Buika: la voz que anida soledades

Posted on 23 agosto, 2012

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“Soy ciempiés que camina porque tiene pies. Yo voy”, afirma la cantante Concha Buika, esa mujer morena de la carraspera en la voz a quien la mismísima Chavela Vargas definió como su “hija negra”.
Creció en un barrio gitano de Palma de Mallorca, nacida de un matrimonio de exiliados provenientes de Guinea Ecuatorial. Transcurrió su infancia entre la música flamenca que impregnaba las calles vecinas; las melodías africanas que entonaba su madre melómana, y las canciones de Chavela, una voz que desde temprano le enseñó a transitar soledades.
Con sus cuarenta años, esta cantante y compositora, que supo ganarse la vida en Las Vegas imitando a Tina Turner, lleva editados ya siete discos. En 2009, grabó junto con Chucho Valdés El último trago, un álbum homenaje a Vargas. El último de sus trabajos discográficos, En mi piel, es un compilado que incluye “Por el amor de amar” y “Se me hizo fácil”, dos de las canciones que interpretó en La piel que habito, el film de Pedro Amodóvar. “Esta ciudad [por Buenos Aires] tiene un tiempo muy particular, muy sui géneris. La música me encanta, con vuestros tangos y vuestras cosas, hemos crecido todos”, dice, mientras se quita las zapatillas.
En diálogo con La Nacion, la cantante que se asume sin defectos ni virtudes, habla de sus orígenes, de Chavela, su “madre blanca”, y de la hermandad artística que la une a Almodóvar.

-¿Qué pasó por tu mente cuando te enteraste de que había muerto Chavela?
-Estábamos en Angola, creo, cuando la hospitalizaron por primera vez. Y me asusté un poco. No me asustaba que se muriera, me asustaba que lo pasara mal, porque Chavela llevaba mucho tiempo queriendo marcharse, y yo creo que cuando las personas toman esa decisión hay que respetarlas. Y me sentí muy feliz cuando se fue. Yo no soy de llorar las muertes, soy de celebrar la vida. Me hubiera gustado mucho conocer a Chopin y no pude. Y la historia de la humanidad quiso que Chavela estuviera aquí con nosotros, que la pudiéramos vivir y todo el que quisiera la pudiera conocer; entonces no voy a llorar su muerte, voy a celebrar su vida, voy a celebrar que ha estado viva en el mundo en el mismo tiempo en que yo también he estado.

-¿Recordás la primera canción de ella que escuchaste?
-N4o la primera, porque mi madre ponía a Chavela desde que yo era pequeña. Mi mamá ponía mucho a Chavela para aprender de la soledad, porque Chavela era una gran embajadora de la soledad. Una de las primeras lecciones que me dio fue cuando a mí me trasladaron a Madrid para el primer disco. Yo me sentía muy «solona», porque yo soy de un lugar muy chiquito, soy de Mallorca, donde todo era muy familiar. Y entonces, cuando yo llegué a Madrid, la llamé, y le dije: «Ay, mamá Chavela, es que yo me siento muy solona». Y me dijo: «Ay, mi hijita, no sea tonta», porque era muy fina ella, muy cariñosa [ríe]. «La soledad para una mujer es fundamental, porque es la mayor de las libertades y es desde donde una mujer se puede construir sin ideas de otros.» Y me gustó escuchar eso.

-Creciste siendo la única niña negra en un barrio de gitanos, la soledad parece haber sido una marca en tu vida desde muy chica…
-Bueno, sí. Era la única niña negra en el barrio de gitanos, en la escuela, en el cine. Por entonces, no había inmigración africana en España. Creo que éramos una familia en la isla o máximo había dos. Y era muy extraño. Pero yo creo que la soledad es un concepto universal. Solos estamos todos. Eso es lo bonito, ¿no? Compartir soledades en vez de huir de ellas.

-La cultura gitana dejó sus huellas en tu camino musical…
-Sí, porque yo escuché flamenco de bien chiquita, en el barrio, con las rumbas y muchas de las músicas de ellos, porque era lo que se cantaba en el barrio. Las niñas gitanas son niñas que crecen en el barrio, muy pegadas a la familia. El único entretenimiento que tienen es cantar y tocar las palmas, porque no suelen ir a clubs, no suelen ir a fiestas. Entonces, yo crecí así, cantando música africana y música flamenca.

-Tus padres debieron exiliarse de Guinea Ecuatorial…
-Sí, mi padre fue un exiliado político… Yo recuerdo que mi infancia fue muy dura y muy divertida, dos conceptos que no suelen ir juntos…

-¿Qué te hizo dura y qué te hizo divertida?
-Los ochenta fueron años muy duros. Había mucha droga en la calle. Pero al mismo tiempo había mucha libertad; libertad que se saboreaba desde hacía poco tiempo. La calle en España se convirtió en una selva, donde podías ver y vivir cosas maravillosas, pero donde podías morir. Yo lo recuerdo como algo maravilloso y triste.

-¿Algo parecido a tu música, quizás?
-A mí me gusta mucho cuando me describís mi música, porque no os dais cuenta de que caéis en vuestra propia trampa. Muchas veces me han dicho: «Tu música es tan triste y tan melancólica», y yo digo: «¿Por qué estás triste y melancólico?». Yo no siento ninguna tristeza y no siento ninguna melancolía. Yo lo que siento es una catarsis maravillosa. Y siento que contándome una y otra vez la misma historia puedo poner a cada personaje en su sitio. Todos somos víctimas de víctimas y verdugos de verdugos. No pasa nada. Pero no nos olvidemos de que cuando tú escuchas algo, lo llevas a tu rincón de los secretos. Es de ahí de donde sacas la información para saber cómo te suena. Si tú estás escuchando tristeza y dolor no es porque lo canto.

-¿Te sentís hermanada artísticamente con Pedro Almodóvar?
Y si es así, ¿qué los une?
-Sí. Creo que nos hermana la constante necesidad de redirigir la luz a las cosas que nos interesan que se vean, para que nos veamos todos y dejemos de esconder los mismos secretos.

-¿Sos crítica de vos misma?
-No. No creo que tenga virtudes ni defectos. Yo soy ciempiés que camina porque tiene pies. Yo voy. Yo siento que desde el momento que descubres que eres buena gente, pa’ que te tienes que cuestionar.

-Ya grabaste con Chucho Valdés, ¿te sentís cada vez más atraída por la música de nuestro continente?
-Bueno, cuando grabamos con Chucho Valdés en La Habana fue muy bonito. Y luego, el haber girado por América latina ha hecho que yo sea más consciente y despierte a la música de ustedes y me está fascinando. Me está volviendo loca.

-¿Qué has escuchado?
-Ahora mi niño me está mostrando gente joven, como a él le gusta pinchar y ser DJ, me pone música joven y me descubre chavales jovencitos que están haciendo música muy fresca, latinoamericana. Los nombres no los sé, yo soy pésima para los nombres. Claro que venimos de épocas en las que había un elenco musical muy muy bestia, músicos muy buenos. Yo, por ejemplo, de aquí recuerdo mucho al «Loco» Spinetta. Me volvía loca. Loca. La poesía de ese hombre era infinita, maravillosa.

-Fuiste imitadora de Tina Turner…
-Sí, en Las Vegas, pa’ ganarme la vida, ahí viví dos años. Era imitadora de Tina Turner y luego tenía un show de The Supremes.

-¿Qué aprendiste del oficio ahí?
-Bueno, hay cosas que nos demuestran que somos seres infinitos. Que luego tú quieras hacer oídos sordos y seguir volcando tus ilusiones detrás de la vida de otros es cosa tuya. Pero hay experiencias en esta vida que realmente te demuestran que la mayoría de tus miedos no son tuyos, son de otros. Que tú realmente podrías llegar hasta el infinito y más allá. Yo nunca había trabajado tanto, nunca pensé que se pudiera trabajar tanto y el superar esa barrera, ese límite de fuerza me ayudó mucho, la verdad. Fue duro pasarlo, pero te hace muy fuerte. Ahora, un show dura una hora y media, cuando estoy muy emocionada, dura dos horas. Yo ahí cantaba desde las once de la mañana hasta las dos de madrugada. Y nunca pensé que las cuerdas tuvieran esa resistencia. Nunca pensé que la energía vital del canto pudiera llegar tan lejos.

-¿Cuál es tu medida de la vitalidad?
-La sonrisa. Cuanto más amplio sea tu arco de sonrisa, más vital te sientes. Si estás tristón, no tienes energía pa’ nada por más de que tengas 70 años o 25.

-¿Te interesaría vincularte con el cine desde la actuación?
-No sé. Yo la verdad es que no me lo planteo. Mi hermano es productor de cine, y yo escribo guiones, yo siempre he estado detrás. Prefiero estar detrás. Estar delante de la cámara me costaría mucho. He tardado muchos años en sentirme yo, no daría nada por intentar ser otra persona ahora. Me costaría muchísimo. Me siento tan bien en mi pellejo…

-En tu casa se escuchaba mucha música de Guinea también, ¿no?
-Sí, mucha música africana. Mi madre era muy melómana.

-¿Tu padre también?
-Sí, también.

-¿Viven ambos?
-Sí, que Dios lo quiera durante muchos años. A mi papá desde que tenía nueve años no lo volví a ver. El dijo: «Ahora vuelvo, ahora vuelvo. Voy aquí abajo», y nunca volvimos a verlo. Bueno, regresó 26 años más tarde a la puerta de lo de mi madre diciendo: «Tengo hambre» [ríe].

-¿Guardás rencores?
-No, ¿por qué rencores? Mientras las personas hagan lo que han querido hacer… Lo que es feo es que hagan lo que no quieren. Mientras las personas se vayan porque quieren, estará todo bien.
LA NACION