Maravilla, del hambre en Claypole a los millones de Las Vegas

Posted on 18 septiembre, 2012

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“A los 17 años, le decía a un primo: ‘cuando yo sea campeón del mundo del Consejo Mundial de Boxeo, voy a brindar con una botella de champagne'”. Antes de poder votar, Sergio Martínez no era siquiera boxeador, pero ya soñaba en grande. “Algunos le dicen delirio de grandeza, pero yo siempre lo llamo… sueños”. El recuerdo de su juventud fue una de las perlas que dejó la entrevista que realizó este año en Animales Sueltos, el programa que conduce Alejandro Fantino. Ahí, “la historia del boxeador que le hace comer el amague al estereotipo”, como bien lo describieron en la revista Rolling Stone, salió del mundo del boxeo y traspasó la pantalla. 

Todos descubrieron a Maravilla y empezaron a sentir admiración por el hombre de los anteojos de moda, un acento que lo deja a mitad de camino entre madrileño y californiano y una facilidad para la palabra que se puede equiparar con la simpleza con la que le lanzó cada golpe a Julio César Chávez Junior . Este año fue el de la popularidad y la medianoche del domingo 16 de septiembre fue la confirmación. En Las Vegas, lo siguieron unos 3 mil argentinos. En la Argentina, el rating de la TV Pública trepó casi hasta los 30 puntos a la 1 de la mañana. Allá, no faltaron los periodistas especializados, ni Susana Giménez. Tampoco pegó el faltazo el mediático Matías Alé, de impecable saco blanco a rayas y camisa negra. En Las Vegas, el crisol de personajes que se acercaron a verlo también tuvo turistas y residentes. “Ponelo al Chavo”, gritaron todos juntos en la ciudad del pecado, cuando el cinturón del mexicano Chávez ya estaba en poder de Martínez. 

Maravilla juntó a todos. Ciudadano del mundo, parece que no es de acá ni de allá, pero es de todos. Nació en Avellaneda, vivió en Quilmes, después se mudó a Claypole y hace más de una década que su residencia se divide entre España y Estados Unidos. Del hambre que pasó cuando salió a trabajar junto a su padre a los 14 años, quedan pocos rastros. Aunque él no lo olvida, como para no caer en las mismas tentaciones que en las que cayeron varios de sus colegas. 

Aspirante a futbolista, se dio cuenta que en el boxeo iba a ser campeón porque dependía sólo de él. Las crónicas hablan de un goleador con algunos problemas de disciplina, mientras que desde su familia rescatan que “como jugador es un gran boxeador”. Igual, no baja la guardia con la pelota y lo deja en claro a cada paso: cuando llegó a Las Vegas para enfrentar al mexicano Chávez Junior, se paseó con la camiseta de River. Además, se reconoce un estudioso del boxeo y admite repetir hasta 3 mil veces un movimiento en el gimnasio para naturalizarlo. Por eso, dice ser más obsesivo que Marcelo Bielsa. 

Zurdo, de 1.78 de altura, 72 kilos y 37 años, Maravilla golpeó las puertas de la fama mundial con su KO a Paul Williams en 2010 y rompió todos los límites en la seguidilla Barker, Macklin y Chávez. Pero él no se detiene en lo que pasó en las últimas horas, mientras espera recuperarse de una fractura en la mano izquierda y del esguince de rodilla que quedaron como secuelas del duelo ante el hijo de la leyenda. Sabe que “la vida del campeón es una mentira” y que tanta repercusión puede ser fugaz. Por eso, aprovechó cada segundo de este año y dividió su duro entrenamiento con las entrevistas televisivas, radiales y gráficas y su efímera participación en Bailando por un Sueño. 

En el programa más popular de la TV nacional, fue “salvado por la campana” en la música disco y pasó sin pena ni gloria por el reggaetón. Después, lo reemplazó Alexander Caniggia, el hijo de otro crack. Igual, fue el paso que le faltaba para ser aceptado por todos y para llegar a la etapa final de la preparación con un estado físico “muy bueno”. Su entrenador Pablo Sarmiento lo destacó la semana pasada, en una entrevista con canchallena.com . Compañeros de equipo, también compartieron el duro trabajo de ser custodios de boliche, cuando los euros no alcanzaban para vivir en España. 

De su primera pelea en Las Vegas, hace 12 años, sólo tiene un mal recuerdo. Un KOT en el séptimo round fue lo de menos en un viaje en el que se volvió con 900 dólares, cuando la bolsa estaba cerca de los 30 mil y alguien se habría quedado con algo más que una diferencia de cálculos. De esos años en los que comía de lo que le daban en la puerta de una iglesia, sólo queda la imagen en su memoria. Ahora, como campeón, y ante los ojos de los norteamericanos que apostaron sus dólares al pay-per-view de Martínez-Chávez, la historia es otra. ¿Lo hizo gracias a ser un virtuoso? Puede ser. ¿Fue gracias a su técnica? Es posible. ¿Marcó la diferencia con un físico privilegiado? Capaz. ¿Tuvo suerte? Seguro que no. Amigo de la “causalidad”, no cree en el azar. “Todo nace de un sueño y el corazón te impulsa a lograrlo. Todo es cuestión de proponérselo”, repite una y otra vez desde los diferentes videos que coparon la parada en Youtube. Hace 20 años, puso su deseo sobre la mesa. El champagne del vestuario del Thomas & Mack Center quedará como uno de los pocos testigos del festejo íntimo de un campeón que sólo necesitaba que su dominio tenga carácter oficial. 

CANCHA LLENA

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