Marilyn, o la tristeza de las cosas

Posted on 5 agosto, 2012

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Por Pablo Maurette
Se cumple medio siglo de la muerte de Marilyn Monroe. La noche del 4 de agosto de 1962, Norma Jeane Mortenson Baker -su nombre de bautismo- se encerró en su habitación, habló por teléfono y, alrededor de la medianoche, murió. Tenía treinta y seis años. El hallazgo en su sangre de grandes cantidades de Nembutal, un barbitúrico, y de hidrato de cloral, un sedante, llevó a que se estableciera la causa de muerte como sobredosis. La autopsia, sin embargo, dejó un tendal de dudas que hasta hoy no han sido nunca satisfactoriamente disipadas. ¿Por qué estaba boca abajo el cadáver si se sabe que murió boca arriba? ¿Por qué vía consumió las alarmantes dosis de drogas que la mataron, si no se encontraron ni residuos de cápsulas en el aparato digestivo, ni marcas de agujas en el cuerpo? ¿Con quién hablaba, o acababa de hablar, cuando murió? (El deceso se produjo de manera súbita y el cadáver fue encontrado con el teléfono en la mano.)
Las teorías conspirativas proliferaron. La mató el FBI porque sabía demasiado sobre dos de sus amantes, los hermanos Kennedy: según algunos había discutido secretos nucleares con John F. pocos meses antes de la crisis de los misiles con Cuba, según otros estaba chantajeando a Robert para que se divorciase tal y como el entonces fiscal general de la nación le había prometido. La mató la mafia para vengarse de los embates legales de Robert Kennedy, la envenenó Peter Lawford, actor y cuñado de John F. Kennedy, sobre cuyas intenciones, según una entrada de su diario, Monroe albergaba sospechas. Si bien ninguna de estas especulaciones goza de credibilidad suficiente, es muy probable que nunca sepamos qué sucedió exactamente la madrugada de aquel 5 de agosto de 1962; y a medida que pasa el tiempo, cada vez parece importar menos. El misterio de la vida de Marilyn Monroe ha finalmente opacado el misterio de su muerte.
En efecto, en estos últimos años la obsesión con la muerte de Monroe, que tuvo su apogeo en los años setenta, empezó a menguar al mismo tiempo que diversos libros, artículos y documentales han traído a la luz nuevos aspectos menos conocidos de la vida de la actriz. Recientemente hemos leído en gran detalle acerca de su profunda sensibilidad estética, admirada por Truman Capote, quien confesó que prefería a Monroe para el papel de Holly Golightly en Desayuno en Tiffany’s(1961). Leímos también acerca de su voracidad intelectual, de sus esfuerzos para proteger los derechos de los actores, de su militancia, discreta pero efectiva, en favor de los derechos civiles. Hemos tenido acceso a su pluma cándida y lúcida, hemos adivinado su temperamento melancólico y hemos apreciadosu visión, a la vez entusiasta y desesperanzada, del oficio de actor. Por último, fotos y filmaciones inéditas nos han recordado su belleza luminosa, el efecto inefable de su presencia.Y siguen siendo las imágenes, a fin de cuentas, los documentos más contundentes de la vida de Marilyn Monroe porque, en última instancia, el verdadero misterio que sigue -y seguirá- resistiendo todo análisis es el misterio de su luminosidad, de aquella “curiosa incandescencia” que según Saul Bellow la diva tenía bajo la piel.
En el caso de Monroe, eso de que una imagen vale más que mil palabras no es un cliché: es un axioma. En ese sentido, interesa hablar aquí de otra persona, de un crítico literario que vivió en Japón entre los años 1730 y 1801. Motoori Norinaga revolucionó la crítica literaria del período Edo con un concepto que intuyó en su primera juventud y que luego pasó el resto de sus días lustrando y afilando. Se trata de mono no aware . Ojalá tuviera la impunidad lingüística de quien tradujo Some Like It Hot por Una Eva y dos Adanes , porque si así fuera diría que el giro significa “la tristeza de las cosas.” Lo cierto es que aware hace referencia a todo sentimiento profundo que oprime el corazón. Norinaga creía que si bien la diversión y el placer nos movilizan, la tristeza y el deseo son, sin duda, los sentimientos que más nos estremecen. Mono no aware se refiere a la profundidad de las cosas, a su intensidad, a la añoranza que nos producen, pero también a la tristeza que inspira la condición inexorable de su caducidad. La belleza blanca y rosada de la flor del cerezo -el ejemplo favorito de Norinaga- depende directamente del proceso inminente de deterioro que comienza para la flor el día mismo de su germinación. La flor no es bella a pesar de que se marchitará, es bella porque se está marchitando. Aquellos versos de Ronsard hacen de la idea un dictum : “Pues una flor tal no dura más que de la mañana a la noche”. Un dictum que cualquier imagen de Marilyn Monroe ilustra magníficamente. El sutilísimo estrabismo del ojo derecho y el lunar en la mejilla izquierda, atributos que compartía con Afrodita, producen una extraña sensación de embeleso e incomodidad, acaso porque al conjugar belleza con asimetría -un oxímoron para la estética clásica-, inspiran en quien observa el fervor de lo sublime o de lo terrible. En los movimientos impredecibles de sus ojos y de sus labios se despliega entero el abanico de la vida y la muerte. En un abrir y cerrar de ojos, en un abrir y cerrar de boca, Monroe pasa de la inocencia a la depravación, de la trivialidad a la sabiduría, de la dicha a la pena. Esto se aprecia con particular claridad en los diálogos con Tom Ewell, el pater familias neurótico y pusilánime de La comezón del séptimo año(1955). Pero mejor volvamos a Motoori Norinaga.
Todo ser vivo tiene en lo más profundo de sí lo que Norinaga llama koto no kokoro , un núcleo o corazón, que es blando como masilla, tierno, vulnerable y capaz de ser íntimamente afectado por las cosas. Mono no aware es la capacidad que todos tenemos de conmovernos ante la intensidad de las cosas y de las situaciones, es el “entendimiento intuitivo y estético del corazón de un evento”. Mono no aware pone en evidencia la naturaleza fundamentalmente femenina del corazón humano, insiste Norinaga, que consideraba el culto a la fuerza física y a la valentía una ética impostada, artificial, espuria (su ejemplo predilecto es la cultura samurái, que consideraba decadente y ridícula). Mono no aware nos abre al secreto de la vibración intensa que anima a cada ser vivo. En su autobiografía, Marilyn Monroe cuenta que una tarde estaba en casa de su maestro Michael Chekhov, sobrino del dramaturgo ruso y discípulo preferido de Constantin Stanislavski, cuando tuvo una gran revelación. Practicaban juntos una escena de El jardín de los cerezos cuando de pronto Chekhov se detuvo y le preguntó: “¿Estabas pensando en sexo recién? ¿Te estabas imaginando escenas de besos y abrazos apasionados mientras ensayábamos?”. Monroe juró que no, estaba demasiado concentrada como para estar pensando en otra cosa. Chekhov le confesó que había percibido una altísima tensión sexual, pero le creyó y le dijo: “Ahora entiendo tu problema, independientemente de lo que estés diciendo o pensando, irradias sexo”. Aquello que Chekhov percibió como sexo era la intensidad que exudaba Monroe, cuya excepcionalidad acaso radicase en que lograba despertar en el espectador la capacidad de ser afectado, de ser conmovido por un agente externo en modo descarnado.
En el verano de 1758 Motoori Norinaga dio una serie de conferencias dedicadas a la obra fundacional de la literatura japonesa: Genji Monogatari La historia de Genji ). La novela, escrita en el siglo XI por Murasaki Shikibu, poetisa y dama de compañía en la corte imperial, narra las correrías amorosas del príncipe Genji, un casanova enamoradizo y frágil. La lectura de Norinaga ataca interpretaciones moralistas y políticas de la obra, según las cuales constituía una apología del vicio, y sostiene que la esencia de la novela reside en su capacidad de despertar en el lector mono no aware . El tema de la novela, según Norinaga, es la profunda sensibilidad de Genji, la intensidad de sus amores y de sus penas. Haciéndose eco de Norinaga, Harold Bloom escribió que Genji Monogatari expresa, fundamentalmente, “el esplendor de la añoranza”. Una noche, después de comer con ella, Saul Bellow escribió que Marilyn Monroe parecía estar “conectada a una corriente muy poderosa de la cual no podía desconectarse”. Esta intensidad excepcional,tan a menudo malinterpretada como simple lubricidad, acaso sea la capacidad de Monroe de hacer sentir a hombres y mujeres, amigos y admiradores, a sus amantes, e incluso a sus detractores, la contundencia de lo real, que inspira deseo y tristeza: deseo de poseer, tristeza por la inexorabilidad de la caducidad y de la pérdida inminente.
Entre las pocas imágenes que quedan de Something’s Got to Give , el proyecto en que trabajaba cuando murió, se cuenta una memorable escena de Monroe completamente desnuda nadando en una pileta. La diva accedió al desnudo total con la condición de que se vaciara el set para que quedaran a solas ella, el director George Cukor y unos poquísimos operadores de cámara y luces. En la escena convergen tres texturas: el manto de la noche, el agua diáfana y la piel electrizante de la actriz. A Monroe se la ve relajada, contenta, sonríe y brilla; brilla tanto que pareciera como si la única luz en el set irradiase de su cuerpo mojado. Cukor, a la manera de un Botticelli del celuloide, parece haber dado con la forma de aislar el misterio del encanto de Monroe: desnuda, de noche y en el agua, como una Venus naciendo de la espuma marina. Menos de tres meses después de rodar esa escena, Marilyn Monroe estaba muerta.
En uno de sus ensayos más célebres, El hábito de crear apariencias , Motoori Norinaga se burla de los maestros y sacerdotes que dicen conmoverse al contemplar la naturaleza, pero que si ven pasar a una mujer hermosa fingen no verla y reprenden a quienes la miran. Norinaga denuncia esta actitud por hipócrita y puritana, y sostiene:”Decir que la luna y las flores conmueven pero que el brillo de una mujer hermosa no llega a hacer vibrar el corazón del hombre es una mentira espantosa”. Para Norinaga el mundo nos afecta aunque no lo queramos, aunque nos cerremos a él, y esta capacidad de que las cosas inspiren en nosotros anhelo y tristeza es mucho más que una virtud estética, es la mismísima condición de la existencia. Pero así como los santurrones a quienes critica Norinaga niegan que la sensualidad pueda conmover, reducir a ella el efecto deaware también es una simplificación que no agota la complejidad del fenómeno.
En cierta ocasión, Arthur Miller, su tercer marido, comparó a Marilyn Monroe con “un poeta en una esquina tratando de recitar sus versos mientras una turba de gente le arranca la ropa”. Monroe, en efecto, era perfectamente consciente de la disonancia afectiva que producía su persona. Lo que anhelaban de ella los hombres, aunque no lo supiesen, era más que su cuerpo; con arrancarle la ropa no hubiera bastado, con poseerla tampoco. Lo que anhelaban las mujeres, que formaban el grueso de sus fans, no era ser como ella; con imitar sus peinados, su vestido y sus afeites no bastaba. El anhelo enorme que producía, que produce, cada foto y cada film de Monroe tiene que ver con la poderosa intensidad que su visión inspira en el espectador. Su presencia misma es movilizadora porque al verla, acaso sin saberlo y sin quererlo, éste se funde en la contemplación de algo que lo transciende y, al hacerlo, se conmueve. Más allá de sus curvas, de su voz, de sus manos -los pases de magia que hace en los números musicales de Los caballeros las prefieren rubias (1953) son ya un clásico de la coreografía cinematográfica- de su encanto en general, hay algo inasible en Monroe que hace que uno mire y siga mirando. No es de extrañar que, a fin de simplificar, Hollywood etiquetase y vendiese este efecto como ” sex appeal ” y mentiría quien dijera que Monroe no sacó provecho de esta exitosísima estrategia marketinera. Sin embargo, y como confirman sus amigos más cercanos, sus médicos y ella misma en sus diarios -recientemente publicados junto con poemas, notas y cartas- su vida estrellada le resultaba agobiante. En una entrada de 1958 Monroe escribe: “Ayuda, ayuda, ayuda, siento que la vida se acerca cuando lo único que quiero es morirme, desaparecer por completo”.
Unas dos semanas antes de su muerte Monroe posó para el fotógrafo George Barris. Éstas son algunas de las últimas imágenes de la actriz que, platinada y semidesnuda, camina lánguida por la arena cubierta con un saquito de lana. La sensación que producen las fotos es melancólica e invernal, quien no sabe que fueron tomadas en Santa Mónica en pleno verano bien podría pensar que se trata de alguna playa del mar del Norte justo antes de que caigan las primeras nevadas. En una de ellas la actriz sale del mar con cara de cansada, la espuma de la ola hasta los tobillos, el pelo alborotado, el lastre de los años en sus mejillas y en sus ojos: una Afrodita desfallecida. Es quizás una de las fotos más opacas de Monroe: su luz se estaba consumiendo. Marilyn Monroe murió el 5 de agosto de 1962, pero para nosotros, que vivimos a miles de años luz de las estrellas, la reverberancia de su “curiosa incandescencia” sigue brillando en cada foto y en cada fotograma. Y seguirá brillando mientras sigamos siendo capaces de anhelar, de estremecernos y de conmovernos..
LA NACION

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