Nacidos para el descontrol

Posted on 10 agosto, 2012

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Por Alejandra Folgarait
De Alejandro Magno a los Rolling Stones, de James Dean a Amy Winehouse, ser joven siempre supuso adherir a la rebeldía y al riesgo. Pero sobrepasar los límites de la sociedad adulta tomando alcohol y drogas ilegales, corriendo carreras a altísima velocidad, involucrándose en peleas violentas o incursionando tempranamente en las relaciones sexuales nunca pareció más sencillo que hoy.
Según estadísticas oficiales de 2010, la primera causa de muerte de los jóvenes argentinos de 15 a 24 años son los accidentes en moto o auto, seguidos por los suicidios y las agresiones. En cuanto al consumo de alcohol, aumenta año a año entre los adolescentes, quienes se inician a edades cada vez más tempranas en la bebida.
El consumo riesgoso alcanza al 20% de los jóvenes de 18 a 24 años y al 11% de los chicos de 11 a 17 años que toma cerveza, vino o tragos fuertes, según los últimos datos del Observatorio Argentino de Drogas (2010). El consumo problemático de alcohol se asocia con el uso de otras drogas, como la marihuana, y también con el embarazo adolescente entre las chicas.
“Hay un destape y una naturalización de la violencia, el sexo y el consumo de alcohol en la televisión y en otras pantallas”, advierte la socióloga Ana María Mendes Diz, investigadora en el Instituto Gino Germani de la UBA. “Los jóvenes consideran real todo lo que ven a través de las pantallas y se van desensibilizando respecto de la violencia y los crímenes”, señala la investigadora del Conicet, quien acaba de concluir un estudio sobre el tema que será publicado próximamente como libro. “Cada vez hay más mujeres de 14 años que se exponen al riesgo, que toman alcohol y se agarran a golpes a la salida de los boliches”, ejemplifica la investigadora del Conicet que estudia los comportamientos adolescentes en ciudades de distintas provincias.
El neurólogo Marcelo Merello, jefe de Neurociencias del Instituto Fleni, señala que “hoy los más jóvenes consumen 2 o 3 veces más alcohol que las generaciones anteriores. Esto es muy grave, ya que el alcohol, en su consumo sostenido y crónico, afecta a la memoria, al desarrollo intelectual y por ende a la oportunidad futura de estos jóvenes en el mercado laboral”.

Los circuitos de la impulsividad
La pregunta ya no es si los adolescentes son rebeldes e impulsivos, ya que todos lo son en alguna medida como resultado de los cambios hormonales de la pubertad y la necesidad de independizarse de los padres para crecer. La cuestión, en todo caso, es por qué algunos adolescentes incursionan en mayores riesgos que otros.
Un nuevo estudio, que acaba de publicar la revista Nature Neuroscience, aporta una respuesta posible. Tras analizar imágenes de resonancia magnética funcional del cerebro de 1896 jóvenes de 14 años, investigadores norteamericanos y europeos descubrieron que hay un circuito ligado al control de los impulsos en la corteza orbitofrontal del cerebro que está biológicamente alterado en los que consumen drogas, fuman y toman alcohol.
Los psiquiatras Robert Whelan y Hugh Garavan, de la Universidad de Vermont, y sus colegas del consorcio europeo Imagen, encontraron que algunos adolescentes tienen problemas neurológicos para controlar sus impulsos. Es debido al descontrol de los circuitos neuronales que los chicos se inclinan por las drogas, y no al revés. Como el alcohol genera, a su vez, desinhibición, los jóvenes que no pueden frenarse a tiempo suelen incursionar en mayores riesgos, padeciendo mayores accidentes de tránsito y problemas de violencia que el resto.
La impulsividad es un rasgo que incluye la incapacidad para esperar, la distracción y la insensibilidad a las consecuencias negativas de las propias acciones. Si bien es una característica de los consumidores de drogas, también está presente en otros desórdenes psicológicos.
“La impulsividad se regula en el cerebro humano a partir de una compleja red de estructuras cerebrales, que tienen como centro al área prefrontal, la región más anterior del cerebro, y que es, evolutivamente hablando, la más nueva”, explica Ezequiel Gleichgerrcht, investigador en neurociencias cognitivas de la Fundación INECO. “Los seres humanos atravesamos la adolescencia con una corteza prefrontal que está aún en desarrollo y que termina de madurar entre los 20 y los 30 años”, subraya.
En verdad, el cerebro adolescente es diferente tanto al del niño como al del adulto. Justo antes de la pubertad se produce una explosión de conexiones neuronales que luego son “podadas” selectivamente, disminuyendo la materia gris. Además, las prolongaciones de las neuronas cerebrales (axones) se recubren progresivamente de mielina durante la adolescencia, aumentando la velocidad de transmisión nerviosa. En conjunto, esto deriva en cambios en el comportamiento y el procesamiento de la información y las emociones. Así, durante la adolescencia se buscan constantemente nuevas experiencias y también se disparan enfermedades mentales, como la depresión, la anorexia y la esquizofrenia. Recientes estudios muestran que incluso el cociente intelectual fluctúa durante la adolescencia, al punto de que se puede influir en esta etapa para incrementar o no la inteligencia de un joven.
“No debemos olvidar que los procesos albergados en la corteza prefrontal están fuertemente conectados a áreas del cerebro que procesan la emoción, y que la toma de decisiones humana es, esencialmente, emocional”, insiste Gleichgerrcht. “ Imaginar esto en el contexto de un cerebro adolescente, aún inmaduro, nos permite comprender por qué existe, en algunos casos, una sistemática elección de conductas de riesgo, que tienden a propiciar el beneficio inmediato e ignorar las consecuencias a largo plazo, tal como sucede en las adicciones”, sostiene el neurocientífico.
El nuevo estudio sobre el cerebro adolescente revela que, a diferencia de lo que podía suponerse, el circuito neuronal involucrado en la impulsividad de los pacientes con ADHD no es el mismo que el circuito de la impulsividad ligada a las drogas. Esto significa que un niño o joven puede tener ADHD y no ser por eso más propenso a fumar o tomar drogas.
“El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (ADHD o TDAH) supone el 50% de las consultas en psiquiatría infantil y adolescente”, revela Ana Beraudi, jefa de Psiquiatría Infantojuvenil de INECO.
Los niños pequeños con TADH se distraen en el colegio y se mueven constantemente, cometen errores y no terminan las tareas. Los adolescentes manifiestan el mismo cuadro sin tanta hiperactividad. Pero el hablar o actuar sin pensar dos veces también puede aparecer en la adolescencia como parte del temperamento o en otros contextos sintomáticos. En los adultos, explica Beraudi, existe un cuadro llamado “trastorno del control de los impulsos” que se manifiesta en el típico “día de furia” y que hoy puede ser medicado. La cuestión es poder diferenciar estos cuadros patológicos de la impulsividad típica del cerebro adolescente.

La era adolescente
Por primera vez en la historia, quienes tienen de 10 a 24 años son el grupo mayoritario en la población mundial, sumando 1.800 millones de jóvenes en el planeta. En la Argentina, según datos de Unicef, los adolescentes de 10 a 19 años suman 6,8 millones.
Conscientes del poder de los adolescentes en la era actual, tanto las empresas como los políticos los adulan y les venden objetos e ideas a cada segundo. Pero aunque sean los reyes del siglo XXI, con sus chiches digitales y sus tribus, los adolescentes no son inmunes a los problemas.
“Los sistemas de salud no acompañan el crecimiento y cuidado de los adolescentes como lo hacen con los niños”, reclamaron varios especialistas en la revista Lancet, poniendo de relieve los problemas que enfrentan muchos jóvenes actuales: desde el alcoholismo y la pobreza hasta el embarazo adolescente y las enfermedades de transmisión sexual.
Quizás el nuevo estudio del cerebro adolescente ayude a médicos y otros adultos a verlos con otros ojos, sin criminalizar sus acciones y comprendiendo que los jóvenes son producto tanto de su biología como de la época en la que viven.
“Hay una permisividad en la sociedad adulta actual”, reflexiona la socióloga argentina Mendes Diz. “Los padres mismos les compran alcohol a los adolescentes y les permiten ver cualquier cosa por televisión o internet. Quizá los adolescentes actuales no incurren en más comportamientos de riesgo que antes, sólo se los ve más”, desliza la investigadora.
Según la psiquiatra Ana Beraudi, “el estímulo excesivo dado por la cultura de la tecnología y el consumo, sumado al concepto de ‘no frustración’ por parte de padres y cuidadores, hace que los adolescentes busquen cada vez experiencias de mayor intensidad”.
Mendes Diz sostiene que habría que ofrecerles otros consumos a los adolescentes, tanto en los medios como durante los momentos de ocio. “Por ejemplo, se podrían abrir lugares alternativos al boliche durante la noche, para que vayan a nadar. Después de todo, lo que ellos quieren es divertirse en momentos donde no hay adultos alrededor, así que se puede conservar la nocturnidad sin estimular el riesgo”.
Para los casos más complicados de impulsividad, esos que vuelven locos a los profesores de la secundaria y trastornan la vida familiar, es posible un entrenamiento en la inhibición de los impulsos o, incluso, recurrir la terapia cognitiva. “Para poder ayudarlos, necesitamos conocerlos”, advirtió recientemente Anthony Lake, director de Unicef, quien reclamó estudios específicos sobre la salud de los jóvenes de 10 a 14 años, muchos de ellos marginados por la misma sociedad que los seduce en forma permanente.
EL GUARDIAN

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