Cuando el far west se trasladó a Bolivia

Posted on 8 octubre, 2012

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Por Guillermo Zapiola
¿Un “paella western” (es decir, el equivalente español del “spaghetti” ídem)? No exactamente, aunque los responsables de “La leyenda de Butch Cassidy“, que salió en DVD, sean efectivamente españoles.
El título original es Black- thorn, pero los encargados de la distribución internacional de la película razonaron correctamente que el nombre de Butch Cassidy poseía otro apelativo cinéfilo, y acudieron a él.
Una persistente leyenda afirma que el bandido Cassidy no murió en Bolivia enfrentando a la policía tras un asalto, como lo aseguran la historia oficial y una película protagonizada por Paul Newman y Robert Redford, sino que logró sobrevivir. A partir de ahí la tradición se bifurca: una versión afirma que regresó a los Estados Unidos, otra dice que se quedó en Bolivia y murió después.
Esta película escrita y dirigida por Mateo Gil (habitual guionista y colaborador de Alejandro Amenábar, y aquí a la altura de su segundo trabajo como realizador, tras Nadie conoce a nadie) opta por la segunda hipótesis. Supone que Cassidy siguió vivo después del final plano congelado del film de Newman y Redford, colgó las pistolas y la máscara de asaltante y se dedicó a la cría de caballos en Bolivia con el nombre de James Blackthorn. Cuando el espectador toma contacto con él tiene el aspecto envejecido del gran Sam Shepard.
El personaje no quiere problemas pero se mete en ellos cuando un joven ingeniero español (Eduardo Noriega) que ha robado a un terrateniente boliviano se interpone en su camino. De pronto, Cassidy/Blackthorn se ve envuelto en un conflicto ajeno, y a cierta altura se ve obligado a empuñar de nuevo un revólver. La peripecia en tiempo “presente” (bueno, el presente del film, que no se ubica por cierto en 2012 sino en la primera mitad del siglo XX) se entrecruza con intermitentes “flashbacks” que evocan la juventud del personaje junto a Sundance Kid.
Inevitablemente se trata de un “western” crepuscular, más cercano al John Ford de Misión de dos valientes (1961) o Un tiro en la noche (1962) o al Sam Peckinpah de Pistoleros del atardecer (1962) o La balada del desierto (1969)y no tanto al de La pandilla salvaje (también 1969), o al Sergio Leone de Lo bueno, lo malo y lo feo (1966) o Erase una vez en el Oeste (1968), con sus operáticos despliegues de violencia.
Como en Ford y como en Peckinpah, la historia individual se recorta sobre un fondo de cambio social: la “civilización” suplanta a la “barbarie”, la libertad de la frontera es solo un recuerdo, y el énfasis del relato está puesto sobre el carácter de los personajes y no sobre la acción física, aunque esta última asoma cuando es necesario. Una persecución por las salinas, un preciso intercambio de disparos, irrumpen en el momento adecuado.
Y no se debe perder de vista el eficaz uso del paisaje que Gil se anota como otro punto a su favor. No se trata, como alguien ha dicho, que los paisajes bolivianos suplanten a Monument Valley (Ford tenía razón: no hay paisaje de western comparable a Monument Valley) pero tienen su valor propio y la películas los aprovecha adecuadamente. Las montañas, las salinas, el altiplano, operan como un formidable marco para la acción de esta Leyenda de Butch Cassidy.
La otra gran carta del film es, con una excepción, el elenco. En especial Sam Shepard, un talento múltiple (actor, director, dramaturgo, músico) que nació empero para protagonizar westerns aunque llegó tarde. Su aire de veterano melancólico, que le ha hecho recordar a alguien al entrañable Cable Hogue encarnado por Jason Robards en La balada del desierto de Peckinpah, sintetiza a la perfección el sentido del film. En el otro extremo, la excepción es Eduardo Noriega, demasiado blando para su papel, y que se empequeñece aún más cuando tiene que compartir pantalla con el enorme Shepard.
¿Otras imperfecciones? Por cierto. La historia se alarga por momentos, alguna secuencia clave pudo tener otra fuerza. Objeciones de purista, si se quiere. En conjunto, esta Leyenda de Butch Cassidy es una película bien contada, hermosamente fotografiada, actuada con solvencia, editada con cuidado. No es imprescindible ser un fanático del western para apreciarla, pero para quienes siguen siéndolo contiene una fuente suplementaria de placer.
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