La gran batalla de la confusión

Posted on 24 septiembre, 2012

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Por Daniel Balmaceda
Si hay un enfrentamiento de la guerra de la independencia que merece un cuadro, una marcha, una película y un Oscar, es la batalla de Tucumán. Pero lo que suele saberse -en forma masiva- no supera estos dos o tres datos: Belgrano se hizo cargo de un Ejército del Norte en retirada, desmoralizado y acosado por las tropas realistas. Se cedió Jujuy -éxodo mediante- en el más grande sacrificio que haya realizado un pueblo de nuestra tierra. Con la voluntad enérgica de los tucumanos, Belgrano y sus hombres dejaron de retroceder y presentaron batalla, hace exactamente 200 años, el 24 de septiembre de 1812 a las 8 de la mañana. Se enfrentaron 3000 experimentados realistas a 1800 patriotas, en su mayoría novatos. Hasta ahí, el conocimiento clásico. Conozcamos algo de su colorida historia.
En los instantes previos, Belgrano recorría el campo montado en un rosillo. El estampido de un cañón asustó al caballo y lo derribó. Fue la primera rodada, pero sin consecuencias, salvo por el hecho de que entre la paisanada el accidente fue tomado como un mal presagio.
Por la polvareda no se veía nada. Además, una manga de langostas cruzó el campo en medio del combate. Los soldados recibían impactos en el cuerpo y la cara, pero no eran balas, eran langostas. ¿Acaso algo podía hacer más crítica la escena? Sí. No había cómo diferenciar los uniformes de cada bando ya que los dos usaban diseños similares o directamente ninguno.
La confusión hizo que el oficial patriota Julián Paz fuera tomado prisionero ¡por hombres de su bando! Su hermano, el teniente José María Paz (que luego quedaría manco, más adelante ascendería a general y terminaría siendo recordado en la General Paz, que es doble mano), también vivió un momento de desconcierto. Mientras atravesaba un descampado para cumplir con un encargo, se topó con un soldado a pie y le preguntó a qué ejército pertenecía. El hombre le respondió “al nuestro”, porque tampoco tenía idea de quién era su interlocutor. Paz insistió. El soldado repitió: “Al nuestro, señor”. Paz sacó su pistola, apuntó al hombre y le dijo: “Hable usted la verdad o lo mato”. El soldado alzó las manos y retrocedió asustado, pero su paso de cangrejo fue con intenciones de alcanzar su fusil que estaba tirado en el matorral. Tomó el arma y comenzó a cargarla, en un proceso que demoraba unos diez segundos. Paz se apuró a disparar su pistola, pero la bala se trabó. El soldado gatilló su fusil, tampoco le funcionó. Ninguno de los dos tuvo tiempo de pensar una próxima jugada porque irrumpió el capitán Apolinario Chocolate Saravia, quien tampoco tenía todas las certezas, pero podía dar fe de que Paz era su camarada. Por eso degolló al soldado con su cuchillo. Por las dudas. Saravia y Paz se abalanzaron sobre el cadáver para sacarse la duda. Revisaron sus papeles. ¿Y? ¿A qué bando pertenecía el desdichado? Al ejército realista.
Al concluir la batalla fueron tantas las confusiones, que ni Tristán ni Belgrano sabían quién había vencido. Luego se supo: las armas de la Patria obtuvieron la victoria.
LA NACION