Truman Capote: Autorretrato

Posted on 27 septiembre, 2012

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Por Truman Capote
Esta autoentrevista es otra pista para entender al escritor estadounidense que se declaró drogadicto, alcohólico, homosexual y genio.

P: Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
R: Oh, querido. Qué idea tan deprimente. Verte atado a un solo lugar. Después de todo, durante treinta años he vivido en todas partes y he tenido casas en todo el mundo. Pero es curioso, viviera donde viviera, España, Italia o Suiza, HongKong o California, Kansas o Londres, siempre he tenido un apartamento en Nueva York. Eso debe de significar algo. O sea, que si me obligaran a elegir, diría Nueva York.
P.: Pero ¿por qué? Es sucia. Peligrosa. Una ciudad difícil en todos los aspectos.
R: Mmmm. Sí. Pero aunque puedo pasar largas temporadas en la soledad de las montañas o junto al mar, soy en esencia un hombre de ciudad. Me gusta el asfalto. El sonido de mis pasos en el asfalto; los escaparates a rebosar; los restaurantes abiertos toda la noche; las sirenas en la noche…, es algo siniestro, pero vivo; tiendas de libros y de discos que, si te viene el pronto, puedes visitar a medianoche.
en este sentido Nueva York es la única ciudad ciudad del mundo. Roma es ruidosa y provinciana. París es triste, poco abierta con los extranjeros, y, resulta extraño decirlo, ex-traordinariamente puritana. ¿Londres? Todos mis amigos americanos que se han ido a vivir allí no dejan de repetirme. “Pero es tan civilizada”. No sé. Ser una ciudad completamente muerta, totalmente aburrida…, ¿es eso civilizado? Y, para remate, Londres también es terriblemente provinciana. La misma gen¬te que ve siempre a la misma gente. Todo el mundo está al corriente de tus asuntos. A lo máximo, se puede llegar a tener dos vidas separadas, ésa es la gran ventaja de Nueva York, el motivo por el cual es la ciudad. Uno puede ser allí muchas personas: diez personas distintas con diez grupos de amigos distintos, y nunca coinciden.
P: ¿Prefiere los animales a la gente?
R: Me gustan por igual. Sin embargo, a menudo me he encontrado con que las personas que sienten más afecto por los perros y gatos que por la gente poseen una crueldad oculta.
P.: ¿Es usted cruel?
R: A veces. En las conversaciones. Digámoslo de este modo: preferiría ser amigo mío que enemigo.
P.: ¿Tiene muchos amigos?
R: Más o menos siete en los que puedo confiar plenamente. Y unos veinte de los que más o menos puedo fiarme.
P.: ¿Qué cualidades busca en sus amigos?
R: En primer lugar, no deben ser estúpidos. En una o dos ocasiones he estado enamorado de personas que eran estúpidas, y de hecho, muy estúpidas; pero eso es distinto: uno puede estar enamorado de alguien y no llegar a comunicarse nunca con esa persona. Dios, por eso se casa la mayor parte de la gente, y por eso casi todos los matrimonios son infelices.
Normalmente, enseguida adivino si existe la posibilidad de que una persona y yo sea¬mos amigos. Porque no hace falta que acabes las frases. Quiero decir, comienzas a decir algo, y a la mitad te das cuenta de que esa persona ya te ha entendido. Es como hablar en una especie de taquigrafía mental y emocional.
Además de la inteligencia, es importante la atención: yo presto atención a mis amigos, me intereso por ellos, y espero que ellos hagan lo mismo.
P.: ¿Suelen decepcionarle sus amigos?
R.: La verdad es que no. A veces me he encariñado de personajes dudosos (¿acaso no lo hacemos todos?), pero siempre lo he hecho con los ojos abiertos. Las heridas que más duelen son las que te cogen por sorpresa. A mí rara vez me sorprenden. Aunque unas pocas veces me he sentido herido.
P.: ¿Es usted una persona sincera?
R.: Como escritor, sí…, o eso creo. En privado…, bueno, eso ya es opinable; algunos de mis amigos creen que cuando relato un suce¬so o una noticia, tiendo a transformarla y a elaborarla en exceso. Yo simplemente llamo a eso “darle un poco de vida”. En otras pala-bras, se trata de una forma de arte. El arte y la verdad no son necesariamente compatibles.
P.: ¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
R.: No practicando el sexo, aunque he tenido mis períodos de entusiasmo. Pero cuando es algo más que un pasatiempo, siempre se acaba sufriendo y es demasiado costoso, e interprete este último adjetivo como quiera.
La verdad es que me gusta leer. Siempre me ha gustado. No hay muchos escritores contemporáneos que me gusten demasiado. Aunque he admirado, entre mis compatrio¬tas, a la difunta Flannery O’ Connor, a Nor¬man Mailer, William Styron, Eudora Welty, Katherine Anne Porter, el primer Salinger. Y…, bueno, a muchos más. Nunca me gustaron las novelas de Gore Vidal, pero cuando no escribe ficción es un autor de primera. Y lo mismo ocurre con James Baldwin. Pero desde hace más o menos diez años prefiero leer a escritores que ya he leído. Como un vino que ya conoces. Proust. Flaubert. Jane Austen. Raymond Chandler (uno de losgrandes artistas ame¬ricanos). Dickens (había leído todo Dickens antes de los dieciséis años, y ahora he vuelto a completar el ciclo).
También soy muy aficionado al cine, aunque a menudo me voy a mitad de la película. Pero únicamente me gusta ir al cine solo, y de día, cuando las salas están casi vacías. De ese modo me puedo concentrar en lo que estoy viendo, e irme cuando me apetece sin tener que discutir si vale la pena quedarse o no, discusión que siempre me lleva a lleva a la riña y a la irritación. Prefiero trabajar por las mañanas, generalmente unas cuatro o cinco horas, y luego, si estoy solo en una ciudad, en cualquier ciudad, me cito con algún amigo para ir a comer a alguno de mis restaurantes favoritos (en Nueva York: Lafayette, La Cote Basque, Orsini’ s, el Oak Room del Hotel Plaza, y, hasta su desdichada desaparición, el Colony). Muchas personas afirman que no les gusta almorzar; les engorda, les fatiga, les echa a perder el día. Para mí es el momento más importante. Hay algunos hombres con los que me encanta comer, pero por lo general prefiero hacerlo con mujeres hermosas, o al menos muy atractivas, y también han de ser perspicaces y estar al día. En esta categoría se incluyen varias jóvenes (Lally Weymouth, Amanda Burden, Pénelope Tree, Louise Melhado…, aunque esta última, ay, se casó con un corredor de bolsa bastante conservador). Pero considero que ninguna mujer merece mi aprobado hasta que alcanza y mantiene ciertas cualidades que van más allá de la fácil seducción de la juventud: estilo, buen porte, y una sensatez matizada por el humor. En esta lista, parcial y llena de prejuicios, incluiría a Barbara Pa-ley, Gloria Guinness, Lee Radziwill, Oona Chaplin, Gloria Cooper, Slim Keith, Phyllis Cerf, Kay Mechan, Viola Loewy, D. D. Ryan, Evelyn Avcdon, Pamela Harriman, Kay Graham…, bueno, podría seguir enumerando, aunque no nombraría a más de cincuenta personas. Observe que las personas que he mencionado no son personajes públicos; después de todo, ciertos personajes públicos -la Garbo (una persona en última instancia egoísta y fastidiosa) o Elizabeth Taylor (una dama sensible y autodidacta, de fuerte carácter, aunque demasiado inocente: es de las que creen que si te acuestas con un tipo, ¡ya tienes que casarte con él!) – viven de la seducción.
Aunque tengo fama de ser una persona sociable, y aunque parte de lo que he dicho hasta ahora parece atestiguarlo, me gusta estar solo. Me gustan los coches veloces, bien fabricados, me gustan los moteles solitarios, con sus máquinas de hielo y su anonimato lleno de misterio; así que a veces me pongo al volante y, sin pensármelo dos veces, sin ningún desti¬no concreto, conduzco solo, a veces a una distancia de hasta mil quinientos kilómetros. En una ocasión consulté a un psiquiatra: más me hubiera valido ir a dar un paseo en coche con la capota bajada, sintiendo el viento y el sol en la cara.
P.: ¿Qué le da más miedo?
R.: No la muerte. Bueno, no quiero sufrir. Pero si una noche me acostara y ya no me despertara, no me molestaría demasiado. Al menos sería algo diferente. En 1966 casi me mato en un accidente de coche: salí despedido de cabeza por el parabrisas, y aunque sufrí heridas graves y estuve cerca de lo que Henry James llama “Lo Distinguido” (la muerte), permanecí totalmente consciente en medio de charcos de sangre, recitándome números de teléfono de algunos amigos. Desde entonces me han operado de cáncer, y lo único que de verdad llegó a ponerme el alma en vilo fue esa semana vacía, sin objeto, que pasé entre el día del diagnóstico y la mañana de los bisturíes.
En cualquier caso, me parece absurda y bastante obscena esta industria médica y cosmética basada en el deseo de mantenerse jo¬ven, en el terror a la vejez y la muerte. ¿Quién demonios quiere vivir para siempre? Al parecer, casi todo el mundo; pero es algo idiota. Después de todo, existe una cosa que se llama saturación de vivir: ese punto en que todo es puro esfuerzo y total repetición.
¿La pobreza? Fanny Brice dijo: “He sido rica y he sido pobre. Greedme, ser rico es mejor”. Bueno, yo no estoy de acuerdo; al menos no creo que el dinero sea un elemento importante en nuestra armonía con el mundo ni en nuestra (qué estúpida palabra) “felicidad”. Conozco muy bien a bastantes ricos (no considero rico a nadie que no pueda reunir de un día para otro cincuenta millones de dólares en efectivo); y algunas personas, cuando quieren herirme, me echan en cara que sólo conozco a ricos (a lo que podría responderles que éstos, cuando menos, a veces pagan la cuenta, y nunca piden prestado). Pero la cuestión es: no me viene a la memoria ningún rico que, por lo que se refiere a la satisfacción personal, o a la angustia propia de todo ser humano, lo haya tenido más fácil que los demás. En cuanto a mí, puedo apañarme con una habitación amueblada en algún callejón de Detroit o con el antiguo apartamento de Colé Porter en el Waldorf Towers, que el decorador Billy Baldwin transformó en una isla de sublime y sutil lujo. Donde no puedo sobrevi¬vir es en un término medio: entre el sonido de cortacéspedes y aspersores de riego de la típica casita americana con garaje de dos plazas en Scarsdale o Shaker Heights. Bueno, nunca he dicho que no fuera un esnob. Sólo he dicho que no me daba miedo ser pobre.
¿El fracaso? El fracaso es el condimento que le da sabor al éxito. No, he probado esa peculiar cicuta, ese amargo cáliz (sobre todo cuando trabajé en el teatro) lo bastante como para despreciarlo ahora. La verdad es que en estos momentos me importa un pito lo que nadie diga de mí, ni en privado ni en letra im¬presa. Naturalmente, no pensaba lo mismo cuando era joven y comencé a publicar. Y tampoco ahora es cierto que nada me afecte: si me traiciona alguien a quien quiero, experi¬mento un auténtico trauma. Por lo demás, la derrota y la crítica me son indiferentes, tan le¬janas como las montañas de la luna.
P.: Entonces, ¿qué le da miedo?
R.: Pensar que puedo perder el sentido del humor. Convertirme en una inteligencia sin alma, enfilar la pendiente hacia la locura, y por tanto, como dice el acertijo zen, pasar el resto de la vida escuchando el sonido de la palmada de una sola mano.
P.: ¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
R.: La crueldad deliberada. La crueldad porque sí, verbal o física. El asesinato. La pe¬na capital. Los que maltratan a los niños. Los que torturan a los animales.
Una vez, hace mucho tiempo, descubrí que mi mejor amigo, que por entonces tenía dieciocho años, mantenía relaciones con su ma¬drastra. En aquel momento me escandalizó; pero, no tengo ni que decirlo, ahora me traería sin cuidado, y me doy cuenta de que probablemente era algo positivo para ambos. Des¬de entonces ya no me ha sorprendido, ni mucho menos escandalizado, ningún tipo de situación sexual-moral. Si así fuera, debería encabezar las manifestaciones de los millones y millones de hipócritas de nuestro país.
P.: Han pasado seis años desde que publicó A sangre fría. ¿En qué ha trabajado desde en-tonces?
R.: Publiqué un relato largo en forma de li¬bro, El invitado del día de Acción de Gracias. Colaboré en una película, Trilogy, basada en tres relatos míos (“Un recuerdo navideño”, “Miriam”, “Entre las sendas del Edén”); hice un documental sobre la pena capital, El corredor dé la muerte, USA, que me fue encargado por la CBS, pero que nunca ha sido exhibido en este país (pero sí en otros; Canadá, por ejemplo) por razones que me resultan misteriosas e inexplicables. Hace poco he terminado un guión para el cine de El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, una novela corta casi perfec¬ta (o, en realidad, un cuento larguísimo), pero complicadísima de llevar a escena, pues casi toda ella son evocaciones del pasado y, por así decir, escenas que ocurren entre bastidores. A mí me gusta la adaptación, pero los productores, la Paramount Pictures, no opinan lo mismo; compadezco a quien intente reescribir el guión.
Tardé cinco años en escribir/1 sangre fría, y un año en recuperarme…, si es que recuperarse es la palabra; no pasa un día sin que algún aspecto de esa experiencia no proyecte su sombra sobre mi mente.
Sin embargo, antes de comenzar A sangre fría, de hecho poco después de acabar Desayuno en Tiffany ‘s, en 1957, comencé a preparar las notas y la estructura de una ambiciosa novela a la que puse por título -y hasta el día de hoy no se lo he cambiado- Plegarias aten-didas, que procede de una frase de Santa Te¬resa: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Creo que esas palabras son ciertas: tanto da que se cumplan nuestros deseos, enseguida los remplazamos por otros. Son como los galgos de carreras y la liebre mecánica: jamás se alcanzan. Son lo mejor y lo peor de la vida. Recuerdo que una amiga mía que estuvo en el funeral de Robert Kennedy, una persona muy próxima a él, me dijo: “Era una día de mucho calor. Tocios sudába¬mos a mares. Y la tumba le esperaba en el césped, bajo aquel gran árbol, fresco y frondoso. Y de pronto le envidié. Le envidié toda aquella paz llena de verde. Pensé: Bendito seas, Bobby, ya no tienes que luchar más. Estás a salvo”.
Plegarias atendidas es un libro técnicamente complicado, y, con mucho, el más largo que he escrito; de hecho, el triple que todos mis otros libros juntos. Durante los últimos años me han presionado mucho para que lo acabara; pero la literatura tiene su propia vida, e insiste en bailar a su propio ritmo. Plegarias atendidas es como una rueda con doce radios; el combustible que hace girar la rueda es una extraordinaria mujer que ha tenido cincuenta relaciones amorosas, que podría haberse casado con cualquiera, pero que durante doce años ha amado a un hombre “mayor” que no puede casarse porque ya está casado, y que no va a divorciarse porque aspira a ser el siguiente presidente de los Estados Unidos.
P.: Si no hubiera decidido ser escritor, lle¬var una vida creativa, ¿qué habría hecho?
R.: Habría sido abogado. A menudo lo pensé, y muchos abogados, incluyendo un fiscal general y un juez del Tribunal Supre¬mo, me han dicho que habría sido un litigante de primera, aunque mi voz, a menudo definida como “chillona e infantil” (entre otros cali-ficativos), habría sido un obstáculo.
Tampoco me hubiera importado ser un mantenido, pero no encontré a nadie que quisiera mantenerme…, al menos no más de una semana.
P.: ¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
R: Sí. El masaje.
P.: ¿Sabe cocinar?
R: No para los demás. Para mí sí, y siempre preparo el mismo plato. Galletas y sopa de tomate. O una patata al horno rellena de caviar fresco.
P.: Si el Reader ‘s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre “Un personaje inolvidable”, ¿a quién elegiría?
R: Dios me libre de tan degradante encargo. Pero si así fuera…, mmm, veamos. Robert Frost, el laureado poeta americano, sería un personaje bastante memorable. Un auténtico cabrón, como ha habido pocos. Le conocí cuando yo tenía dieciocho años; al parecer no me consideró un adorador lo bastante humil¬de del altar de su ego. De cualquier modo, le envió una carta difamatoria a Harold Ross, el difunto director del New Yorker, donde entonces yo trabajaba, e hizo que me despidie¬ran del primer y último trabajo con horario fi¬jo que he tenido. Quizá me hizo un favor, pues entonces me puse a escribir mi primer libro, Oirás voces, otros ámbitos.
De niño viví, más o menos hasta los diez años, con una parienta, una anciana soltera, en un perdido rincón de la Alabama rural. Miss Sook Faulk. Mentalmente, la anciana no tenía más de doce años, cosa que explicaba su pureza, su timidez, su extraña e inespera¬da sabiduría. He escrito dos relatos sobre ella: “Un recuerdo navideño” y “El invitado del día de Acción de Gracias”. Los dos han sido adaptados para la televisión con Geraldine Page de intérprete.
Miss Page es una persona inolvidable, ahora que lo pienso: una doctor Jekyll y míster Hyde; Jekyll en escena, Hyde fuera de ella. No es más que una cuestión de apariencia; tiene mejores piernas que la Dietrich, y como actriz es capaz de proyectar un infinito atractivo…, pero en privado insiste, Dios sabe por qué, en llevar pelucas de bruja y vestidos de desafora¬da excentricidad.
Los actores y las actrices no me interesan mucho. Un amigo, ahora no recuerdo quién fue, me dijo: “Todas las actrices son más que mujeres , y todos los actores menos que hombres”. Una observación que sólo es cierta a medias; sin embargo resulta lo bastante cierta como para explicar, en mi opinión, la neurosis que impera en el mundo teatral. Pero el problema con casi todos los actores (y actrices) es que son tontos. Y, en muchos casos, cuanto más tontos, más talento tienen. Sir John Gielgud, uno de los hombres más amables que hay sobre la tierra, posee una técnica incomparable y una voz excepcional; pero ah, el cerebro se le agota en la voz. Marión Brando. No hay actor de mi ge¬neración que posea un mayor talento natu¬ral; pero no ha tenido rival a la hora de elevar la falsedad intelectual a un nivel de presun¬tuosidad rayano en el ridículo. Bueno, sí ha tenido un rival: Bob Dylan, un músico (?) refinado y falsario que se las da de revolucio¬nario ingenuo(?) cuando no es más que un cantante country sentimentaloide.
Pero basta con esta pregunta. Para empe¬zar, ya era estúpida.
P.: ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
R: Amor.
P.: ¿Y la más peligrosa?
R: Amor.
P.: ¿Alguna vez ha querido matar a al¬guien?
R: ¿Usted no? ¿No? ¿Puede jurarlo? Bueno, sigo sin creerle. En uno u otro momento, todo el mundo quiere matar a alguien. La verdadera razón de que mucha gente se suicide es que prefieren matarse a sí mismos, a matar a quien les hace sufrir. En cuanto a mí, si el de¬seo se hubiese hecho realidad, estaría a la par con Jack el Destripador. En cualquier caso, re¬sulta divertido pensar en ello: la maquinación, el plan, la sorpresa y el remordimiento impresos en la cara del villano convertido en víctima. Muy relajante. Mejor que contar ovejas.
No hace mucho, un médico me sugirió que me buscara un hobby más saludable que beber vino y fornicar. Me preguntó si se me ocu¬rría alguno. Le dije: “Sí, el asesinato”. Se rió, los dos nos reímos, pero yo no lo decía en broma. Pobre hombre, poco se imaginaba qué dolorosa y perfecta defunción planeé para él cuando, tras ocho días en cama con algo muy parecido al cólera, seguía negándose a venir a visitarme a casa.
P.: ¿Cuáles son sus tendencias políticas?
R: Conozco a muy pocos políticos que me gusten, y no se me ocurre montaje más surrealista que la política. Adlai Stevenson era amigo mío, y siempre fue generoso; cuando murió los dos estábamos invitados en la misma casa, y recuerdo que me quedé obser-vando cómo un criado empaquetaba sus per¬tenencias, y luego, cuando las maletas estuvieron patéticamente llenas, pero aún sin cerrar, entré y me apropié de una de sus corbatas: una especie de robo sentimental, pues la noche antes le había alabado la corbata y él había prometido regalármela. Por otro lado, también me gusta Ronald Reagan. Muchos de mis amigos creen que sólo lo digo para provocarles, pero no es cierto. Aunque el go-bernador Stevenson y el gobernador Reagan son muy distintos, este último comparte con el primero cierta modestia, una franqueza del tipo “Te estoy mirando a los ojos y lo que digo lo digo en serio” que rara vez se da entre la gente corriente, por no hablar de los políticos. Imagino que el senador por Nueva York Jacob Javits y el gobernador Reagan, por razones puramente reflejas, sienten una mutua antipatía. La verdad es que creo que se lle¬varían bien, y formarían un interesante combinado político. (Naturalmente, la única razón por la que hablo bien del gobernador Reagan y del senador Javits es porque me caen bien sus mujeres, aunque se parezcan menos que sus maridos. Mrs. Javits es una pilluda de ciudad sin domesticar, aunque sabe disimularlo, una niña mujer de voz besucona y ojos sexys, con un vocabulario tan fresco, salado y brookliniano como las olas que baten las playas de Coney Island. En cuanto a Mrs. Reagan…, no sé, hay algo en ella tan de pequeña ciudad americana que provoca nostalgia: la reina del baile, que pasa a tu lado sobre un trono de rosas.)
Los dos políticos que mejor he conocido fueron el presidente Kennedy y su hermano Robert. Ellos tampoco se parecían mucho, y no estaban tan unidos como generalmente se cree; en cualquier caso, el más joven tenía mu¬cho miedo del mayor…
P.: ¿Es que tenemos que oír hablar más de los Kennedy? Además, está eludiendo la pre-gunta, que no era sobre los políticos, sino sobre sus tendencias políticas.
R: Ninguna. Nunca he votado. Aunque, si me invitaran, supongo que me uniría a cualquier manifestación de protesta: contra la guerra, por la liberación de Angela, la liberación de los homosexuales, la liberación de las señoras, etc.
P.: Si pudiera ser cualquier cosa, ¿qué le gustaría ser?
R: Invisible. Poder ser visible o invisible a voluntad. Piense en las posibilidades: poder, riqueza, la continua diversión erótica.
P.: ¿Cuáles son sus vicios principales? ¿Y sus virtudes?
R: No tengo vicios. Ese concepto no existe en mi vocabulario. Mi principal virtud es la gratitud. Que yo sepa, nunca he traicionado a nadie que fuera amable conmigo. Pero como el arte nos compensa por los imperfectos placeres de la vida, reservo mi gratitud para to¬dos aquellos poetas, pintores y compositores que más me han hecho disfrutar. La obra de arte es el único misterio, la única magia supre¬ma; todo lo demás es aritmética o biología. Creo que he llegado a entender bastante de literatura; sin embargo, cuando leo algo bueno, de hecho, una obra de arte, mis sentidos se adentran en un universo de asombro. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo es posible?
P.: Al repasar esta entrevista, tengo la impresión de que algunas de sus respuestas son bastante incoherentes. Dice usted que el único pecado imperdonable es la crueldad deliberada. Luego confiesa haberse permitido alguna crueldad verbal, y más tarde ad¬mite haber contemplado el asesinato premeditado.
R.: Cualquier persona que sea coherente tiene la cabeza llena de serrín. Mi cabeza, su interior, puede que esté hecha de algo raro, pe¬ro no es serrín.
P.: Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
R.: Un caluroso día de, bueno, 1932, yo debía de tener ocho años, estoy en Alabama, en un jardín donde zumban las abejas y el calor hace temblar los objetos. Estoy recogiendo nabos y tomates maduros rojos y poniéndolos en un cesto. Luego corro por un bosque de pinos y madreselva hacia un riachuelo fresco y hondo, donde me baño y lavo los nabos y los tomates. Pájaros, música de pájaros, la luz entre las hojas, el fuerte sabor del nabo crudo en la lengua: placeres eternos, aleluya. No muy lejos, una serpiente, una mocasín vene¬nosa, se retuerce, se desliza en el agua; no me da miedo.
Diez años más tarde. Nueva York, Los años de la guerra, un local de jazz de la calle Cincuenta y dos Oeste: The Famous Door. Canta mi más querida cantante americana, entonces, ahora y siempre: Miss Billie Holiday. Lady Day. Billie, con una orquídea en el pelo, los ojos sumidos en las tinieblas de la droga, se mueve en medio de una chabacana luz lavanda, la boca se le retuerce al cantar: Good mornin \ Heartache / You ‘re here again tostay…
Junio de 1947. París. Estoy tomando un fine léau en la terraza de un café con Albert Camus, que me dice que debo aprender a ser menos susceptible a las criaturas. ¡Ah! Si hubiera vivido para verme ahora.)
Estoy junto a la ventana de una pensión, en una isla mediterránea, mirando cómo atraca el barco de la tarde que viene del continente. De pronto, en el muelle, con una maleta en la mano, hay alguien que conozco. Y muy bien. Alguien que, no muchos días antes, me había dicho adiós en un tono que me pareció defini¬tivo. Alguien que al parecer ha cambiado de opinión. Y me digo: ¿Es la verdadera sopa de tortuga? ¿Sólo una imitación? ¿Es, por fin, amor: auténtico, duradero? (Lo fue.)
Un joven con el pelo negro, un mechón en la frente. Lleva un arnés negro que le mantiene los brazos pegados a los lados. Tiembla; pero me habla, me sonríe. Lo único que oigo es cómo la sangre me retumba en los oídos. Veinte minutos después está muerto, colgan¬do del extremo de una soga.
Dos años después. Bajo de los Alpes en co¬che, abandono las nieves de abril y me dirijo a los valles, donde estalla la primavera italiana.
En el cementerio de Pére-Lachaise, en París, visito la tumba de Osear Wüde. Sobre ella se proyecta la sombra de un ángel, torpemente esculpido por Epstein; no creo que a Osear le hubiera importado mucho.
París, enero de 1966. El Ritz. Un amigo mío bastante estrafalario viene a visitarme, y me trae montones de lilas blancas y una cría de búho en una jaula. Parece ser que al búho hay que hay que alimentarlo con ratas vivas. Un camarero del Ritz, muy amable, se lo lleva a vivir con su familia, en una granja en Provenza.
Pero llega un momento en que estas diaposi¬tivas mentales se mueven muy deprisa. Las olas se cierran sobre mí. Estoy recogiendo manzanas en una tarde de otoño. Curo a un ca¬chorro de bulldog que se es tá muriendo de mo¬quillo. Y sobrevive. Un jardín en el desierto de California. El sonido del viento, como resaca del mar, entre las palmeras. Cerca, una cara. ¿Es el Taj Mahal lo que veo ahora? ¿O sólo Asbury Park? ¿O es amor auténtico, duradero? (No lo fue. Dios, desde luego que no lo fue.)
De pronto, todo comienza a girar al revés; mi amiga, Miss Faulk, está haciendo una colcha de patch-work, con un estampado de rosas y uvas, y ahora me arropa con ella hasta el cuello. Junto a mi cama hay una lámpara de queroseno; me desea feliz cumpleaños, y apaga la luz.
Y a medianoche, cuando suenan las campanas de la iglesia, tengo ocho años.
Una vez más, el riachuelo. El sabor del nabo crudo en la lengua, la corriente del agua ciñendo mi desnudez. Y ahí, justo ahí, agitándose, bailando sobre el charco de sol de la superficie, la mocasín venenosa, exquisitamente ágil y letal. Pero no tengo miedo; ¿o sí?
REVISTA GATOPARDO