Cuando los paisanos fueron a la guerra

Posted on 24 septiembre, 2012

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Por Ema Ciboti
Los aniversarios históricos permiten realizar planteos y buscar las evidencias en el pasado recordado. Por eso vale considerar hoy, al cumplirse el Bicentenario de la Batalla de Tucumán, qué es lo que reverbera de esa histórica jornada, anticipada por el Éxodo Jujeño y afianzada por la Batalla de Salta (20 de febrero de 1813), tres momentos de un mismo proceso que tuvo a Manuel Belgrano como gran protagonista. Advierto más de una posibilidad para sembrar de presente la celebración y desanudar los interrogantes que arroja.
La primera es la búsqueda de reconocimiento para las provincias del NOA por su decisiva contribución a la Independencia, un propósito que mantiene el Foro Histórico del Bicentenario del Norte Argentino, que integran historiadores y legisladores nacionales y provinciales de Salta, Jujuy y Tucumán. Los firmantes de un reciente documento sostienen un común denominador “en la cultura, el turismo, la producción, las costumbres”. Esta apelación a la identidad regional queda también subrayada en el Acta de Declaración y Compromiso por la Gesta Bicentenaria del Norte Argentino, firmada por los gobernadores de las provincias mencionadas, que expresa la necesidad de trabajar por “un país federal con políticas regionales que respeten la libertad, fraternidad e independencia de las regiones que la componen”.
Apelar a la perspectiva regional sirve para contrarrestar cualquier visión parcial de las conmemoraciones a fecha fija, y como enfoque, cabe agregar, ha sido incorporado desde hace tiempo a los estudios históricos del período independiente. La escala regional captura mejor la dimensión espacial y social de estos hechos, que aparecen muy fragmentados y descontextualizados si los miramos en el mapa de la división político-administrativa posterior.
Ahora bien, más allá de esta puesta en común con la historiográfica, el acta alude a un propósito que ha sido siempre un nudo de tensión para la política argentina y que hoy se manifiesta en el conflicto -algunas lanzas provinciales ya han asomado- alrededor de las atribuciones del federalismo, que involucra la relación entre las provincias y la Nación.
La cuestión nace en un pasado más que centenario, reactualizado también por los gobernantes del siglo XX, que siguieron las huellas del primer gobierno de Julio Argentino Roca (1880-1886), empeñado en debilitar el federalismo y las autonomías provinciales en beneficio del poder central.
Es difícil imaginar que la actualización del pasado histórico del NOA permanezca ajena a este tipo de cuestiones. Aunque la celebración del Bicentenario de la Batalla de Tucumán se inscriba en una clave de reivindicación territorial y política, como lo afirma expresamente el acta firmada por los gobernadores, no hay barreras suficientes para atajar este problema. Si hubiera voluntad de hacerlo, ¿podría la regionalización resultar un espacio apropiado para desplegar mejor la resistencia contra el centralismo gubernamental? Aun cuando la afinidad partidaria en el seno del kirchnerismo lo haga parecer impensable, ¿resultaría factible para el Foro del NOA enlazar la identidad política regional sin confrontar en algún momento con el Poder Ejecutivo Nacional y su característico presidencialismo?
Hay otras lecturas para significar este Bicentenario. Rendimos tributo a los patriotas de la ciudad de Tucumán y a los pueblos de toda la región a partir del registro que el propio Manuel Belgrano nos legó sin necesidad de reescrituras posteriores. Porque él fue el primero que interpretó los hechos que lo tuvieron como protagonista. Comprendió las nuevas condiciones que imponía la Revolución y miró al país profundo, preocupado por el rechazo popular frente al paso de sus tropas que detectó, desde Rosario hasta Jujuy, entre febrero y mayo de 1812. Las poblaciones sufrían las consecuencias de la guerra contra los realistas. El costo social del conflicto era muy gravoso para quienes lo padecían inermes, y entonces Belgrano los movilizó para que defendieran la integridad de sus territorios incluyéndolos en la lucha.
Todos los historiadores del siglo XIX, Bartolomé Mitre, Mariano Pelliza, Vicente Fidel López, Andrés Lamas, reconocieron en aquellas jornadas el papel central del “patriotismo de los pueblos”, una expresión de esa época. Y además todos transcribieron los preparativos que rodearon esos acontecimientos que sin duda constituyen uno de los capítulos mejor documentados de las guerras de la Independencia. Es curioso que una mirada muy posterior en el tiempo, como la que podemos hacer hoy, no tenga mucho más que agregar a lo que los contemporáneos describieron. La carga de la caballería gaucha fue un hecho tan inesperado como notable y aparece en todas las crónicas posteriores.
El ensayo de Belgrano comenzó en la Quebrada de Humahuaca, que era el camino obligado al Potosí, en el Alto Perú. Allí Juan Ramón Balcarce, siguiendo sus órdenes, logró organizar el primer núcleo de la futura caballería paisana con la incorporación de los habitantes de la Quebrada, y esto cambió el sentido de la lucha. Antes el lugar había sido considerado sólo una zona de paso, pero para los lugareños era mucho más que el suelo que pisaban; el bello y colorido paisaje no era un simple e inmutable decorado, allí vivían e interactuaban con su medio. Belgrano lo convirtió en un baluarte y convocó a los lugareños para defenderlo. Fue el primer acto de lo que siguió en Tucumán.
El 24 de septiembre, al sudoeste de la ciudad, en el Campo de las Carreras, Belgrano esperó al general realista Pío Tristán con una fuerza militar muy inferior a la fuerza enemiga. En el medio ubicó a los 800 infantes y desplegó la caballería sobre las dos alas. La de la derecha, comandada por Juan Ramón Balcarce, incluía a los paisanos de a caballo, vestidos con ponchos de colores y armados con lanzas, cuchillos, lazos y bolas, que habían llegado de Salta, Jujuy y Santiago del Estero para unirse a los locales de Tucumán. Cuatrocientos hombres que, a carrera tendida y golpeando con las riendas los guardamontes de cuero, dieron alaridos de valor mientras galopaban en línea junto al cuerpo de Dragones, compuesto de veteranos disciplinados.
La batalla fue ganada incluso contra todos los pronósticos del gobierno del Triunvirato. Belgrano exigió una promoción general para todos los oficiales y suboficiales y no demoró su elogio para los soldados y el paisanaje. Pidió distinguir a la tropa con la inscripción: “Vencedor de los tiranos”.
¿Qué es lo que reverbera hoy de este gran acontecimiento? Por cierto, la posición de Belgrano desobedeciendo al Triunvirato (al negarse a bajar hasta Córdoba) es un hecho subrayado. Pero él no se implicó y dejó las especulaciones políticas para otros; mantenía con Rivadavia, secretario de Guerra del Primer Triunvirato, una franca amistad que esta disidencia no logró romper.
Las páginas de su Autobiografía no dan aliento a las interpretaciones anacrónicas. Es muy directo para expresar sus puntos de vista, y advierte: “Es preciso no echar jamás mano de paisanos para la guerra, a menos de no verse en un caso tan apurado como el que me he visto”.
Esta significativa aceptación de las nuevas tensiones sociales que ponía en juego el proceso militar de la Independencia no era tan fácilmente observable en la época. No todos estaban dispuestos a considerar el valor del esfuerzo social, que amalgamaba energías incluso por encima de las diferencias regionales y de las injustas desigualdades. A todo esto había que sumar el desplazamiento de los paisanos, que por cierto empezaban a mezclarse en las filas del Ejército del Norte, un dato relevante pocas veces considerado.
Pero de las reservas de Belgrano hacia ese nuevo actor social que ingresaba “decidido” en el campo de la Revolución, propias de un hombre muy atento a la disciplina militar, se dice hoy todavía menos. Claro, suena políticamente incorrecto.
LA NACION