Maravilla Martínez: boxeo y destino

Posted on 27 septiembre, 2012

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Por Ezequiel Fernández Moores
Victoriano, violento y escandaloso, John Sholto Douglas podría iniciar la lista de los personajes. El Marqués de Queensberry, como se conoce al hombre que inventó sus reglas, en 1891, envió a prisión a Oscar Wilde porque el escritor era amante de Bosie, su hijo menor. El marqués sufrió el suicidio de un hermano que se cortó la garganta en un hotel de Euston; la muerte de su padre, que se disparó en plena cacería, y la de su hijo mayor, Drumlanrig, por un desenlace violento del amorío que el joven tenía con lord Rosebery, ministro de Asuntos Exteriores y primer ministro de la reina. A él terminaron echándolo de la Casa de los Lores después de un divorcio escandaloso. Sus célebres reglas hicieron legal lo que era un delito. El ritual de la lucha, igualmente, podía más que la prohibición. En Buenos Aires, las elites porteñas combatían en la Casa del Ángel, en el barrio de Belgrano. La primera pelea, dice la crónica, acaso arbitraria, fue en 1896. Jorge Newbery, uno de sus protagonistas, fue esgrimista, remero, tirador, rugbier, nadador, futbolista, ingeniero y aviador. Cajetilla y popular, Newbery boxeó también de contrabando en el Mercado de Frutos contra marineros y compadritos. Y en 1903 presentó la primera pelea de boxeo profesional, en Avenida de Mayo al 1100. El boxeo seguía prohibido en Buenos Aires, pero el reloj de ese combate fue controlado por Francisco Beazley, jefe de la policía porteña.
La prohibición se levantó en 1924. Fue en reconocimiento a Luis Ángel Firpo, por su mítica “Pelea del siglo” ante el campeón Jack Dempsey. “El Toro Salvaje de las Pampas” se repuso de siete caídas y en ese mismo primer round sacó del ring al “Asesino de Manassa”, que subió con ayudas y después de entre 14 y 17 segundos y lo noqueó en la vuelta siguiente. Tenía que ganar Dempsey, noveno de once hijos de un cosechero y vendedor ambulante del ferrocarril que aprendió a combatir de niño y convirtió el boxeo en un deporte millonario. En 1910 hubo otro “combate del siglo”. Jack Johnson noqueó en Reno, Nevada, a Jim Jeffries, “la gran esperanza blanca”. Pero el triunfo del formidable campeón negro provocó disturbios racistas y hasta el presidente Theodore Roosevelt intervino para que no se difundieran las imágenes del combate. La Norteamérica blanca no toleró que el rey de los pesos pesados fuera negro. Dempsey, que se negó a defender luego su corona contra boxeadores negros, sí explotó las imágenes de su combate contra Firpo, acaso el más espectacular de la historia. La pelea se celebró ante unas 90.000 personas en el Polo Grounds de Nueva York, el 14 de septiembre de 1923. Hoy, casi 90 años después, el escritor Carlos Piñeiro Iñíguez, que dentro de unos meses publicará el libro Luis Ángel Firpo soy yo , ve un curioso paralelismo entre Firpo y el boxeador del momento en la Argentina, Sergio Maravilla Martínez. Uno levantó la prohibición. El otro sacó al boxeo de su ostracismo.
Las historias de mafia, monopolios y arreglos de los primeros años no opacaron los nombres míticos de Joe Louis, Sugar Ray Robinson o Rocky Marciano, ni los siguientes de Muhammad Alí, Sugar Ray Leonard, Roberto Mano de Piedra Durán o Mike Tyson. Pero las organizaciones (que crecieron de dos a una decena), las categorías (de ocho a diecisiete), los promotores como Don King y la TV de pago multiplicaron títulos, y los campeones, antes figuras globales, perdieron legitimidad. El boxeo argentino, lejos de las primeras veladas paquetas de Belgrano, pero también de campeones populares como Pascual Pérez, Carlos Monzón, Nicolino Locche o Víctor Galíndez, acusó el impacto. “El boxeo argentino -criticó a la dirigencia el periodista Julio Ernesto Vila en su libro El boxeo y yo , de 2011- no existe en la actualidad. No tiene presente. Y mucho menos futuro.” ¿O acaso fue sólo la crisis de 2001 lo que empujó afuera del país a Maravilla Martínez? Ya campeón nacional, Maravilla contó que sufrió seis meses en España por indocumentado y que mendigó comida en la puerta de una iglesia. Boicoteado, el boxeador quebró al sistema y, a los 37 años, cumplió con su palabra y se coronó como un rey. Los ratings de TV, boletos agotados, el stand up en Duro de domar , “Bailando” con Tinelli, Susana Giménez, las portadas en todas las revistas, el próximo libro, el sueño del Monumental en 2013 ante 70.000 personas y nuevas figuras de un boxeo ahora recuperado en la gran prensa son las marcas del cambio.
También el abrazo de Las Vegas, Sin City, la Ciudad del Pecado. Su rey, Sheldon Gary Adelson, 14° en la lista de Forbes con una fortuna de casi 25.000 millones de dólares, factura con Las Vegas Sands, y sus casinos The Venetian y Palazzo, más del doble que sus rivales MGM y Wynn Resorts. Adelson, donador personal récord del republicano Mitt Romney para las próximas elecciones en Estados Unidos, no acepta, eso sí, que ni siquiera pueda ser un trabajador sindicalizado el gondolieri de acento italiano que canta “O sole mio”, en medio de canales, glorias del imperio romano, pirámides egipcias y hasta un Museo de la Mafia, todo falso y genuino al mismo tiempo. “Me quito el sombrero, es un gran campeón”, felicitó también a Maravilla José Sulaimán Chagnon, de 82 años, los 37 últimos como presidente récord Guinness del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), donde seguramente lo sucederá su hijo Mauricio. Creado en 1963 para contrarrestar la hegemonía norteamericana de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), el CMB de Sulaimán postergó siempre a Maravilla y protegió en cambio a su rival, Julio César Chávez, hijo del más fabuloso boxeador mexicano de todos los tiempos. El apodo de “Junior” quedó ya claro, y no sin cierto patetismo, en un documental del actor Diego Luna exhibido aquí en el Bafici de 2008: “JC”, en sus últimas peleas de un retiro decadente presentaba a “Junior”, de apenas 17 años, ante rivales fantasma, necesarios para estirar la leyenda.
“Todo comienza con un sueño, por eso tienen que soñar en grande. Hay que mirar lejos, yo miré a Las Vegas desde Claypole.” Maravilla contó su “American Dream” a Alejandro Fantino por TV. Pero dijo también que no creía “en la casualidad ni en la suerte”, que lo suyo es “99,9 por ciento trabajo” y que su “talento” es “levantarse todos los días a las 4.15 de la mañana para salir a entrenar”. Así pudo tirarle 908 trompadas en 34 minutos y demoler a su rival once años más joven. “¿Cómo sugerir el drama del boxeo obviando su tragedia?”, se pregunta, asumiéndose “cómplice”, Joyce Carol Oates en Del boxeo . No habla en su libro de los muertos en el ring -menos que los de otros deportes-, sino de una violencia tan primitiva y natural que resulta difícil de tolerar. Y del dolor como paso necesario, del “reconocimiento de que las experiencias más profundas de nuestra vida son acontecimientos físicos”. El patrón Félix Bunge vio al grandote Firpo levantando ladrillos a mano, sin carretilla, en una obra en Caballito y advirtió que había un campeón. Como a Maravilla con Chávez, me cuenta el escritor Piñeiro Iñíguez, a Firpo le resultó difícil llegar a Dempsey, a la pelea que cambió su vida, al punto de que se convirtió en uno de los hacendados más ricos del país, lejos del destino trágico, del ascenso y caída de muchos boxeadores. “A Maravilla -me dice Piñeiro- lo veo como un Firpo del siglo XXI.” El Toro Salvaje de las Pampas sí pudo ganarle al destino. Y Maravilla se lo ha propuesto.
LA NACION