un enfoque equivocado -dice-. Mis libros son novelas de ideas: empiezo con una idea que quiero explorar y trato de enseñarla a través de la ficción, que es la mejor forma de enseñar algo”.
Hace quince años, Yalóm abandonó la docencia universitaria. Cuando se le pregunta si extraña a sus alumnos, tiene la honradez de no dar una respuesta prefabricada y salta directamente a contar cómo pasa sus días ahora. “Estoy la primera mitad del día escribiendo y por las tardes, leo o veo pacientes”, le dice a NOTICIAS.
En su último libro, “El enigma Spinoza”, narra dos historias paralelas. Una es la del filósofo holandés del siglo XVII, Baruch Spinoza, que cuando comienza la novela está a punto de ser expulsado de la comunidad judía de Amsterdam por cuestionar sus dogmas. La otra es la del periodista Alfred Rosenberg, un ideólogo del nazismo condenado a muerte en los juicios de Nuremberg, que a lo largo de la historia vive obsesionado por la obra de ese filósofo de sangre judía.
En tiempos donde los mercaderes de la felicidad venden millones de ejemplares con la idea de que el optimismo y las buenas vibras son nafta súper para el alma, Yalom resulta un bicho extraño. Recomienda enfrentar seriamente la idea de la soledad y la muerte eterna sin buscar consuelo en la religión o cualquier idea supersticiosa. “En caso de angustia extrema”, parece indicar la letra chica de sus recetas, “consulte a Epicuro, Nictzsche, Spinoza o el filósofo escéptlco de su preferencia”.
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