¿Ahora hay que leer a Tomas Tranströmer?

Posted on 15 septiembre, 2012

0


Por Marisa Avigliano
El día del anuncio, siempre un jueves, un escritor del planeta Tierra tiene la casa rodeada de periodistas y fotógrafos, canales de televisión intentan transmitir en vivo desde el vestíbulo para mostrar cómo se abre la puerta que nos dejará ver la cara del elegido (al que habrá que leer urgente) posando desde el umbral; como si se tratara de la escena navideña de una película hecha por encargo pero esta vez con un muérdago diferente: una silueta letrada, la poderosa antesala de la biblioteca pretendida. Quien este año esperó detrás de la puerta fue Tomas Tranströmer, el poeta sueco que el pasado 15 de abril cumplió 80 años y cuyos libros se agotaban -sin necesidad de laureles famosos- con asonante prisa en su propia tierra. Allí estaba Tomas en su jueves, con su saco de lana gris y su bastón buscando equilibrio entre abecedarios y mirando a la cámara. Un cameo tardío lo mostraba sentado frente al piano tocando Haydn sólo con la mano izquierda (aunque definitivamente ése no era un día negro, como lo era el de su “Allegro”: “ Toco Haydn después de un día negro/ y siento un sencillo calor en las manos./ (…) meto las manos en mis bolsillos Haydn/y finjo ser alguien que ve tranquilamente el mundo./ Izo la bandera Haydn -significa./ “No nos rendimos. Pero queremos paz”) porque el piano es, desde 1990, cuando un derrame cerebral dejó paralizado el lado derecho de su cuerpo, su lápiz nuevo, su otra máquina de escribir.
Acompañado por Monica Bladh, su mujer desde 1958 y su voz pública desde la afasia, Tomas agradecía con monosílabos elogios y cortesías mientras -entre pausas que develaban conocer todas las respuestas- era ella la que traducía las emociones del Nobel reciente.
Hijo de una maestra y un periodista (su 
madre murió cuando Tomas era un niño, y su padre se había ido de casa mucho antes), empezó a escribir poemas -dejó de hacerlo definitivamente en 2004 con la publicación de 45 haikus reunidos en El gran enigma- cuando era un chico “anónimo”, rodeado de “enemigos” escolares en los claustros bergmanianos del Södra Latin. A los 23 años publicó su primer libro 17 poemas (17 dikter) mientras estudiaba Psicología (años después fue terapeuta en la cárcel juvenil de Roxtuna). Ya en los setenta explicaba que para él era evidente ver una relación íntima entre sus dos pasiones, la poesía y la psicología “…por más que no sea sencilla de ver. Cuanto uno escribe es la expresión de una experiencia oculta. Y los problemas del mundo están muy presentes en lo que escribo, aunque no siempre de un modo directo”. Poética definitiva y personal que buscó siempre indagar en el enigma de la identidad individual y en el laberíntico enigma de la naturaleza, como si una conversación perpetua empezara en un rincón, continuara en otra constelación y llegara puntual a una sala de espera. Un festín visual que la Academia definió como un don y le sirvió como argumento de la elección: “A través de sus imágenes condensadas y translúcidas, aporta un fresco acceso a la realidad”. O como dijo su compatriota, el poeta Lasse Söderberg, un conocedor de las relaciones dispersas de las cosas, de la alquimia de las piedras y del mundo velado. Los poemas de Tranströmer (traducidos a más de 50 idiomas y editados en español por Nórdica en dos volúmenes El cielo a medio hacer y Deshielo a mediodía) provienen siempre de una membrana de la vigilia que prorrumpe mientras la otra duerme como si no compartieran otro lugar que el de escribir desatadamente mientras se sueña. Como si en los sueños menos estimados, en los nunca elegidos, hubiera escrito “Báltico” (su poema más largo y su premonición más perturbadora -lo escribió 26 años antes de su hemiplejia-). “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, solo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas. Así, no lo alcanzan ni el ascenso ni la condena./Pero la música permanece, sigue componiendo en su propio/estilo”.
Sus palabras poéticas -elegidas en la economía de lo concreto- no se enfrentan al conjuro ni al hechizo, todo lo contrario, los ostentan floreadas con la claridad de lo vertiginoso, de lo que nos abisma. La fortaleza y el enigma resisten en sus versos como talismanes infalibles ante sus temas recurrentes: el amor y el desamor, el dolor, la ausencia, el paso del tiempo y la muerte.
Lejos del perfil político que ostenta su antecesor peruano, Tranströmer fue a mediados de los años cincuenta, blanco de acusaciones: “demasiado Horacio y poco Marx”, decían sus contemporáneos críticos. Tomas Tranströmer, el poeta, el traductor, el psicólogo, había elegido un sendero mucho menos exhibicionista y definitivamente sometido al discreto encanto de la lírica. La Academia sueca antepuso ese perfil para celebrar su 110 aniversario.
Ganó la poesía, decían algunos de los titulares cuando el nombre de Tranströmer amanecía en Buenos Aires. Le daremos prioridad al tiempo presente y dejaremos que la voz sueca sea la primera de la fila en una lista de lecturas que quizás pudo ser cronológica y haber empezado en la adolescencia con Homero, hasta llegar quién sabe… hasta T. S. Eliot. Será así entonces y, como escribió Cyril Connolly, “desde aquel momento sólo he tenido que hacer sitio a unos cuantos contemporáneos como Auden, Lorca y Dylan Thomas”, habrá llegado en este octubre -y antes de volver a Homero- el turno de leer a Tranströmer para encontrar su gran poema, ése que siempre -según decía Borges- se puede mejorar fácilmente. El malo, no se mejora nunca.
REVISTA DEBATE