Un simple acto de contrición basta

Posted on 8 septiembre, 2012

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Por Graciela Melgarejo
Borges viene siempre al rescate cuando se trata de dar ejemplos de buen decir en la maravillosa lengua que nos acuna, el español.
Claro que no siempre nuestro gran escritor fue comprendido en todo el mundo hispanohablante. A propósito de una recomendación de Fundéu, que desarrollamos más abajo, un ejemplo de cómo con la mejor intención se pueden cometer erratas (o errores). En 1984, se publicaron en España las Obras Completas de Borges en Círculo de Lectores. En el final de uno de sus cuentos más conocidos, y más bellos, “El jardín de senderos que se bifurcan“, la frase final, de antología, figuraba así: “No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contribución y cansancio”. Pues no, no había habido ninguna “contribución” de parte del narrador (Yu Tsun), porque la frase original, la que escribió Borges desde luego, es: “No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio”.
El ejemplo vale, entonces, porque Borges sí sabía de qué se trataba cuando usó la palabra contrición. Efectivamente, un último e-mail de Fundéu avisa sobre el uso inapropiado de esta palabra relativamente frecuente: “Contrición, y no contricción, es la forma apropiada de escribir esta palabra que indica ‘arrepentimiento’, y su adjetivo correspondiente es contrito. Sin embargo, a menudo se puede ver en los medios, probablemente por su cercanía a la palabra constricción, la forma inadecuada contricción: «Sin hacer el mínimo acto de contricción, el fútbol argentino comienza su próximo torneo», «La prensa española se congratuló el jueves del acto de ‘contricción histórico’ del rey Juan Carlos».
Fundéu termina su aporte con una cita de autoridad: “Según el Diccionario panhispánico de dudas lo adecuado es escribir este término con una sola c, de modo que en los ejemplos anteriores lo propio hubiera sido decir «acto de contrición»”.
Habrá que coincidir, entonces, con el profesor Felipe Zayas (@fzayas), que en un tweet reciente escribía: “A veces me pregunto si tanta herramienta #TIC no nos distrae de lo fundamental: en #lengua, aprender a participar en prácticas discursivas”.
Por supuesto, Internet sí hace aportes fundamentales. Los interesados en oír y ver las recomendaciones de Fundéu pueden ir a YouTube, http://bit.ly/KtyCgL, y disfrutar de los por ahora doce videos, muy didácticos, sobre algunos de los últimos temas tratados también en esta columna.

Un país plurilingüe
¿Una cortina de palabras? Sí, una cortina de palabras: por ejemplo, una en español (“sol”) y otras tantas que son su traducción a nueve lenguas aborígenes (mocoví, pilagá, qom, chorote, nivaclé, wichi, vilela, tapiete y ava-guaraní), escritas en tablitas. Así hasta formar una cortina completa, de techo a piso, que se puede atravesar una y otra vez, como en un juego.
Esta “cortina” está expuesta hasta fin de año, en el Museo del Libro y de la Lengua (Avda. Las Heras 2555). Integra la muestra “Chacu: multitud de naciones. Lenguas indígenas en el Gran Chaco argentino”, en el subsuelo del edificio que completa, sobre Las Heras, el conjunto de la Biblioteca Nacional, realizado por los arquitectos Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga.
El Gran Chaco -se recuerda en el catálogo- “es una región que incluye zonas de Brasil, Paraguay, Bolivia y Argentina. En ese territorio se hablan más de 32 lenguas”. El Gran Chaco argentino ocupa las provincias de Formosa, Chaco, Salta, Santa Fe y Santiago del Estero, la zona en donde está la mayor concentración de pueblos indígenas del país, y allí residen los nueve que hablan las lenguas antes mencionadas.
La Argentina es un país plurilingüe, en donde se hablan con distinto grado de vitalidad quince lenguas indígenas americanas -el wichi tiene el mayor número de hablantes, y el qom es una lengua amenazada-, además del español y las lenguas de inmigración. Distintas cosmovisiones del mundo, con riqueza lingüística y cultural, que ahora podemos apreciar mejor.
LA NACION