El Tata Mandela

Posted on 6 agosto, 2012

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Por Carlos Vernazza
Hace pocos días, exactamente el 18 de julio, cumplió 94 años. Lo agasajaron de mil maneras, pero una de ellas rompió por completo el esquema: el “cumpleaños feliz” se lo cantaron en toda Sudáfrica 12 millones de niños. Es considerado, casi sin excepciones, como el hombre vivo de mayor valor espiritual de todo el planeta.
Nelson Mandela, cuyo apodo es Tata, tiene una trayectoria muy difícil de igualar. Nació en el Transkei, hoy una región asociada a la república de Sudáfrica, concretamente en la provincia del Cabo.
Su pueblo natal se llama Mvezo, un lugar inhóspito y alejado de las grandes ciudades. Su capacidad quedó demostrada rápidamente cuando a los 23 años se recibió de abogado. Fundó el primer estudio de letrados negros del país y rápidamente se integró al Colegio Nacional Africano.
Cuando en 1948 llegó al poder el Partido de los Blancos que instauró el apartheid, Mandela comenzó a militar en un movimiento que luchó desesperadamente contra la discriminación.
Bajo la influencia de Mahatma Gandhi, él y un grupo de amigos comenzaron a actuar con los métodos no violentos que propugnó siempre el líder indio, básicamente la desobediencia civil y las manifestaciones callejeras, pero a los pocos años la represión sin límites del gobierno hacia los negros les hizo entender que ese método no era eficaz para el país. Tal es así que una represión policial, contra los disconformes por la discriminación produjo 8 mil detenciones.
La policía atacó a los manifestantes que rechazaban la idea del gobierno de crear siete reservas en toda la nación para confinar a los negros. Años después murieron 69 activistas y el Ejecutivo decretó el estado de emergencia y detuvo a los principales dirigentes de la resistencia. Ante ello, los contestatarios decidieron atacar instalaciones de importancia económica, pero jamás a las personas.

El prisionero más famoso
Era tal la discriminación dentro del país que solo los blancos podían ir sentados en un ómnibus, si un negro estaba en un banco de una plaza debía levantarse para que lo ocupara uno de “la raza superior”. Las escuelas eran el summum de la segregación: las había para negros y para blancos.
Para los marginados no había ningún tipo de ayuda para que tuvieran una casa, de ahí el porqué se formaran tantas villas miseria, único lugar de contención de los pobres.
Cuando uno visita el Museo de la Dicriminación, en el Soweto, llamado Hector Peterson, por quien fuera la mano derecha de Mandela, queda asombrado por todas las muestras de horror que debió sufrir esta gente.
Centenares de fotografías, videos y películas en blanco y negro muestran la impiedad con que fueron tratados. Es una de las visitas obligadas dentro de Soweto, situada a 24 kilómetros del centro de Johannesburgo. Soweto es la mayor villa miseria del mundo con una población que el Estado estima en un millón de personas, pero que los entendidos hacen llegar a 3 millones. Para comparar, recordemos que La Rocinha, la favela más grande de Brasil, tiene alrededor de 300 mil pobladores.
Además, como si todo lo anterior no fuera suficiente, los negros tampoco podían casarse con personas de otro color. Ni hablar de viajes al exterior o de un mínimo derecho laboral. No había salario mínimo ni horarios límite. Además, el gobierno impuso una “ley de áreas”, que los forzaba a vivir en zonas determinadas de todo el país.

En su celda
Cuando viajé a Sudáfrica, con motivo del Congreso Mundial de Periodismo realizado en la hermosísima Ciudad del Cabo, tuve la oportunidad de visitar la Robben Island. Frente a lo que aquí se denomina Puerto Madero en Buenos Aires, y Waterfront en el Cabo, pleno de restaurantes, confiterías, salas de baile, luces por doquier y buena comida, tomé una lancha que en 40 minutos me llevó hasta donde fue la cárcel en que más tiempo estuvo Mandela.
De más está decir que hoy es una atracción turística, pero en el momento en que Mandela fue encarcelado tenía fama de ser la única cárcel del mundo desde donde nadie se podía fugar, superando a la mítica Alcatraz de San Francisco.
Allí, sin que lo dejaran ver el sol, en una diminuta celda, estuvo preso Mandela 15 de los 27 años que pasó entre rejas. En su celda pude leer un resumen del dolor: “En prisión uno está frente a frente con el paso del tiempo. No hay nada comparable, es lo más aterrador que puede sufrir un hombre”.
Cuando salió de ese terror, los periodistas lo esperaban. Fue el 2 de febrero de 1990 y a los pocos pasos le preguntaron qué podía contar del tormento sufrido durante tanto tiempo. Mandela, dando muestras de su grandeza, simplemente dijo: “Dejemos el pasado, no tengo odios ni resentimientos, lo que importa ahora es conquistar a través de los votos el poder en Sudáfrica. En ello pondré todo mi entusiasmo”. Lejos de tomarse revancha, incluso llamó a viejos enemigos para formar un gobierno de transición.

El Nobel de la Paz
Recorrer la casa donde vivió durante más de diez años, en la miseria de Soweto, es repasar no solo su historia personal sino la de todo el país. Ahora es museo y se la puede visitar libremente, ver sus fotografías y todos los muebles que utilizó, además de su valiosa biblioteca. Es una visita imprescindible para quienes llegan a Sudáfrica, ya que muchos solo se interesan por la casa en el Parque Krueger o por los casinos de Sun City, y no llegan a Soweto porque fingen temor.
Este periodista recorrió ese asentamiento único acompañado por un guía negro, que me indicaba, imperativamente, dónde podía bajar o no. No advertí violencia, pero sí diferencias económicas, ya que la parte más acomodada tiene casas de material dignas. También, aunque parezca mentira, universidad, estaciones de televisión, radios y hasta un country. En este sector está ubicado uno de los estadios donde se jugó el último Mundial de fútbol.
En solo cien metros, situado frente a la casa de Mandela, hay un cartel escrito en inglés donde dice sencillamente esto: “Esta es la única calle del mundo donde vivieron dos premios Nobel de la Paz”. Es que a muy corta distancia está la Iglesia Regina, desde donde el obispo Tutu realizó su labor pastoral a favor de los negros y desprotegidos. Tutu, Nobel en 1984, fue el que habló de “la nación del arco iris”, metáfora que sirve para describir todo lo bueno que le espera a Sudáfrica después del tremendo apartheid.
Cada 18 de julio, por disposición de las Naciones Unidas, se celebra en el mundo el Día de Mandela. De más está decir que no es por casualidad, sino porque en nuestro tiempo no existe una figura más popular, más admirada y más respetada que Nelson Mandela, alias el Tata.
EL TRIBUNO

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