Como una colmena, por el bien común

Posted on 7 septiembre, 2012

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Por Luis Aubele
En 1930, en Buenos Aires, y en medio de una crisis que asolaba al mundo, el escritor Carlos Bernardo González Pecotche se preguntaba angustiado cómo encontrar un camino para ayudar a superar la crisis. “La respuesta fue la creación de la logosofía, ciencia humanística que tiene como principio construir un camino de evolución para mejorar la vida de los hombres. Partiendo de la base de que cuando uno mejora internamente (como padre, madre, compañero, amigo, esposa, empleado, profesional, etcétera), este cambio será desencadenante de otros cambios importantes a nivel social”, explica Mabel Landa, directora del Instituto González Pecotche, colegio que depende de la Fundación Logosófica, entidad sin fines de lucro creada en 1930 por el educador y humanista Carlos Bernardo González Pecotche.

Lo sensible. “Un gran aporte de la logosofía es la concepción del ser humano como ser biopsicoespiritual, y también que tanto el conocimiento propio como el del mundo no es una aproximación sólo intelectual, sino también sensible, un conocimiento que va más allá de lo meramente racional, y ésa es una de las cosas que apuntamos a desarrollar en nuestros colegios”, agrega la psicóloga Matilde Heras, rectora del colegio secundario de la misma institución.

Valores en la práctica. “La pedagogía logosófica se inicia en 1960, durante un Congreso Internacional de Investigadores de Logosofía, cuando González Pecotche propone pensar un anteproyecto de escuela primaria, donde los chicos se desarrollen no sólo intelectualmente, sino, fundamentalmente, como personas. Hablamos del desarrollo de aspectos éticos y de valores morales, pero no sólo desde un punto de vista teórico. Esto es algo que se vive en el ambiente de la escuela, un espacio caracterizado por el afecto, por el respeto y donde los valores se llevan a la práctica a través de proyectos concretos”, sigue Heras.

Aprendizaje generoso. “Pecotche pensaba que el aprendizaje era algo para compartir con los demás, lo denominaba aprendizaje generoso. Entonces es frecuente que los alumnos del secundario enseñen a los más chicos. Por ejemplo, el año pasado fue el Año Internacional de la Química, y los grandes vinieron a enseñarles química a los chicos. Así, dentro de la escuela se generó una corriente de afecto y de aprendizaje”, apunta Landa. “Hay muchos otros ejemplos: cuando los más chiquitos aprenden a leer, les decimos que los vamos a llevar al jardín para que les lean algo a los que todavía no saben leer, y esto hace que la lectura cobre un sentido afectuoso y distinto”, agrega Heras.

Mismos problemas, distintas soluciones. Por otra parte, en el instituto se viven los mismos problemas que en la mayoría de las escuelas, aunque sus docentes tratan de resolverlos de manera diferente. “Un tema es la disciplina, algo preocupante para todos: chicos, docentes, familia. Tratamos de resolverlo a partir del diálogo, haciendo que el chico reflexione y tome conciencia de su protagonismo, de su responsabilidad, y que si hubo alguna dificultad pueda afrontarla, superarla y entender la necesidad de un cambio para que no vuelva a pasar”, sigue Heras.
Puentes. Para las profesoras, el diálogo con los chicos es uno de lo momentos que más disfrutan. “Hemos logrado que nos vean como puentes que los ayudan a crecer, a ahuyentar fantasmas. Aparecen cosas muy tiernas, porque se están despidiendo de la niñez y se producen sentimientos y situaciones inciertas, pero perfectamente naturales: es normal que a un chico le guste jugar todavía con su autito preferido mientras le gusta la chica del otro grado. No somos una amenaza, somos guías, facilitadores para crecer y resolver problemas.”
LA NACION

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