Tony Scott, un artesano del entretenimiento masivo

Posted on 1 septiembre, 2012

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Por Ezequiel Boetti
Quizás algún lector se anotició del suicidio del director Tony Scott durante el feriado sin saber muy bien de quién se trataba. Ese desconocimiento en gran parte del público cinematográfico tiene su lógica: si bien estuvo durante años en el centro de los grandes estudios de Hollywood, el realizador británico procuró durante toda su carrera poner la técnica al servicio del entretenimiento y el cine de género, allí donde mandan los nombres de las estrellas. Y Tony Scott contó con varias de las más fulgurantes de las últimas tres décadas: Tom Cruise, Bruce Willis, Denzel Washington, Kevin Costner, Brad Pitt, Robert Redford, John Travolta y Robert De Niro, por citar apenas algunas.
Pero Tony Scott lo hizo adosándoles a sus películas pequeños atisbos estéticos o temáticos que, a la vista de su veintena de films, permiten encumbrarlo quizá no como autor, pero sí como un notable artesano de historias tan simples y directas en sus premisas como culposamente disfrutables en sus desarrollos. Así, Scott supo ser el hombre detrás de varios emblemas de los ochenta o primeros noventa como Top Gun y Días de trueno, posicionándose así como uno de los blancos predilectos de la crítica especializada. Más aún cuando no hizo de la regularidad una virtud, alternando sin solución de continuidad films buenos, buenísimos y de los otros. Para colmo de males, vivió gran parte de su carrera a la sombra del prestigio de su hermano mayor Ridley, quien para 1982, cuando aún faltaba un año para que el menor debutara con el thriller El ansia, ya había dirigido ni más ni menos que Alien, el octavo pasajero y Blade Runner.
Hubo que esperar hasta la década pasada para que el “Scott malo” adquiriera una entidad autonómica a fuerza de la particularización de su trabajo visual, su enorme solidez en el arte de narrar historias y por esa ideología bastante cuestionable que empezó a atravesar su obra. Así, a mediados de los 2000 el hombre ya se había despachado con Juegos de espías, Hombre en llamas y –muestra constante de su irregularidad– su peor y una de sus mejores películas separadas por menos de un año: la imposible Domino y la notable Déjà vu. Paradoja del destino o simple casualidad, justo cuando alcanzó la depuración máxima de su estilo en ese ejercicio de cine puro y directo que fue Imparable, inclinando definitivamente la cancha a su favor, se suicidó en la madrugada del domingo. Las informaciones policiales aseguran que detuvo su auto en medio de un puente de Los Angeles, dejó una nota y se arrojó al vacío: como si fuera alguna de sus películas, pero sin el “last minute rescue”. Si bien aún se desconocen los motivos, diversos medios estadounidenses hablan de un tumor inoperable en el cerebro.
Nacido hace 68 años en Inglaterra, Tony Scott tuvo su experiencia cinematográfica cuando se puso al servicio de la cámara de su hermano para protagonizar un cortometraje. Egresado de la Escuela de Arte, procuró cambiar lentes y encuadres por pinceles y lienzos, pero el éxito de la productora de avisos publicitarios del futuro director de Gladiador le hizo reestructurar sus prioridades. Así, a lo largo de los ’70 y ’80 dirigió cientos de comerciales. La estética recargada, los planos de microsegundos y los cortes abruptos tan propios del arte audiovisual de crear necesidades donde a priori no existen serían marcas indisociables de su cine. Pero para eso faltaban varias décadas. En aquellos años, Ridley buscó consolidarse en Hollywood. Y vaya si lo logró: dirigió Los duelistas y Alien, el octavo pasajero, en 1977 y 1979, respectivamente.
Mientras tanto, el negocio publicitario quedaba a cargo del menor, quien lentamente empezaba a sentirse atraído por el cine. Más aún después de dirigir un film para la televisión francesa en 1975. La oportunidad llegaría a comienzos de los ’80. Con el nombre de su hermano ya mundializado, y luego de un intento fallido de adaptar Entrevista con el vampiro para la MGM, Tony ideó El ansia (1983), suerte de thriller matizado con tintes eróticos con David Bowie como un vampiro neoyorquino y una famosa escena lésbica entre Susan Sarandon y Catherine Deneuve. El fracaso de crítica y público lo obligó a retornar a los comerciales, hasta que unos años después le llegó la propuesta para una película de acción acerca de la rivalidad entre dos jóvenes e impetuosos pilotos de la Fuerza Aérea estadounidense. El título era Top Gun (1986), los protagonistas Tom Cruise y Val Kilmer, y fue famosa no sólo por su inmenso éxito de público sino también por la irreverente lectura que años después hizo Quentin Tarantino: “Es subversión a nivel masivo”, explicaba en una escena de Duerme conmigo (1994) que todavía hoy sigue haciendo furor en YouTube. “Es la historia de un hombre luchando contra su propia homosexualidad.”
El resultado en la taquilla –176 millones de dólares– catapultó a Scott a un inmediato reconocimiento de la industria, abriéndole las puertas para proyectos comerciales como Un detective suelto en Hollywood 2 (1987) y Revancha (1990). El thriller romántico protagonizado por Kevin Costner, Anthony Quinn y Madeleine Stowe fue un nuevo fracaso comercial, pero ese mismo año volvería a los primeros planos con otra historia de aventuras y romance, en este caso en las pistas de carreras norteamericanas. Días de trueno, otra vez con Cruise como piloto de alta velocidad es, además, un manifiesto de varias recurrencias del cine scottiano: la fascinación por lo mecánico y la disciplina al servicio del dominio y la previsión del comportamiento de la máquina. Son todas características que, en mayor o menor medida, se repetirían en varios de los films de Scott, sobre todo los de su última etapa, con Imparable como máximo exponente.
Los noventa continuarían con El último boy scout (1991), Escape salvaje (1993, un viejo guión de Tarantino que debió haber sido su primera película como director), Marea roja (1995), El fanático (1996) y Enemigo público (1998). La disparidad entre todas ellas muestra la capacidad de Scott para cambiar de género (de la comedia de acción al thriller, de ahí otra vez acción y al suspenso) sin el menor prurito. “Eso es lo que me emociona, porque me permite educarme y entretenerme con mundos que normalmente no podría tocar. Y encima me pagan bien por ello, así que es divertido”, argumentó en 2008. La frase deja entrever su acepción de cine: un arte, sí, pero también un trabajo. Se trata, entonces, de una obligación laboral que, con un poco de esfuerzo y sapiencia, puede dar como resultado productos por encima de la media. Esto es: películas entretenidas y construidas con el fin máximo de contar una historia.
Luego de la pasada de rosca que en 2005 significó Domino (como diez de cada diez cosas que generan placer, la sobredosis de películas de Scott es perjudicial para la salud), llegó el turno de Déjà vu (2006), fábula hitech –los laboratorios informáticos y de control fueron la obsesión de la versión más crepuscular del realizador– sobre la posibilidad de manipular coordenadas de espacio-tiempo, cuyo punto máximo es la persecución simultánea en dos temporalidades. Le siguieron Rescate del Metro 123 (2009), la producción de algunas series (Numb3rs, en la que además dirigió un capítulo) y su última –y, para este cronista, su mejor– película, Imparable (2010). Aquí se agrupan en su máximo esplendor todas las variantes de su cine: una premisa básica planteada a los dos o tres minutos (un tren descontrolado al que deben parar), la fascinación visual por lo férrico traducida en los planos maravillados ante la imponencia del convoy (como en Reto a muerte, de Spielberg, el villano es una máquina), el trabajo manual como el único capaz de posibilitar soluciones, personajes enfrentados trabajando juntos en pos de un objetivo macro. Y entre medio de ellos, el tren. Un medio de transporte que –bien administrado y correctamente mantenido– genera la alegría cotidiana de un viaje realizado en tiempo y forma. Lo mismo que ir al cine a ver una de Tony Scott.
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