La novela policial está de moda

Posted on 7 octubre, 2012

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Por José Claudio Escribano
Pasar el tiempo entre discusiones sobre la estructura de la novela policial, que ha vuelto a estar de moda con éxitos mundiales de la resonancia de los suecos Henning Mankell y Stieg Larsson y una nueva generación de autores anglosajones y latinos, no sólo acicatea la imaginación y el razonamiento; también es una ventana para asomarse al costumbrismo social y al abismo de lastimosos fenómenos políticos. ¿No suscitan esos fenómenos la misma perplejidad que confesaba Jorge Luis Borges, gran antólogo de cuentos policiales, ante las obras maestras del género?
La Sexta Conferencia Internacional sobre Estudios Transatlánticos encontró en la Universidad de Brown, bajo la guía del escritor peruano Julio Ortega, un ámbito de estudiantes, profesores y autores dispuestos a correr velos en el mundo de misterios y renuencias de Edgar Allan Poe, los prolíficos Agatha Christie y Georges Simenon, G.K. Chesterton o nuestro Manuel Peyrou. Todos sabían, de antemano, que en la novela policial las preguntas que se contestan no hacen más que abrir espacio a sucesivos interrogantes, hasta que llega la demorada resolución final. Como en todo, perseverancia y fortuna en la lectura.
Nadie se desaliente con los intríngulis y regateos de cada página policial. No se desalentaba Borges por transgresiones a la cortesía que debería en otros casos esperar el lector: “Haber descubierto un problema no es menos admirable que haber descubierto una solución”.
Entre los disertantes en Brown figuraba Sergio Ramírez, vicepresidente de Nicaragua en los albores del gobierno sandinista, y ahora una suerte de perseguido político del presidente Daniel Ortega. Para Ramírez el fin de la revolución y el fin de los sueños guerrilleros llegaron en 1990.
Constituyeron fracasos ante los que el carácter indómito de Ramírez redobló entusiasmos en el escritor que siempre fue. Ha aportado al género policial una de las obras celebradas en la literatura latinoamericana de los últimos años, El cielo llora por mí . En esas páginas, teñidas del humor negro que ha prevalecido en clásicos en la materia, Ramírez concibe a dos inspectores. Se trata de Dolores Morales y Bert Lord Dixon, que antes que policías fueron guerrilleros. En el desvelo moral de ambos se halla la crítica implícita a los desvíos de la revolución de 1979.
Son dos hombres fieles a sí mismos -fieles a lo que han sido siempre-, congruentes con una vida que ahora entregan a combatir al narcotráfico, sus crímenes y negocios. El contexto es el de la nueva Nicaragua de arribistas y jueces venales, y el trasfondo, la corrupción gubernamental, el desafuero de los ricos recién ricos y las migraciones masivas por doquier, hacinadas en villas de mala muerte.
¿Quién ignora estas historias que, en contraste con un crecimiento económico desconocido en el pasado de muchas economías de la región, derivan en más y más legiones de excluidos, mientras las fuertes desigualdades se aceleran como resultado de la carrera entre la tecnología y la educación?, aporta Cecilia García Huidobro, catedrática de la Universidad Diego Portales, de Chile.
“Somos hijos de la anormalidad”, observa Ramírez, buscando razones entre las peculiaridades de la violencia y el desenfreno de la picaresca política y social de América latina. Todo puede pasar, todo puede ser. Nadie ha acumulado tanto poder como el narcotráfico y esto, hace notar el disertante, ha sumido a alguna regiones, como América Central, en cuadros de turbulencia inaudita. Allí está Honduras, con índices de criminalidad más elevados que en cualquier otro país del planeta.
¿Quién influye en quién y cómo para escribir novelas policiales y para que entre todas ellas se configure una moda? Parece apropiada al caso la respuesta de William Faulkner -rescatada en otra de las sesiones de la conferencia por Darío Villanueva, secretario director de la Real Academia Española de la Lengua- al periodista que le preguntaba sobre las influencias que habían gravitado sobre su obra: “A veces creo que hay un polen de ideas flotando en el aire y que éstas fertilizan las mentes”.
La anormalidad, constante cotidiana en la inseguridad rampante en ciudades otrora seguras como Buenos Aires, ha trastocado el orden natural de la vida ciudadana: tiempos en que lo normal es no haber sido objeto de un asalto o ser miembro afortunado de familias todavía carentes de víctimas o victimarios de la acción criminal. En otras comarcas, la anormalidad ha ribeteado los delirios del realismo mágico, escuela fecundada por la cultura literaria latinoamericana, fruto de la fantasía y el conocimiento. Sin corrupción no habría novelas, había afirmado un día antes Carlos Fuentes, quien dará una conferencia magistral en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, recientemente inaugurada.
Pablo Escobar Gaviria, el capo de la mafia colombiana de la droga, abatido en Medellín, en 1993, aposentaba las nalgas en retrete de oro, extremo de opulencia, dilapidación y locura. A su muerte, los hipopótamos del descabellado zoológico que albergaba en su hacienda dispararon, vaya a saberse por impulso de qué llamada, más allá de las lindes del control humano. “Es posible que esos hipopótamos anden perdidos por la selva tropical”, conjetura Ramírez, con habitual naturalidad.
Ana María Amar Sánchez, catedrática de la Universidad de California, hizo una comparación erudita entre dos novelas sobre el asesinato de León Trotski. Una, de Jorge Semprúm, que fue ministro de Cultura de España ( La segunda muerte de Ramón Mercader ), y la otra, de Leonardo Padura, cubano ( El hombre que amaba los perros ). El 22 de agosto de 1940 una pica levantada por Ramón Mercader, agente estalinista español, se había estrellado sin misericordia contra la cabeza de quien había sido jefe del Ejército Rojo.
En el destino final de su siempre accidentado exilio, Trotski reflexionaba sobre los sueños, la sangre, los años perdidos. O sea, sobre la traición de la Revolución de Octubre. Estábamos, pues, según aquella estudiosa argentina, ante la misma traición de la revolución que, desde otra perspectiva novelística, Guillermo Cabrera Infante había explorado en 1964 en Tres tristes tigres , tan vinculada, en la ruptura experimental de anteriores formas literarias, con Rayuela , de Julio Cortázar.
Un aporte por igual valioso fue el de María Pizarro Prada. La joven profesora de lenguas, de Brown, examinó el cuento o novela policial como concepto. Lo definió como ensayo sobre la verdad cuestionada por el misterio, eje del relato. Y, acaso para disipar cualquier duda sobre la frecuente vinculación entre el género y la corrupción dominante, se despachó del siguiente modo: las verdades (en la calle) deben negociarse con la policía y con la realidad.
A partir de allí había apenas un paso para que Pizarro Prada concluyera que lo más importante del cuento policial no es que se imparta justicia, sino que se sepa la verdad. Ese es el contrato con el lector de temas policiales. Ese es también un límite para quien escribe. Frontera de cuya elasticidad rinde cuentas el número que ha habido de detectives perdedores en la literatura latinoamericana.
Como suele ocurrir con los grandes redactores de notas de investigación del buen periodismo latinoamericano, ésos son los detectives que resisten y se mantienen en el puesto, a pesar de todo.
LA NACION